León Felipe puede ser considerado el poeta emblemático del exilio en una dimensión profética. El León Felipe de Español del éxodo y del llanto asume la misión de profeta y el León Felipe de Ganarás la luz madura en su misión. El libro Español del éxodo y del llanto... Doctrina, elegías y canciones, de 1939, está dedicado al presidente Lázaro Cárdenas, y en él León Felipe se presenta diciendo: “Vine aquí como el primer heraldo de este éxodo. Sin embargo, yo no soy un refugiado que llama hoy a las puertas de México para pedir hospitalidad. Me la dio hace diez y seis años, cuando llegué aquí por primera vez, solo y pobre, y sin más documentación en el bolsillo que una carta que Alfonso Reyes me diera en Madrid”.(29)
En 1923 había estado en México, después radicó en los Estados Unidos, Cuba y Panamá. Al estallar la guerra civil, volvió a España y se unió a la Alianza de Intelectuales. Cuando se pierde la causa de la República, parte a París, regresa a La Habana y a México en 1939, donde radicaría hasta su muerte. Es significativo notar el papel particular que asume León Felipe con los demás exiliados en México. Se solidariza con ellos y se nombra su “heraldo”, pero es consciente de las ventajas que tiene sobre ellos: “Después México me dio más: amor y hogar. Una mujer y una casa. [...] Ahora que tanto español refugiado no tiene una silla donde sentarse, tengo que decir esto con vergüenza. Pero tengo que decirlo. Y no para mostrar mi fortuna, sino mi gratitud. Y para levantar la esperanza de aquellos españoles que lo han perdido todo...”.(30)
Antes señalamos la necesidad de los exiliados de proponer un plan que animara y dirigiera la nueva orientación vital, y León Felipe no es la excepción. El poeta también hace su propuesta: “Mi programa, es decir, mi tema poemático predilecto es éste: ‘Nos salvaremos por el llanto’. Esta es mi lógica y mi dialécica también. Creo en la dialéctica del llanto […] El llanto no está en los programas de los políticos ni en las pragmásticas de los jerarcas. Está en los versículos de los profetas, en el corazón engañado y afligido del hombre”.(31) León Felipe presenta una tesis que sostiene el sentido del exilio en una dimensión universal: “Pero un pueblo, una patria, no es más que la cuna de un hombre. Se deja la tierra que nos parió como se dejan los pañales. Se es hombre antes que español”.(32) Y su mensaje es para el español “del éxodo y del llanto” que debería considerarse ante todo un hombre, en el sentido profundo y universal que sobrepasa al hombre que se siente elegido o al que se aferra a su terruño.
Ahora bien, León Felipe asume la tarea del profeta y se identifica con la figura de Jonás, pero invirtiendo la misión del profeta bíblico: “Españoles del éxodo y del llanto: levantad la cabeza y no me miréis con enojo, porque yo no soy el que canta la destrucción sino la esperanza.”(33) León Felipe es profeta que anuncia la esperanza y, al contrario del profeta Jonás, en esta ocasión, en estas circunstancias, tal vez no sería escuchado. Español del éxodo y del llanto es “uno de los libros más penetrantes y más significativos del gran poeta que fue León Felipe”, dice Manuel Tuñón de Lara, y agrega: “encierra, a mi entender y sentir, toda la tragedia de los cientos de miles de hombres, mujeres y niños que la derrota de la democracia española dispersó hacia los cuatro puntos cardinales a partir de 1939”.(34)
Nuestro poeta asume la representación de un pueblo exiliado y sigue muy de cerca el problema que tal condición significa. El problema de la no adecuación al nuevo medio será el motivo que lo lleve a cantar sin cesar la búsqueda de la dimensión universal del hombre. En Ganarás la luz, de 1943,(35) presenta de nuevo su ideario, y esta vez coincidirá en fecha de publicación y en algunos postulados con el del otro poeta, Juan Larrea, a quien dedica esa obra. La vocación profética de León Felipe se consolida; en “Tal vez me llame Jonás”, canta: “¡Yo no soy nadie. Dejadme dormir! / Pero a veces oigo un viento de tormenta que me grita: ‘Levántate, ve a Nínive, ciudad grande, y pregona contra ella” [...] De allí traigo ahora mi palabra. / Y no canto la destrucción: apoyo mi lira sobre la cresta más alta de este símbolo... Yo soy Jonás”.(36)
