Utopías de omnisciencia, disolución y degradados en The Turn of the Screw, de Henry James - Henry James: de la vida y sus dialécticas; de la ficción y su
Nuestra aproximación a “The Turn of the Screw”, de James, toma como base las lecturas críticas que hasta ahora han intentado clausurar el cetro de ambigüedad remanente en el texto, como si sus líneas hubieran de anclarse necesariamente a una lectura monológica. Adoptando la exégesis postmoderna de la obra, para la que, lejos de una clausura unívoca, prima la lectura ambivalente, la que afirma la existencia de los fantasmas, ya como entes reales, ya como espejismos -por lo que la institutriz aparece como protectora del hogar o feminidad demonizada-, es nuestra pretensión desplazar el foco de atención a la propia institutriz, como pergeñadora falaz de un recuento omnisciente falaz, siendo ella, más que una mera allegada a Bly, un espectro replicante querente de su redención, la auténtica antagonista que, independientemente de la influencia fantasmal de Quint of Jessel, en un proceso de fantasmático asedio y metafórico luto, drena de vida tanto a los actantes como al texto en sí.
La sensación de un exilio permanente, la vida como un emplazamiento iniciático constante, en sucesión de umbrales de descubrimiento, la tensión de un suspiro que se abisma a lo incomprensible, la distensión del ego que cautiva el instante, lo percibe en su esencia y pernocta en él concienzudamente para darle un sentido, para meditarlo, aproximarlo y distanciarlo después, desfamiliarizarlo, todo esto tanto como el hilvanado estratégico de argumentaciones de adaptación y supervivencia de un cuerpo extraño -como no podía ser de otra forma en la vida de un autor que vivió entre el nuevo y el viejo mundo-, además de la gracia y espontaneidad del extranjero en comunidades ya constituidas, coloran la vida y obra de Henry James. Este estilista que dejó fluir su técnica captadora de reverberaciones creativas, no sin preguntarse por el método de su obsesiva mediación entre el modo de ser de las cosas y la existencia que cobraban en sus obras, no sin cuestionarse y teorizar sobre las constantes y técnicas narrativas tanto como por los patrones y movimientos emotivos en el quehacer rítmico de su pluma, los espejeos centrífugos y centrípetos de los diversos niveles de ficcionalidad en los que se articulan sus escritos rompecabezas (especialmente los compuestos en la última década del XIX), este crítico que delineó prospectivamente los cambios de la novela finisecular decimonónica y preconizó la emulsión de modalizaciones psicológicas y la interiorización recreada tan en boga en la corriente modernista, la dramatización o sustanciación inmediata, la perspectivización en su grado cero (como proclamaron Lubbock y Beach) basada en la escena, frente a la intrusión mediática, casi dictatorial, del narrador de la corriente realista precedente -por medio del resumen narrativo-, este James, incidimos, trazó siempre un camino más allá de la última posta de sus ofrendas narrativas, contagiando la magia y el vigor de sus líneas para que los estilemas que viven en sus escritos como correlato e impronta expresa y directa de la propia vida (James, 1984: 46) y la experiencia, en su caso cosmopolita -definida por el autor como “an immense sensibility, a kind of huge spider-web of the finest silken threads, suspended in the chamber of consciousness, and catching every airborne particle in its tissue” (1984: 52)-, con cierto aderezo de la imaginación, formulasen preguntas y planteasen retos de meditación al lector, pasando a formar parte de sus esquemas cognitivos, su galería de prototipos y recuerdos o censo de vivencias. De hecho, hay en lo más recóndito de las improntas literarias de James, denotadas como ejercicios empíricos y costumbristas flaubertianos de la realidad -dípticos de problemática cotidiana, las turbulencias feministas o los modos sociales-, mucho de connotación metafísica, profundización psicológica, conjeturas filosóficas y trascendencias teológicas, una espiritualidad de los caracteres, un dramatismo paladeado, que hereda de su admirado Turguenev. No podemos obviar, en este sentido, que James se opuso al materialismo a ultranza del naturalismo y promulgó enraizar sus plasmaciones literarias con los ámbitos de lo social y lo etéro, ese romance del alma humana, buscando un equilibrio entre la materia y el espíritu, como el que, en opinión del escritor neoyorquino, logró sabiamente Conrad, constituyendo ambos aspectos en unión un reflejo sinergético, categórico y reafirmador de la totalidad de la experiencia humana.
