5 - El suicidio

Monografía creado por Luis Quintana Tejera. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/bouvard.html
16 de Septiembre de 2006

Es la noche de Navidad y los dos amigos han decidido unirse en la muerte dado que la vida les plantea tantos problemas para seguir fiel a ella. El tema del suicidio ha sido trabajado reiteradamente en el marco de los estudios literarios; no olvidemos que en el siglo XIX se ofreció no sólo como alternativa romántica, sino también como recurso del pequeño burgués ante las tragedias individuales de la existencia. Hemos oído mencionar de manera reiterada los casos de Hugo y Goethe como artistas que llegaron a expresar las crisis de sus amigos suicidas, pero que supieron ponerse a salvo de la propia eliminación y murieron -posiblemente llenos de una intensa soledad-, pero ya mayores.

En la novela aquí analizada, dicho tema adquiere una curiosa particularidad. En primer lugar, no se trata del clásico motivo basado en el chantaje emocional. Ambos han sellado un pacto a través del cual pretenden afianzar los lazos de amistad y simpatía que los han unido hasta este momento. Este auto aniquilamiento deviene como resultado de la profunda decepción ante la vida. Es una manera de ruptura con la normalidad y la normatividad. Ellos piensan que sólo la muerte los puede reintegrar a una verdadera conciencia del ser. Supuestamente ya lo han probado todo; únicamente resta la experiencia final.

Nos encontramos en las postrimerías del capítulo octavo y la soledad se apodera de los personajes. Volvemos a la noción de lo absurdo y la estupidez reaparece cuando ambos ni siquiera se ponen de acuerdo en el modo de morir; por fin se deciden por la horca y preparan todo en el granero.

Pero, no debemos perderlo de vista, la farsa filosófica presumiblemente persigue un fin distinto al que hemos planteado en los párrafos anteriores. Flaubert desde una perspectiva irreverente desmitifica el problema de la muerte al plantear el suicidio de Bouvard y Pécuchet como una simulación. Y no es apariencia si lo vemos desde la óptica de los personajes: ellos parece que sí quieren quitarse la vida, pero también en esto fracasaron. Si lo hubieran conseguido habría surgido así un contraste radical en el marco total de la obra. Es simulación porque el narrador omnisciente no va a permitir que ellos se maten, y lo ridículo estriba en que en el instante mismo de tener todo dispuesto para colgarse, recuerdan que no han hecho testamento. Esta circunstancia tan mundana los aparta del abismo de la muerte y los cantos de Navidad completarán el milagro que los autoriza a seguir vivos. Cual nuevos Faustos se aferran a la existencia que el misterio de la religión vuelve a descubrir para ellos20. Pero la burla prevalece y arraiga en el absurdo tanto o quizás más que lo que sucederá con aquella otra pareja masculina del siglo XX, con Vladimir y Estragón. En Esperando a Godot21 Beckett recoge la larga tradición de descreimiento y escepticismo de los hombres para plasmar de manera renovada y a través del teatro del absurdo la inoperancia de la existencia a través de la forma en que sus dos personajes también deciden matarse, pero no lo hacen por variadas razones que confluyen todas ellas en el mismo problema de la estupidez humana.

En fin, los extremos siguen imponiéndose y después de haber caminado al borde del abismo deciden cambiar radicalmente y abrazan la causa religiosa:

La nieve se había derretido de golpe y paseaban por el jardín, aspiraban el aire tibio, contentos de vivir.

¿Fue sólo la casualidad la que los apartó de la muerte? Bouvard estaba enternecido. Pécuchet recordó su primera comunión; y llenos de agradecimiento a la Fuerza, a la Causa de la cual dependían, se les ocurrió hacer lecturas piadosas.(P. 217).

