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Una aproximación al carácter de la novela urbana - Novelar la ciudad (o la otra forma de habitarla) (II)

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23 de Agosto de 2006
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Un espacio y un tema para la novela

Hablar del espacio no es sólo referirnos a lo geográfico, en éste confluyen el tiempo, la ideología y en general la cultura. Un espacio urbano es aquel, cómo lo hemos expresado, el que da cuenta de las vivencias de los habitantes, de las evocaciones y los sueños.

Con dos novelas realizaremos el intento de abordar éstos aspectos, una El Resto es silencio de Carlos Perozzo y la otra El Caballero de la Invicta de R.H. Moreno-Durán.

La novela, El resto es silencio de Carlos Perozzo, transcurre en la ciudad de Bogotá. Jorge Eliécer Altuve Plata, el protagonista, es el típico anti-héroe, aparece de pronto en la ciudad después de haber estado casi treinta años en prisión, por un crímen que no cometió.

Altuve se enfrenta a un segmento de Bogotá que nos sorprende por su sordidez, se enfrenta a esa ciudad que aparece de noche y en los sectores más bajos. Aunque los años de presidio le ilustraron un mundo abyecto, inicialmente la ciudad le es desconocida, se le dificulta la vida en la urbe, "la gran ramera", como suele calificarla, en ella se deslizan no solo los ladrones y asesinos sino también oficinistas presurosos, que cometen adulterio, mercaderes que estafan la nación y honran a dios. Poco a poco se integra y se convierte en otro guiñapo de hombre más, ha asumido ese espacio de vida urbana: " callejón de las almas perdidas un trozo de tierra longitudinal que huele a moscos en conserva... rincón del infierno o un pedazo de paraíso según fuera el que mirara" (pag.123). La novela nos recuerda El día del odio no porque transcurra en un espacio físico y moral similar, sino porque Altuve transpira el odio de aquella, contra algo que se sitúa en el lado de allá, indefinido pero opuesto a éste de la novela.

El resto es silencio, con su elaboración e intencionalidad, con su manejo del humor y la parodia, relativiza la avalancha de asco que le dejaría en las manos a cualquier lector, pero lo importante es que no se queda en lo citadino. La reflexión del narrador, que al final encontramos como un escritor que avanza en la novela que leemos, quien monologa desde el garaje donde escribe en una Remigton con Altuve y discute con él su propio final, contribuye en distanciarla de lo citadino y colocarla en el terreno donde actúa un imaginario construido poco a poco por el novelista sobre el imaginario del habitante de ciudad.

La ciudad está allí, la reconocemos, no como un espacio agradable sino por lo opuesto, es más, reconstruimos su horror y la identificamos por la multitud de nombres que esta adquiere a mediada que el personaje camina por ella (26). Al realizar la reconstrucción imaginaria de esta novela, reconocemos la impersonalidad de una ciudad, que lo admite todo menos la mesura. El imaginario de la ciudad es la muerte, el infierno, como ya lo señalamos, la violencia.

Un espacio en la novela de Perozzo, es definido, real, es físico, es oficial, podemos levantar un mapa de éste muy parecido al de El día del odio porque la violencia en la ciudad no ha cambiado a pesar del desarrollo de ésta, de las migraciones campesinas y las nuevas formas de violencia. El otro espacio, que la distancia de la novela de Lizarazo está, en el lenguaje, en el carnaval de la palabra, aspecto de que nos ocuparemos más adelante, está en la burla a la miseria de la vida, en la madurez que significa ser capaz de reírnos de nosotros mismos.

El espacio en la novela de Perozzo es doble. Uno es la Bogotá de la sombra en cuyo deambular se apuntalan los rasgos citadinos ( un espacio oficial, un límite, un borde, una segregación cultural). Otro el la Bogotá del lenguaje, es decir la que construye el escritor y el lector con el deambular de Altuve, porque la novela invita a que el lector decida continuar leyéndo o darle otro giro a la historia en el intento de situar al mismo lado de la mesa al narrador-escritor y al lector. Es esta confrontación de niveles lo que permite diferenciar la confección de la novela citadina con la urbana, en la medida que la segunda edifica un imaginario de la ciudad que descansa sobre el construido por sus habitantes, aspecto que se potencializa en la novela de Moreno-Durán aquí analizada.