Bien es cierto, que según la obra y el período creativo, las flamas de James desprenden un fulgor u otro, queman intensa y arrebatadoramente, con embates de inaudito hechizo y vampirizador escorzo de originalidad, o endulzan un frío sopor de tedio hasta hacerse una insoportable sucesión de clichés. Así, en la década de 1870 -con The American (1877), The Portrait of a Lady (1881) o Daisy Miller (1879)-, se nos presenta como un autor que comienza a barajar las constantes temáticas de su corpus literario y, consciente del camino que le queda por recorrer hasta pulir una voz propia, desarrolla su técnica, aprende de sus propios errores, siempre con un referente idealista denotado. Su literatura se hace más comprometida, más social, temáticamente más compleja en obras como The Princess Cassamassima (1885), The Bostonians (1886) o The Tragic Muse (1887), hitos literarios a los que siguen cuatro períodos de muy diferente signo:
a) Los últimos años de la década de los ochenta, caracterizados por su fracaso como dramaturgo.
b) Los noventa, en los que James filtra la luz y crea los claroscuros, sus disquisiciones metafísicas, de textura intrincada y sofisticación narrativa en aras del cetro artístico, alegorías y parábolas sobre la maldad insinuada, la implacable, la inocencia vitalista aun torturada, el genio cautivo, la candidez llagada por la corrupción, por la villanía, obscena e indecente hasta extremos inimaginables. Ilustran la turbulencia de estos autos sacramentales opúsculos como “The Pupil” (1891), What Maisie Knew (1897) o “The Turn of the Screw” (1898).
c) Otra etapa es la que Matthiessen denomina “The Major Phase”, la génesis del siglo XX, en la que su arte se vigoriza, se epitomiza diríamos, para plasmar la divergencia entre las dotes impulsivas de lo americano y una Europa que, desde su convencionalismo a ultranza, se torna idealista. Destacan The Wings of the Dove (1902), The Ambassadors (1903) o The Golden Bowl (1904).
d) Finalmente, sus dos fugas postreras, ambas inconclusas: The Sense of the Past y The Ivory Tower, del mismo año, 1917.
Nos ocupa en el presente artículo el que para muchos es el relato de fantasmas más fascinante y más sabiamente concebido y ejecutado de toda la historia de la literatura, “The Turn of the Screw”, escrito en el suspiro finisecular decimonónico, en 1898 concretamente, y publicado junto a “Covering End” bajo el título The Two Magics, cuando, según Philip Van Doren Stern (“Introduction”, Great Ghost Stories, 1942), los autores, inmersos en una edad de cambios tecnológicos y una oleada de frustración y escepticismo a ultranza, entonaban el canto de cisne de una época agónica, ya pasada. También, y es ésta una matización prima y focalizadora de rigor para comprender las disquisiciones que siguen, sería preciso matizar que “The Turn of the Screw” es una de esas obras de plenitud embebecida en el carisma de lo inclausurable1, añadiendo que el relato de fantasmas es un mar de tonos indecisos en el que James se sintió como llama de candelabro en la oscuridad, tal y como demostró en tantos y tantos cuentos sobre encantamientos de antepasados entre los que destacan “The Romance of Certain Old Clothes” (1875), Sir Edmund Orme (1892), “The Third Person” (1900), o “De Grey” (1919). “The Turn of the Screw”, en concreto, como afirma el autor en el prefacio a la edición de Nueva York, es un estudio, casi una abducción, experimental:
[O]f a conceived “tone”, the tone of suspected and felt trouble, of an inordinate and incaculable sore -the tone of tragic, yet exquisite, mystification.2
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