Se lleva a cabo así un proceso que la historia de la humanidad ha repetido hasta el cansancio: el hombre acorralado por sus derrotas decide -casi siempre- la salida de la fe; curiosamente esa fe no resulta una manifestación madura y razonada, sino más bien una forma de aferrarse al único madero de salvación que aparece en su camino. Y también frecuentemente la fe se confunde con la devoción y el individuo se vuelve un ser exterior y llega a no diferenciar entre la apariencia y la esencia.

Es preciso aclarar también -ya lo habíamos adelantado- que la postura de uno y otro ante este problema es algo diferente; mientras Pécuchet se entrega sin condiciones a esta búsqueda de Dios exteriorizada a través de ritos sin mayor sentido, Bouvard se resiste y aferrado aún a su escepticismo no quiere creer que el nuevo sendero pueda ser éste.

Al respecto y ya en el marco del capítulo noveno vemos a Pécuchet indagando mucho más allá de su fe:

Recurrió a los escritores místicos: santa Teresa, san Juan de la Cruz, Luis de Granada, Scupoli y otros más modernos, como Monseñor Chaillot. En lugar de las sublimidades esperadas halló cosas vulgares, un estilo muy flojo, imágenes frías y muchas comparaciones tomadas de las tiendas de los lapidarios.

No obstante, aprendió que hay una purgación activa y una purgación pasiva, una visión interna y una visión externa, cuatro clases de oraciones, nueve excelencias en el amor, seis grados en la humildad, y que la herida del alma no difiere mucho del vuelo espiritual. (P. 229).

Observemos como los recorridos teóricos tampoco le permiten aumentar su fe; en la literatura le había sucedido lo mismo: la teoría sobre el teatro no lo había ayudado a escribir ni siquiera una línea nueva. Aquí se confunde y descubre cosas vulgares y un estilo flojo. Véanse además esos curiosos grados de la virtud y las diversas maneras de purgación que sólo conducen a quien practica estos menesteres a sentirse diferente a los demás y a creer que Dios ha hecho con ellos un pacto especial.

Por todo lo anterior, los personajes continúan entregados a la febril acción de búsqueda. En el capítulo diez, el último que Flaubert alcanzó a terminar, se plantea el problema de la educación, de la ciencia pedagógica que tiene como objetivo prioritario entregarse al otro para hacerlo mejor. Nuevos fracasos, reiterados conflictos en el manejo teórico y resignación final.

Corresponde aclarar además que la búsqueda de los dos personajes pretendía darse en términos pragmáticos; querían que la ciencia estuviera al servicio del hombre; que lo verdadero fuera útil, fomentador de la vida. Su dogmatismo inicial los llevó al extremo del escepticismo y no fueron capaces de afincar en el pragmatismo que hubiera sido quizás el punto medio más válido.

Flaubert dejó un extracto del plan para la conclusión de la obra. En él asistimos al que hubiera sido el final de la novela. Desencantados, incapaces, temerosos acondicionan un escritorio con pupitre doble, adquieren libros de registro y utensilios varios y se ponen a trabajar. La obra culmina así igual que había empezado. Como la serpiente que se muerde la cola y entregados a incansable devenir estos prototipos humanos más que seres concretos deciden reelaborar el modelo, deciden repetirse a sí mismos: es la historia de la humanidad observada a través de dos de sus más ingenuos representantes.

Por último, deseamos incluir unas breves reflexiones en torno a esta novela de Flaubert a cargo de Jorge Luis Borges quien publicara un texto titulado: “Vindicación de Bouvard et Pécuchet”22

Desde la perspectiva de la doble punta de lanza que representa el escritor argentino -creador y crítico- es dado observar de qué manera valora esta novela póstuma del narrador francés. Veamos tres momentos del análisis borgesiano que nos permitirán fundamentar y resaltar algunos de los planteamientos ya incluidos en el presente ensayo.