Entre las ideas que nos interesan, destacaremos su visión personal del Nuevo Mundo. En el poema “Pero, ¿por qué habla tan alto el español?”, señala que tres veces han tenido que desgañitarse en la historia hasta desgarrarse la laringe: “La primera fue cuando descubrimos este continente y fue necesario que gritásemos sin ninguna medida: ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra! Había que gritar esta palabra para que sonase más que el mar y llegase hasta los oídos de los hombres que se habían quedado en la otra orilla. Acabábamos de descubrir un nuevo mundo, un mundo de otras dimensiones al que cinco siglos más tarde, en el gran naufragio de Europa tenía que agarrarse la esperanza del hombre. ¡Había motivos para hablar alto! ¡Había motivos para gritar!”(37)
Es de notar cómo León Felipe relaciona su visión del Nuevo Mundo con una costumbre muy arraigada en los españoles: el subir con facilidad el tono de la voz. Su propuesta no mira hacia un futuro utópico y no se basa en un análisis esotérico de las condiciones históricas y geográficas. Simplemente señala una peculiaridad cultural que acompañará al español a donde quiera que vaya. En cualquier parte del mundo el español se hará notar por el tono de su voz.(38)
Por otra parte, León Felipe está lejos del concepto tan cuestionado de “transterrado”. En el capítulo que intitula “Jonás se equivoca”, el poeta retorna a su origen: “Y creo que ésta es mi almendra. Que de aquí nací yo. Que éste es mi origen y mi nombre: Jonás.”(39) En la vuelta al origen y en la posesión de un nombre el poeta encuentra sentido al quehacer poético que está por abandonar: “Quiero repetirlo y explicarme bien antes de marcharme. Jonás es un profeta grotesco, sin vocación y sin prestigio. Es la voz que no acierta nunca. El lo sabe. Por eso desconfía y se esconde”.(40) La identificación con el personaje Jonás se da en la línea de la historia, “ningún otro personaje de la historia o del sueño están tan dentro de mi sangre como éste: Jonás”.(41) La insistencia en decir que se relaciona con un personaje histórico, en la línea de la historia, es muy significativo si tomamos en cuenta que el libro, en su totalidad, está presentado como “una autobiografía poemática, una antología biográfica […] es mi vida […] pero hemos hablado del profeta y no de su profecía. ¿Qué es lo que anuncia? ¿Qué tipo de mensaje debe proclamar para que se autoderrote en principio habiendo sospechado que no lo escucharán? He aquí su profecía: Lo español es lo específico, pero no lo permanente. Hoy cuenta todavía y es necesario consignarlo. Mañana el género habrá devorado a la especie. [...] La historia desnuda me ha respondido sin números, sin nombres y sin países.”(42) Y antes, ya había anunciado: “Hispanidad... tendrás tu reino, pero tu reino sólo será de este mundo. Serás un reino sin espadas ni banderas, serás un reino sin cetro, no se erguirá en la Tierra nunca, serás un anhelo sin raíces ni piedras, un anhelo que vivirá en la historia sin historia... o como un ejemplo. Cuando se muera España para siempre quedará un además en la luz y en el aire... un gesto... Hispanidad. Serás aquel gesto vencido, apasionado y loco del hidalgo manchego.”(43) Los verbos nos ayudan a distinguir el tono profético que asume al definir el concepto de hispanidad que tantos problemas diera a aquellos exiliados que la asumieron como un sinónimo de superioridad racial.
El León Felipe que un día pregonara que era de los que se habían llevado la canción consigo, reflexiona al final de Ganarás la luz y, al igual que otras ocasiones, se da cuenta de que la canción se queda donde está España, y que América es América y España es España. “Enseguida he pronunciado el nombre de Jonás. Y he dicho: ¿seré yo el Jonás español, seré yo el recién nacido? Yo soy el ladrón sacrílego del templo que se ha llevado el salmo. Pero no soy el salmista ni el poeta tampoco.”(44) Adolfo Sánchez Vázquez, al final de un artículo sobre León Felipe, dice: “León Felipe, poeta de una época de crisis, de transición entre dos mundos, centra su religiosidad peculiar y, desesperado de no hallar la Luz de la tierra, trata de alcanzarla fuera o más allá de nuestra existencia”. Y el gran valor que el poeta tiene para Sánchez Vázquez es que “no ha intentado, ni podrá intentar, sin negarse a sí mismo como poeta prometeico, ganar esa Luz, justificando un mundo que tantas veces ha condenado. No; aunque su canto se incline hoy de la blasfemia a la oración, del pesimismo a la esperanza, los hijos de su poesía no conducen no pueden conducir a una raíz podrida, sino al manantial puro, donde no cabe trocar el silencio, la autojustificación de la miseria por un paraíso celeste”.(45) Y con estas palabras finales, terminamos también nosotros este apartado sobre León Felipe.