Una denuncia ante el problema de la estupidez humana de Gustave Flaubert - Gustave Flaubert: Bouvard et Pécuchet
Acorde con los planteamientos anteriores, podemos concluir que los esquemas rígidos no se han hecho para los genios. Balzac fue un realista romántico como se ha dicho muchas veces; pero por qué no considerarlo también un simbolista profundo que anunciaba desde su siglo las veleidades de la modernidad. Flaubert sienta las bases del realismo con su primera gran novela, Madame Bovary(1857), deambula por el territorio de la novela histórica con Salambó (1862); compone además La educación sentimental (1869) y La tentación de San Antonio (1874) por mencionar al menos lo más representativo de su trabajo artístico.
Pero definitivamente cuando en 1881 se publica Bouvard et Pécuchet los esquemas rígidos -si es que alguna vez los tuvo-, se desmoronan. Esta obra póstuma representa un intento de estilo completamente nuevo como ya quedó consignado supra:
A todas estas exigencias -precisión, objetividad, poder de observación- de la novela renovada, Flaubert añadirá, una generación más tarde, el dogma de la impersonalidad. El novelista debe suprimir de su discurso toda idea, toda emoción personal, desaparecer literalmente detrás de sus personajes. [...] A todo ello se añade en Flaubert -como una reacción más contra la inspiración y el descuido románticos- una preocupación casi obsesiva por la forma, por la armonía y la belleza de la frase, por la búsqueda de la fusión de la novela “realista” con la novela “artista”. Difícil empeño que exige, en primer lugar, una preparación documental exhaustiva. [...] Y en segundo lugar, un meticuloso trabajo de pulimento lingüístico.13
La diégesis nos presenta a dos oficinistas cincuentones que se encuentran en el bulevar y que paulatinamente irán descubriendo las afinidades que los reunirán en un proyecto común cuando les llegue a ambos el momento del retiro. La historia resulta así engañosamente sencilla cuando nos detenemos a observar a estos dos hombres que ambicionan adquirir todo el saber de su tiempo y para ello se arman de numerosos tratados y revistas consagrando su vida al pensamiento.
Es la novela sobre la tontería y la vulgaridad contemporáneas, cuya raíz está en la fe ciega en el poder redentor de la técnica, de la industria y del comercio. Flaubert dejó concluidos diez capítulos y medio. Al lado de la novela propiamente dicha tenemos un conjunto de datos, un dossier que debería haberse integrado a la obra general como texto independiente, intradiegético, y escrito por los dos personajes de la novela; a éste habría sido incorporado el Diccionario de la ideas recibidas compuesto por Flaubert ya desde 1850: compendio de todas las expresiones, las frases hechas y los dichos en los que una sociedad sintetiza, con solemne estupidez y orgullo, la sabiduría oficial y los resabios de una época.14
El punto de partida de las diversas acciones narrativas que reunirán a los personajes en cuestión es -si en términos de una teoría del conocimiento lo planteamos- un convencido dogmatismo que los lleva a creer que la felicidad del hombre estriba en una perenne búsqueda científica, la cual los conducirá al estudio de la agricultura, la química, la medicina, la astronomía, la geología, la arqueología, la literatura, la gramática, la sintaxis, las religiones antiguas, la historia, el espiritismo, el cristianismo, la filosofía, la pedagogía y sus más indigestos conceptos. Todo ello realizado en las varias décadas de vida en común y evolucionando paulatinamente desde el dogmatismo inicial hasta un escepticismo que los pone al borde del suicidio, al mismo tiempo que despiertan en sus vecinos y conocidos, encontrados sentimientos de asombro ante tanta búsqueda febril que no terminó nunca de dar los resultados que cualquiera hubiera esperado después de tantos esfuerzos.15
Se instalan así en una granja adquirida por ellos y deciden ejercer el difícil oficio de la agricultura como aproximación primera al gran arte del conocimiento científico. En la mayoría de las acciones emprendidas por nuestros dos personajes es dado advertir un aspecto teórico y otro práctico en donde el denominador común será el fracaso. Esa ingenua búsqueda frenética de ambos no puede menos que recordarnos la propia búsqueda de Fausto en las diversas manifestaciones que este personaje adopta en la historia literaria. En Goethe y en el monólogo primero del drama, Fausto expresa su profunda decepción ante el problema del conocimiento y sostiene que todo lo estudiado hasta ese momento sólo le ha servido para demostrarle que el conocimiento es imposible; llega al extremo de afirmar que ni siquiera la opción socrática de “sólo sé que no sé nada” lo consuela. Asumimos además que Fausto pasó por la ingenua práctica del dogmatismo y ahora se retuerce -después de la experiencia vivida-, en amargo escepticismo desde el cual reclama a la vida el que no le haya dado la oportunidad de moverse al menos en el marco de un pragmatismo en donde hubiera llegado a comprender que la ciencia realmente sirve para ayudar al hombre a ser feliz.
