3 - La literatura y la gramatica

Monografía creado por Luis Quintana Tejera. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/bouvard.html
16 de Septiembre de 2006

La búsqueda en el terreno de la literatura comienza nada menos que con el creador de la novela histórica, Walter Scott, continúa con Alejandro Dumas, George Sand, Rousseau, Balzac, Racine, Molière, Hugo y Boileau entre otros. Como puede observarse, Flaubert dedica un buen espacio a sus contemporáneos a quienes trata con profundo respeto y reverencia. Pero el terreno que más les impresiona a los personajes es el del drama y así sueñan con el autor que tienen en sus manos, viven con él las diversas alternativas y añoran la fama. Si insistimos en la representación de lo ridículo nada mejor que observar los movimientos de estos improvisados actores que sólo poseen una determinada capacidad de memoria unida a todo el poder del absurdo que los marca y proyecta. Ante la presencia de Madame Bordin y con el deseo de hacerse notar por contar con un público tan selecto, representarán fragmentos de Fedra (Racine) y del Tartufo de Molière así como también un breve pasaje del Hernani de Hugo.

Pero, no conformes con la práctica de la lectura y la representación, deciden escribir una pieza ellos también. Se impone así la mentalidad del hombre absurdamente totalizador, del individuo que cree contenerlo todo y que se siente capaz de llevar a cabo cualquier acción creadora por difícil que parezca. Este hecho implica necesariamente una observación parcial e ingenua del universo científico, al mismo tiempo que una minimización del proceso que los lleva a sostener que si otros pudieron hacerlo, por qué no podrían ellos. Es, y en otros términos de la comparación, la misma reflexión fáustica cuando al contemplar los misterios de la naturaleza mediante un acto de magia se siente tan poderoso como dios y llega a preguntarse: “¿Soy acaso un dios?”, para caer en profunda decepción al comprender que le falta el principal atributo de la divinidad que es la acción. Bouvard y Pécuchet también contemplan con ojos asombrados al universo y al sentirse copartícipes de la naturaleza humana creen poder llevar a cabo lo que otros hombres aparentemente iguales a ellos ya efectuaron. Lo lamentable es que a ellos les falta no sólo el atributo del genio, sino también el sentido común y la elemental característica de ubicación ante un mundo en proceso de superación constante.

Es así como:

Finalmente resolvieron escribir una pieza. Lo difícil era el tema. Lo buscaban durante el almuerzo, bebían café, licor indispensable para el cerebro, después dos o tres copitas. A continuación dormían la siesta; luego bajaban al huerto, se paseaban, al fin salían en busca de inspiración, caminaban juntos y volvían extenuados. [...] A veces sentían un escalofrío y algo así como el soplo de una idea; en el momento de atraparla, había desaparecido. (Pp. 130-131).

Es evidente el tono irónico del narrador cuando plantea el tema de la creación en directa relación con la inspiración. El poder de las musas no radica en factores exteriores, ni en el café, ni el licor, ni en los paseos por el huerto. Es mucho más que eso; pero no nos asombremos de que estos personajes decimonónicos no lo entendieran en su verdadera dimensión cuando esto mismo sigue pasando en el siglo XXI. Es decir que la denuncia de la estupidez individual con plena vigencia para aquella época continúa teniendo actualidad en ésta. No todo consiste en leer extensos tratados de teoría sin llegar a entenderlos en su verdadera esencia, hay otros dones más profundos que la mera persecución de ideas retorcidas, otros valores que encuentran arraigo en el interior del hombre que piensa y siente, que hallan asiento en factores tan curiosamente esquivos tales como la inspiración y el carisma. No hablemos de inteligencia porque sería ir quizás demasiado lejos, hagamos referencia únicamente a estos factores mencionados que no se adquieren en ninguna universidad del mundo. Bouvard y Pécuchet pretenden ser autodidactas, pero la idea que persiguen se resiste y en el momento de atraparla desaparece.

Inmersos en su problemática y sin conseguir plasmar sus aspiraciones de escritores, continúan soñando con la gloria: “y soñaban con ser representados en el Odeón, pensaban en los espectáculos, echaban a París de menos”. (P. 131).

Y es precisamente en este momento cuando llegan a la misma conclusión que muchos contemporáneos nuestros: “Si les costaba tanto trabajo es porque ignoraban las reglas” (Id).

