La Ilustración confió en que la claridad, la transparencia de la razón, podría ofrecer la tranquilizadora imagen de un mundo unificado. Desde él, sería posible explicar la génesis de las distintas culturas y establecer un límite de actuación común a todos. La orientación que, en este sentido, proporcionarían una serie de principios arraigados en la racionalidad suponía un punto de unidad, al menos teórica, para la comprensión un mundo plural, que se abría a nuevas posibilidades y modos de vida.
Pero este proyecto acabó por no encontrar en el modelo de razón que proponía el fundamento para un proyecto universal. El fenómeno de la Contrailustración responde precisamente al fracaso del universalismo.
Hoy en día el proyecto inicial pervive, pero el problema es, precisamente, cómo determinar en la práctica qué comportamientos sociales favorecen la pervivencia de la comunidad y las relaciones entre distintos pueblos, hasta qué punto la cultura propia es un factum que ha de anteponerse a otras formas de vida, o en función de qué racionalidad han de dirimirse las cuestiones éticas y políticas. La cuestión es acuciante cuando se trata de dictaminar si es posible un orden global de los derechos humanos.
En este estudio además de señalar una de las posibles causas que hace oscilar entre el universalismo y el contextualismo al pensamiento ético-político, aportaré cuál es la propuesta de Jürgen Habermas para articular y fundamentar una concepción más amplia de la racionalidad, en concreto a través de su teoría de la acción comunicativa. Finalmente, indicaré algunos de los problemas que presenta esta empresa.1