Francisco Caudet define el fenómeno del exilio de la siguiente manera: “El exilio es, sobre todo, una experiencia psicológica, motivada por la separación física y afectiva de un medio sociocultural. [...] El exilio no consiste en un trueque, sin más, de un espacio por otro, de una circunstancia por otra; el exilio es, sobre todo, la pérdida de la identidad, de la estabilidad, del sentido de finalidad... El exilio tiende, a causa de ello, a reconstruir y mitificar la memoria de lo perdido.”(1)
El exilio español a causa de la Guerra Civil se inscribe dentro de la historia de Europa como preámbulo de la Segunda Guerra Mundial, una de las crisis humanas más graves de la historia. El desarrollo del pensamiento que la precedió durante las dos últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX, tenía como base la creencia del hombre en que lo único que necesitaba para conquistar la felicidad sobre la tierra, era “ajustar unas cuantas piezas del mecanismo social, y así llegar a la perfección humana en que soñaron los utopistas del Renacimiento”.(2) El hombre tenía fe ciega en la ley del progreso y en que la paz entre todos los pueblos pronto reinaría perennemente sobre la tierra.
Sin embargo, a pesar de las dificultades que se ponen en evidencia en dicho pensamiento, lo cierto es que obras como Utopía de Tomás Moro, nacieron de una conciencia clara del trastorno que había en el viejo mundo por los prejuicios e ideas limitadas, escolásticas y coercitivas que vedaba la apertura del horizonte mental y terreno. Asimismo, los hábitos propicios para la labor de los profetas fueron siempre los momentos históricos de crisis de los pueblos a donde se les mandaba profetizar. Cioran, al hablar del mecanismo de la utopía, señala que la crisis es efectivamente el gran auxiliar del utopista, es la tierra sobre la que trabaja, la sustancia que nutre el sentido de su utopía, la providencia de sus obsesiones: “¿Est-il plus facile de confectionner une utopie qu'une apocalypse? L'une et l'autre ont leurs principes et leurs poncifs. La première, dont les lieux communs s'accordent mieux avec nos instincts profonds, a donné naissance à une littérature autrement abondante que n'a fait la seconde. Il n'est pas donné à tout le monde de tabler sur une catastrophe cosmique, ni d'aimer le langage et la manière dont on l'annonce et la proclame”.(3) Las ideas, las formas de pensamiento persisten y se transforman en estrecha unión con las fuerzas sociales. Nunca es casual el que aparezcan en determinados momentos del proceso social, según afirma Mannheim.(4)
El exilio republicano es una situación límite, un momento de crisis en la historia del pueblo español que trajo consigo, inevitablemente, la necesidad de un nuevo programa de vida en el que el proceso de mitificación caminó a la par que el proceso de reconstrucción. Mannheim señala que a menudo sucede que la utopía dominante surge por primera vez como el caprichoso anhelo de un solo individuo, y no se incorpora hasta mucho después a las políticas de un grupo que es posible determinar sociológicamente. En tales casos, se suele hablar de un precursor y de su papel de iniciador, y luego se atribuiye esa realización individual, desde el punto de vista sociológico, al grupo al que se transmitió la visión y en nombre del cual expuso sus ideas.(5) En esta situación podemos ubicar la figura y la obra del poeta Juan Larrea.