Un poco más acerca de la apachita andina - Apachita, la Biblia y los monumentos bretones
Alrededor de 1840 surgió en Europa el interés por los monumentos megalíticos bretones (dolmens, menhirs y cairns); estos últimos podían ser montículos de piedras de grandes dimensiones que cubrían tumbas con pasadizos, a veces varias bajo un solo túmulo, o sólo montones de piedras (Giot, 1962; Almagro Basch, 1981, inter alia). La voz “cairn” pasó a la literatura científica como el nombre de los montones de piedras, y en el área andina argentina, desde el principio, fue sinónimo de apachita.
Por otra parte, algunos textos del Antiguo Testamento se hicieron sentir a través de los autores decimonónicos, sobre todo luego de la publicación de Charles Lyell (1848) acerca de la geología del planeta Tierra, cuya formación se había producido, decía, en mucho más tiempo que los siete días del Génesis.
En nuestro medio científico, esta bibliografía se reflejó bien en un artículo de Armando Vivante quien comentó el trabajo de Carrizo (1950) sobre apachita y Mercurio, señalando la falta de referencias de su autor a “La rama dorada” de James Frazer (1922) y al capítulo de Constantino Cabal sobre mitología ibérica (1931, I: 184-187); poco después, Vivante publicó un artículo (1952-1953) en el que incluía a los autores decimonónicos, el Antiguo y Nuevo Testamento, listando a partir de la bibliografía gran cantidad de datos acerca de túmulos de piedras levantados por todo el mundo para diversas utilidades, correspondientes a diferentes momentos históricos; de aquí nuestro autor concluía que a la apachita se le podían adjudicar tres funciones que eran:
de adoración cultual, es decir, un sitio donde se adoraba a la Pachamama, entidad que podía ser también una “creación erudita, europea, blanca, artificial”;
de actitud apotropaica, que “entraña la intención de alejar, apartar, desviar, volver atrás y, por extensión, echar a correr, huir, alejarse los males, etc, y se relaciona directamente -aunque no exclusivamente- con los ritos de la muerte.”;
de transferencia, es decir, la “maniobra mediante la cual se pasa algo de un ser a otro ... en el caso de la apacheta la intención es clara porque el caminante supone que pasa, transfiere el cansancio de sus miembros a una piedra, rama, etc, que deposita en el túmulo artificial ... de este modo se despoja o libra de la fatiga.” (Vivante, 1952-1953: 3-5).
Retomando la actitud apotropaica y los ritos de la muerte, Vivante regresó sobre el tema del “montón de Mercurio” y lo relacionó con la lapidación judiciaria según el Antiguo y Nuevo Testamento (Vivante, 1952-1953: 8), textos de donde, a nuestro entender, dificilmente se podría extraer algo relacionado con la apachita andina.
Pero los escritos del Período Clásico aportaron todavía algo más: el símil de los manes romanos estuvo presente en la opinión de Louis Girault quien, a partir de sus observaciones en terreno de los ritos efectuados en las apachitas de La Paz, Bolivia, dedujo que en esos cairns residían dos tipos de fuerzas sobrenaturales contrapuestas:
los Achachila, almas de los curanderos y brujos difuntos, transformados en espíritus malignos;
Pachamama, principal divinidad de la antigua religión aimara, preinca (Girault, 1958: 35, 38).
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