Bouvard y Pécuchet comienzan a involucrarse con la experiencia teórica del conocimiento:
Esa misma noche sacaron de la biblioteca los cuatro volúmenes de La casa rústica, encargaron el tratado de Gasparin y se abonaron a un periódico de agricultura.
Para ir a las ferias con más comodidad compraron una carreta que guiaba Bouvard.
Vestidos con blusa azul, sombrero de alas anchas, polainas hasta las rodillas y un bastón de chalán en la mano, daban vueltas alrededor del ganado, interrogaban a los labradores y no faltaban a ningún comicio agrícola.16
Una de las virtudes que podemos resaltar en los personajes es su persistencia y su lucha denodada por alcanzar resultados; a pesar de las reiteradas frustraciones siempre retornan con nuevos bríos tras la búsqueda del éxito que les resulta tan esquivo.
Por ejemplo, después de intensos trabajos y noches sin dormir el éxito no llega y la suma de fracasos resulta explicada por el narrador de la siguiente manera:
Pero en el semillero hormiguearon las larvas; a pesar de las capas de hojas secas, debajo de los contramarcos pintados y las campanas embadurnadas, sólo brotaron plantas raquíticas. Los vástagos no prendieron, los injertos se despegaron, la savia de los acodos se detuvo, los árboles tenían blanco en las raíces, los planteles fueron una desolación. El viento se entretenía en derribar las ramas de las alubias. La abundancia de estiércol perjudicó a las fresas; la falta de despunte, a los tomates. (P. 33).
El lenguaje está caracterizado por la presencia de numerosos tecnicismos y lo literario propiamente dicho se esconde detrás de ellos. Los valores intertextuales ya anunciados se presentan aquí y revelan las lecturas preparatorias para estos menesteres de la agricultura, por parte del autor. Además estas mismas lecturas actúan en los personajes para irlos depurando poco a poco de su ignorancia inicial. Es cierto que Flaubert quiso ver en ellos a unos ingenuos presumidos, pero las lecturas obligadas los van moldeando paulatinamente a pesar de la idea original de su creador.
Nos permitimos señalar además ciertos toques lúdicos del narrador como cuando habla de ese viento -personificado- que se entretenía en derribar las ramas de las alubias.
La experiencia vivida por Pécuchet con la plantación de melones no es menos traumática que lo anterior y a pesar de que llega un poco más lejos puesto que el resultado en frutos se da, igualmente sucede que: “Como había cultivado diferentes especies muy cerca las unas de las otras, los melones azucarados se habían confundido con los de huerta, el Gran Portugal con el Gran Mongol, y la anarquía resultante de la vecindad de los tomates dio unos abominables híbridos con sabor a calabaza.” (P. 34)
El resultado de todo el esfuerzo es comentado con sarcasmo por el narrador y esos “abominables híbridos” representan la ruptura del equilibrio que se esperaba. Parece ser que en nuestros personajes no ha quedado ni siquiera en pie el adusto sentido común que a cualquier persona le indicaría que la cercanía de las especies cultivadas no era de ninguna manera recomendable.
En fin, la búsqueda continúa y Pécuchet decide plantar flores. Nuevamente la voz que cuenta los hechos arremete con furia vengadora contra el personaje denunciando su innata estupidez:
Pero plantó las pasionarias a la sombra, los pensamientos al sol, cubrió de estiércol los jacintos, regó los lirios después de la floración, arruinó los rododendros por exceso de escamonda, estimuló las fucsias con cola fuerte y asó un granado exponiéndolo al fuego de la cocina. (P. 34).
Todo esto demuestra que las lecturas en torno al tema o no fueron hechas con suficiente atención, o se falla en el momento de la aplicación. Lo cierto es que una alternativa frustrada conduce a una nueva búsqueda y ellos consideran, al final del capítulo dos, que todos sus fracasos en el terreno de la agricultura y sus derivados se debieron a su desconocimiento de la química. Y así el capítulo tres comienza diciendo: “Para aprender química consiguieron el tratado de Regnault y lo primero que descubrieron fue que “los cuerpos simples son quizá compuestos”. (p. 57).
No es posible detenernos en cada uno de los aspectos de la incansable búsqueda por parte de los personajes, no sólo porque el hacerlo involucra el acercamiento a cada tema científico tratado -circunstancia bastante alejada del objetivo literario del presente ensayo-, sino porque el camino que nos conduce del dogmatismo al escepticismo y nos lleva a la conclusión de la ausencia pragmática total, bien puede perfilarse a través de motivos seleccionados. Con este objeto nos concentraremos en pasajes del capítulo cinco en donde se enfoca el tema de la literatura y la gramática, en el capítulo ocho para comentar someramente reflexiones en torno a las pruebas metafísicas de la existencia de Dios, la ética de Spinoza, el escepticismo y el problema filosófico de la libertad. Todo lo anterior nos conduce al último punto: el intento de suicidio con las diferentes alternativas que este hecho involucra.
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