El espacio abordado en la novela, El Caballero de la Invicta de R.H. Moreno-Durán, no es solamente geográfico. La ciudad de Bogotá se reconoce, en la novela, por sus calles, por los sueños de sus habitantes, por su presente y pasado, pero especialmente, por la posibilidad de un futuro que aquí vemos inequívoco, el deterioro.

En la novela, la ciudad de Bogotá es el escenario para narrar la vida de un científico que busca a la manera moderna, a través de la biología y la genética, la explicación al envejecimiento de las células. En medio de una ciudad muy actual, se reconoce la Bogotá del futuro. Una red de transporte por metro subterráneo y edificios semi-destruidos por bombardeos son el telón de fondo al proceso de decadencia de una sociedad y su cultura. La novela de R.H. Moreno es la expresión del deterioro, la perdida de la fe, del lenguaje y de la estética.

La isotopía que buscamos en la novela de R.H. Moreno-Durán es ficción vs realidad, expresada aquí como el límite entre la "ficción posible" y la "realidad escueta". Lo segundo se observa no únicamente al caminar con el profesor por las calles de una ciudad que todos reconocemos, El Lago, La Porciúncula, el Goethe Institut, la Terraza Pasteur, el Palacio Nacional, la vía a Suba, la Bella Suiza y los Cerros del Norte, sino también por los hechos que tienen que ver con un país gobernado por un presidente, Alcibiades, "El Oscuro", cuyo hermano es investigado por enriquecimiento ilícito, quién anuncia revolcones y habla con voz de kumis agrio. La novela describe "... la más patética imagen de la ciudad. El Alcalde mayor, todavía prófugo, no ha logrado explicar la malversación de fondos destinados a la reparación de las vías, y este es apenas uno de los trece cargos incoados en su contra y la de sus ediles...(pag.139)". Se recuerdan las noticias del día: "... el burgomaestre, acosado por el bloque de búsqueda ha decidido entrar en negociaciones con el fiscal general y aprovechar la política de rebajas de penas por delación y sometimiento a la justicia. Por ello, delató a dos de sus asesores financieros y tras pedir la mediación de la Caja Vocacional... (pag.139)". La novela utiliza la ironía para mostrar la inviabilidad de un Estado corrupto y decadente donde cunde la inmoralidad. La noticia de que un joven había sido vejado y violado en una estación de bomberos y luego rociado con gasolina sólo genera preguntas y decepción pues "... la gente prefiere inmolarse en las llamas antes de invocar la ayuda de tan nefastos servidores públicos (pag.140)".

La "ficción posible", se ve al viajar por la ciudad, junto al profesor Manrique, en un metro subterráneo que se mueve entre edificios semidestruidos por los bombardeos (de la Terraza Pasteur sólo queda un montón de ruinas, en la Universidad Pedagógica se ve una columna de humo) y las posibles estaciones de un medio de transporte que todos los bogotanos soñamos, o mejor, que oímos en las noticias diarias y participamos en la discusión sobre su posibilidad y viabilidad, por ello acompañamos sin extrañeza al profesor a tomarlo en la estación de la Javeriana y nos bajamos con él en la estación de la Porciúncula y caminamos 72 arriba. La muerte o suicidio inexplicable de los Catalanes nos asombra pero pensamos que ésto también es probable en una ciudad donde sus habitantes ya no se sorprenden.

Rasgos éstos que acercan la novela a la urbanidad pues se posa sobre un imaginario construido por sus habitantes, quienes lo han formado con sus sueños de transporte masivo, y que contrasta, además con un presente sórdido y violento, de inmoralidad de sus gobernantes y vejación de menores (noticias cotidianas y sonadas en la capital), con un futuro predecible, de destrucción, no por lo bombardeos porque esto es improbable, pero que si hace pensar en la destrucción del hábitat como espacio armónico para la vida.

