



Camino de Perfección nos presenta a un personaje, Fernando Osorio, inmerso en una profunda crisis existencial de signo nihilista, lo mismo que el Antonio Azorín de La Voluntad. Uno y otro son personajes que buscan desesperadamente un equilibrio y un espacio donde escenificarlo. Uno y otro son síntomas de las lecturas de Nietzsche y Schopenhauer que efectuaron ambos autores, tal y como la crítica ha señalado repetidamente.
En el caso de estas dos novelas de 1902, la ciudad del pasado es siempre Madrid, esa ciudad triste y apagada que articula el ‘topos’ simbolista de la ciudad muerta, y que vendrá a contrastar con la luminosidad del Castellón mediterráneo en la novela de Baroja. Camino de Perfección, de hecho, pudiera ser también leído como un perfecto libro de viaje con ciertas notas psicologicistas, donde se nos presenta una España “negra” [Lozano 2000] muy cercana a la España de Darío Regoyos y Paul Verhaeren, que sirvió como base de reflexión para los hombres del 98.
Uno y otro personajes, Azorín y Osorio, son sintomáticos en cuanto son personajes imbuidos en una búsqueda, en un itinerario, de signo interior y subjetivo, pero donde la interioridad acaba teniendo repercusiones definitivas en el complejo conjunto de pulsiones y sentimientos que es su itinerario vital.
Osorio busca su camino místico mediante un complejo itinerario, que ha sido interpretado como un itinerario de inversión nietzscheana [F.J. Martín 2002], con respecto al proceso místico. En efecto, la novela barojiana toma su nombre del libro homónimo de Santa Teresa de Ávila, con el cual establece una estrecha correspondencia, un diálogo crítico en cuanto a la interpretación de las tres vías místicas (purificativa, iluminativa y unitiva). Ahora, el verdadero proceso de liberación -como se supone en algunos místicos- no es la cárcel del cuerpo y del mundo terrenal, sino la castrante y fundamentalista educación de signo católico conservador que ha recibido el protagonista, y que viene a fundirse ideológicamente (y ésa es la interpretación del sentimiento religios en la novela) con el ambiente gris y hostil de la España de la Restauración.
Por ello, no deja de resultar una ironía ese párrafo final que escenifica la ausencia de acuerdo y pacto entre esa España católica y conservadora, de ideología tradicionalista que acabará levantándose en armas en 1936, y la “otra España” posible:
“Y mientras Fernando pensaba, la madre de Dolores cosía en la faja que habían de poner al niño una hoja doblada del Evangelio” (pág. 335)
Visión pesimista del presente y de España, que acabaría siendo -lamentablemente- profética, a pesar de que ese pesimismo se pretenda salvar mediante un cierto humorismo sentimental, tal y como nos señalaba Ángel del Río:
“El elemento pesimista se compensa siempre por su humorismo sentimental y por una aspiración, latente en el fondo de sus exabruptos, a una humanidad mejor y a una España más feliz. Así toda su obra parece estar motivada por el deseo de llegar a una nueva patria espiritual a través de la negación de la patria política y a descubrir la dignidad del hombre a través del nihilismo, rasgo que le asemeja a los existencialistas.” (A. del Río 1948, t. II: 269)
Resulta problemático dilucidar con honestidad el proyecto ideológico que se esconde detrás de la ficcionalidad de las estrategias narrativas de esta novela, aunque buena parte de la crítica y de la historiografía ha pretendido establecerlo a partir de los posicionamientos del autor después de aquellos años. No es el propósito de estas líneas juzgar a Baroja ni pronunciarnos sobre la historia de España desde la lectura de la novela. Coincidimos en apreciar su creciente riqueza narrativa y somos conscientes de la modernidad que los cien años pasados confieren al texto, que no nos parece anacrónico ni insustancial.
Es evidente que la concepción de la novela de Baroja fue mucho más allá en la modernidad de lo que Ortega apenas podía imaginar en sus Ideas sobre la novela (1925), donde establece un modelo todavía fiel a la línea de desarrollo del relato realista decimonónico, del que Baroja se había apartado años atrás. En efecto, aunque el modelo barojiano de narración viene directamente desde ese mismo modelo, muestra una concepción libre del relato y la consideración de la novela como un género multiforme y proteico, que los años posteriores no harían sino confirmar como el modelo de novela del siglo XX: “el espíritu de las cosas reflejado en el espíritu del hombre”. Y una clara convición, que el arte está función de la vida y puede considerarse como una forma de reflejo, con un claro valor documental.
En efecto, esta novela nos proporciona un modelo barojiano de escritura donde un protagonista funciona como eje principal de la acción y en torno al cual se hilvana el resto de personajes de la novela. La sencillez de su escritura y la fluidez de sus estrategias narrativas constiyen hoy ya un claro modelo literario.
La novela nos plantea una determinada atmósfera cultural y espiritual agónica para Fernando Osorio en donde, por ejemplo, la burguesía castellonense abomina de la República y del sistema democrático. Baroja fue, también en esto, un precursor. Otros pusieron años más tarde el levantamiento y las armas.
Sin duda, el Baroja de 1902 era un novelista que quería una España más feliz y más libre, más justa también. Como nos enseñó en algunos de sus artículos, el hombre está envuelto en una trama espesa de leyes, de costumbres, de prejuicios... No siempre es posible romper esa trama. Baroja fue consciente de que se hallaba en una época de transición desde una vida sencilla a la vida complicada de la modernidad y del progreso. En eso fue, sin duda, un precursor. Su malestar es el de un mundo agonizante que no encuentra caminos para articular un proyecto posible de vida y de convivencia desde la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Esa “otra” España más feliz no fue posible hasta casi un siglo después, cuando algunos lectores volvemos con paciencia y perspectiva sobre este texto que establece un significativo conjunto de “novelas valencianas de 1902” (junto a la de Azorín y Blasco Ibáñez), y sabemos que su recepción en la actual cultura española sigue siendo una asignatura pendiente más allá del olvido.
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