La decisión con que se mueven los personajes los conduce de caída en caída. Ahora llegan a creer que no pueden escribir ni siquiera dos palabras porque desconocen las reglas; y se entregan de lleno a ellas con la misma entereza con que antes lo habían hecho en el terreno de la representación teatral:

Las estudiaron en la práctica del teatro de D’ Aubignac y en algunas otras obras menos pasadas de moda. Se discuten en ellas cuestiones importantes: si la comedia se puede escribir en verso; si la tragedia no excede sus límites cuando toma su fábula de la historia moderna; si los héroes deben ser virtuosos; qué suerte de malvados han de figurar; hasta qué punto están permitidos los horrores. ¡Que los detalles concurran a un único objetivo, que el interés progrese, que el fin responda al comienzo, claro está! (Id).

Recurren, como es evidente, al tratado de moda de la época y lo leen con entrega casi religiosa. Al enumerar el narrador las cuestiones que él llama “importantes” y que son discutidas en el mencionado texto, observamos el marcado carácter irónico que se maneja como velado guiño al lector; toda la teoría que se estudiaba en aquel momento en torno a la comedia, la tragedia, el héroe, el malvado, los horrores no sirve para nada si no se poseen primero otros atributos esenciales como lo comentábamos supra: “Quiere decir que las reglas no bastan. Se necesita, además, genio”. (Id). Son éstas reflexiones paralelas que lleva a cabo la voz que cuenta los hechos y para quien la ausencia del genio es algo perfectamente explicable; Bouvard y Pécuchet lo ignoraban y si hubieran podido leer aquella rima de Bécquer: “Del salón en el ángulo obscuro...”17 se habrían preguntado también qué tratado teórico se dedicaba a despertar genios para leérselo por completo y terminar igual que al comienzo, con la misma duda acuciante y terrible. O quizás hubieran dedicado gran parte de su tiempo al estudio de la música, más específicamente del arpa para intentar la ridícula aproximación.

Y como si todo lo anterior no fuera suficiente para subrayar la estupidez humanística más tenaz, agrega:

Y el genio no basta. Corneille, según la Academia Francesa, no entiende nada de teatro. Geoffroy criticó a Voltaire. Racine fue vilipendiado por Subligny. La Harpe rugía al oír el nombre de Shakespeare.(P. 132).

Así confirmamos aquello de que los contemporáneos no somos generalmente los mejores jueces de nuestros pares y lo que frecuentemente pasa se refleja en términos bíblicos, porque llegamos a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Y esto dicho en el bien entendido de que si Corneille no sabía nada de teatro, logró igualmente dejar una impronta artística maravillosa. Más bien vemos en la cita anterior una de las tantas reducciones lógicas al absurdo que se descubren en esta novela.

En otro orden de elementos a considerar y aún en el marco de este primer punto, corresponde el turno a la gramática. El estilo literario encuentra su punto de partida en los estudios gramaticales y por ello es preciso analizarlo. De esta forma, los curiosos personajes de nuestro relato pretenden regresar a los orígenes del problema y se tornan estudiosos del fenómeno lingüístico. De nuevo los profundos valores intertextuales manejados por el autor afloran a través de Bouvard y Pécuchet. Las interrogantes de éstos son tan absurdas como cuando afirman: “El sujeto concuerda siempre con el verbo, salvo las ocasiones en que no concuerda. Antiguamente no se hacía distingo entre el adjetivo verbal y el participio presente, pero la Academia establece una diferencia poco fácil de entender”. (P. 133).

En síntesis, todo el proceso funciona de manera cíclica y a cada paso se regresa al principio. No hay duda que la ciencia puede explicarse a sí misma, pero es necesario a su vez aceptar la labor acumulativa que en este terreno otros han venido cumpliendo antes de nosotros. No podemos someter a las diferentes áreas del conocimiento a una revisión exhaustiva cada vez que se nos ocurre que algo no está funcionando bien. Inmersos en un proceso tramposamente deductivo -me refiero a este apartado de la literatura y la gramática-, Bouvard y Pécuchet han evolucionado de lo general a lo particular: de los autores al teatro; del teatro a la creación; de la creación al problema del genio; del genio al estilo; del estilo a la gramática. Se han detenido en cada uno de esos momentos y, por supuesto, no han podido llegar tan siquiera a una sola conclusión válida. El sentimiento de la estupidez humana prevalece mientras la luz de la razón continúa apagada.

1 opinión

perra

esto es pura basura publiquen algo bueno

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