El tema de la novela no es la ciudad, tampoco la descripción de una urbe que acosa a sus habitantes marginales como si lo hace la ciudad descrita por Osorio Lizarazo en la novela ya estudiada. La ciudad aquí no es ese espacio íncomodo, atrasado, medieval, marginal y nostálgico que Plinio Mendoza describe en los intercapítulos, es un espacio de confluencias, donde las inquietudes de su protagonista transcurren en el ámbito intelectual. La ciudad está ahí, no como algo desconocido pues los protagonistas no son recién llegados, son habitantes urbanos, pertenecientes a un sector de clase media. Arturo Manrique es profesor universitario e investigador, y en la novela recorre los sectores norte y céntrico de la ciudad, dibujándonos un croquis a partir de sitios conocidos.

El profesor realiza un croquis de su ciudad. La que existe es aquella que él ha edificado a partir de sus quehaceres y necesidades intelectuales. No es un mapa oficial, es al igual que el profesor Manrique, un encuentro de tiempos, la fusión de la realidad y la ficción, un lugar geográfico, y humano donde la destrucción realza lo construido, una mixtura intelectual, una sensación de intranquilidad que se concreta en la dificultad del manejo de una sexualidad, rocosa y desdentada que bordea la euforia de su joven alumna pérdida al igual que su maestro en el caos urbano y la soledad interior.

Como se señaló, la Bogotá de la novela es una ciudad de confluencias: La cotidianidad presente se une a un futuro posible y deseado, si se piensa en el metro subterráneo, pero al igual asusta su devenir deteriodado. El pasado colonial y los comienzos de la ciencia en América se entremezclan con las reflexiones del profesor Manrique y del alemán Heimpel. La ciudad es un universo cerrado, todo lo material transcurre dentro de los límites ya descritos, pero lo intelectual transciende sus fronteras a través de la larga correspondencia que sostiene el profesor con sus homólogos de otros países. La discusión no es posible plantearse en términos de centro-periferia, pues ésta es una ciudad (la de la novela y la de la realidad escueta) con características propias, no buscadas por contraste con otras, sino perfiladas al edificar una ciudad imaginada, nueva, perfectamente reconocible y a la que abordamos no con reproche ni nostalgia del pasado sino reconociendo su deterioro. La discusión intelectual, no se sitúa en la periferia, es universal, sin señalarlo explícitamente, porque sus personajes se sienten en él, en el universo.

El análisis de la novela no puede realizarse con el apoyo a la isotopía de centro-periferia, pues no existe ninguno de los dos lados, la ciudad es un espacio rizomático donde una calle conduce al pasado, una reflexión profunda nos lleva a una trivialidad, una frase irónica termina siendo un espacio físico caótico del futuro o cualquier salida morbosa a través de una prosa que hiere como la ciudad misma.

Una novela así es indudablemente urbana, pues presenta una ciudad construida sobre el imaginario de lectores habitantes citadinos y desborda los límites de su imaginación convirtiendo el texto en confluencias temporales, en la búsqueda de una salida a un presente citadino que desborda la tolerancia de habitantes de un ocaso.

Pensar si la novela se inspira en la vida urbana o simplemente es la vida misma es ingenuo. Son ambos aspectos al tiempo, como la ficción y la realidad en la novela, se traslapan, no se cortan como en los círculos de Euler expuestos en las páginas anteriores, se superponen impidiendo distinguir claramente sobre qué círculo giramos. Calificamos este espacio como urbano, no sólo porque se separa de lo definido en éste trabajo como novela citadina, sino porque sentimos que la ciudad de ésta novela se asemeja mucho más a la que habitamos. La ciudad de Bogotá es una amalgama de culturas y de regiones, ésta es una ciudad rizomática donde su estructura laberíntica nos tropieza con el pasado cuando pensamos en el futuro. En la novela y en la ciudad la reflexión más profunda se choca con la praxis ante la mirada perpleja del escritor o del lector que para el caso son dos caminantes de una ciudad.

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Autor y licencia de 'Una aproximación al carácter de la novela urbana - Novelar la ciudad (o la otra forma de habitarla) (II)'
Carlos L. Torres G. Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero9/n_urbana.htm CopyLeft
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