En primer lugar, opina en relación con los personajes:

Flaubert según Faguet, soñó una epopeya de la idiotez humana y superfluamente le dio (movido por recuerdos de Pangloss y Cándido, y tal vez de Sancho y Quijote) dos protagonistas que no se complementan y no se oponen y cuya dualidad no pasa de ser un artificio verbal. Creados o postulados esos fantoches, Flaubert les hace leer una biblioteca, para que no la entiendan.23

Los valores intertextuales a los que acude Borges son significativos no sólo por el aporte cultural que implican, sino también por esa incansable búsqueda de relación que conllevan siempre los grandes temas de la literatura universal.

En segundo término, el escritor sudamericano señala un momento trascendente en el marco del relato al decir:

Al principio, son dos idiotas menospreciados y vejados por el autor, pero en el octavo capítulo ocurren las famosas palabras: “Entonces una facultad lamentable surgió en su espíritu, la de ver la estupidez y no poder, ya, tolerarla.” Y después: “Los entristecían cosas insignificantes: los avisos de los periódicos, el perfil de un burgués, una tontería oída al azar.” Flaubert en este punto se reconcilia con Bouvard y con Pécuchet. Dios con sus criaturas. Ello sucede acaso en toda obra extensa o simplemente viva.24

Por ello la intención autoral es una y el resultado otro. Lo bueno es que Flaubert tuvo tiempo de reconciliarse con sus personajes y no le sucedió así lo mismo que a Cervantes quien quizás no llegó a saber nunca que su loco irredento se había transformado en un símbolo perenne del ideal humano. Curiosamente cuando Bouvard y Pécuchet razonan por cuenta propia ven como en un espejo la estupidez humana y ya no pueden admitirla.

En tercera instancia, y atendiendo al proceso científico que se ve comprometido en el desarrollo de la obra, Jorge Luis Borges comenta:

Flaubert declaró que uno de sus propósitos era la revisión de todas las ideas modernas; sus detractores argumentan que el hecho de que la revisión esté a cargo de dos imbéciles basta, en buena ley, para invalidarla. Inferir de los percances de estos payasos la vanidad de las religiones, de las ciencias y de las artes, no es otra cosa que un sofisma insolente o que una falacia grosera. Los fracasos de Pécuchet no comportan un fracaso de Newton.25

Queda claro que la materia inmensa de la ciencia no se contamina por culpa de las manos que llegan a tocarla. Igual pienso que la sublime literatura que amo no deja de ser sublime aun cuando a ella se acerquen teóricos insolentes, prepotentes y orgullosos usureros de la frase ya elaborada.

En fin, Borges termina sus reflexiones diciendo:

Evidentemente, si la historia universal es la historia de Bouvard y de Pécuchet, todo lo que la integra es ridículo y deleznable.26

Sentimos que estas palabras conllevan una lamentable verdad porque no hay duda que la historia universal está resumida en estos dos personajes simbólicos y atemporales. Lo ridículo, lo deleznable de esta misma historia radica en que la seguimos viviendo día a día, momento a momento y ya nos hemos acostumbrado tanto a ella que ni cuenta nos damos.

En conclusión, los planteamientos elaborados en el presente ensayo abarcaron tres grandes momentos:

1. Observamos ciertas condiciones del desarrollo artístico de Gustave Flaubert y la manera en que fue visto por sus contemporáneos y por sus herederos intelectuales.

2. Un recorrido analítico por la novela póstuma del autor francés nos permitió reelaborar el discurso crítico ya generado en torno a esta obra universal.

3. La aportación de Borges completa el cuadro general del presente análisis. Y podemos repetir al unísono con el autor de El Aleph:

Por eso, el tiempo de Bouvard et Pécuchet se inclina a la eternidad; por eso, los protagonistas no mueren y seguirán copiando, [...] tan ignorantes de 1914 como de 1870; por eso, la obra mira, hacia atrás, a las parábolas de Voltaire y de Swift, y de los orientales y, hacia adelante, a las de Kafka.27

1 opinión

perra

esto es pura basura publiquen algo bueno

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Monografía de Luis Quintana Tejera. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/bouvard.html CopyLeft
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