La partida II, título XXI, ley II, habla de cuatro generaciones en orden a la selección de los caballeros en lo que respecta a su linaje: “e porende Fijosdalgo deuen ser escogidos, que vengan de derecho linaje, de padre, e de abuelo, fasta en el quarto grado, a que llama bisabuelos”. Y en la primera ley de la partida y título citados, se habla de que los caballeros deben ser “omes duros e fuertes […] que fuessen bien facinados de miembros, par ser rezios, e fuertes, e ligeros”.(6) Los factores determinantes de la condición nobiliaria eran, además, el patrimonio, la privanza, el nacimiento, un estatus jurídico propio y la dedicación guerrera.(7) La privanza se refiere a la influencia directa o difusa dentro de la política administrativa del país. Bajo estas premisas, veamos qué sucede con don Quijote.
En el Prólogo de la Primera Parte se habla de “la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo […] un hijo feo y sin gracia alguna”(8) que podría ser cualquier hombre menos un famoso caballero al que se le denomina “luz y espejo de la caballería andante” (p. 181) cuyo nombre no se desea recordar. Su patrimonio, una comida propia de los pobres que consumía “las tres partes de su hacienda […] el resto della concluian sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino” (pp. 197-198). Finalmente, cinco burros.(9) Sobre la privanza, el influjo que hubiera podido ejercer “un hidalgo de los de lanza de astillero” (p. 197), que equivalía a ser un hidalgo escuderil en los asuntos de la política administrativa del reino. En cuanto al nacimiento, el autor se presenta como ‘padrastro’ del prospecto a caballero y el hecho de no tener padre era una cuestión imperdonable tratándose de un caballero, aunque don Quijote expone dos alternativas: “podría ser que el sabio que escribiese mi historia deslindase de tal manera mi parentela, y descendencia, que me hallase quinto o sexto nieto del rey” o que resultara siendo “hijo de un azacán” (p. 422). La disyuntiva se resuelve no muy favorablemente ya que resulta ‘hijo espiritual’ de su padrino de armas, el ventero.
De la revisión de los atributos de don Quijote para ser caballero, tal parece que en lo único que podrá cumplir será en la dedicación a la guerra. Este hidalgo no tiene linaje ni riqueza, ni edad conveniente ni nombre determinado. El autor vacila entre tres posibilidades: Quijada, Quesada o Quijana y no se decide por ninguno. Tampoco tiene juicio pues por el mucho leer y poco dormir lo perdió. Aun así, ha decidido hacerse caballero andante “para el aumento de su honra” y “el servicio de su república” (p. 200).
El primer traje del protagonista y de este estudio es la armadura. El futuro caballero se transformará ahora en un “Vulcano” para confeccionarla, aprovechando “unas armas que habían sido de sus bisabuelos”, una vez limpias del orín y del moho, y una celada fabricada con unos cartones, un morrión simple y el refuerzo de unas barras de hierro. (p. 203). Una vez lista la armadura, se dedica a buscar un nombre para su rocín, para sí mismo y uno para su dama. Y luego de cuatro u ocho días de reflexión nacen Rocinante, Dulcinea del Toboso y Don Quijote de la Mancha.
La primera salida de don Quijote está marcada por una serie de circunstancias que acentúan la locura del personaje, y es importante observar que la primera impresión de las personas que encuentra es de miedo. Y es que el contemplar a un hombre que vaga por los caminos de España revestido con una armadura de finales del siglo XV, lo que hace de él un ‘arcaísmo viviente’ como dice Martín de Riquer, no puede sino causar estupefacción, pero a la vez risa y burla en sus contemporáneos.
Sin embargo, la presencia de don Quijote mueve a una serie de transformaciones que los personajes aceptan. La venta, lugar paródico por excelencia, se transforma en castillo; el ventero, en el dueño del mismo y en padrino de don Quijote; las prostitutas, en doncellas, y el caballero novel en caballero armado. Y para ello no ha sido necesario cambio alguno en los trajes, porque en este momento el disfraz es prescindible en el mundo del héroe.
Don Quijote de la Mancha se concibe a sí mismo como un verdadero caballero, y como tal seguirá su camino y entrará en defensa de Andrés, y defenderá la imagen de su amada ante las burlas de los mercaderes toledanos de los cuales recibirá una paliza que lo dejará “molido y casi deshecho” (p. 233). Este nuevo semblante se combina con la impotencia para levantarse a causa de la armadura. Pero ahora busca una salida a su situación acudiendo al repertorio de sus lecturas: escoge el romance del Marqués de Mantua. Un vecino suyo será el Marqués y él mismo será Valdovinos. Al llegar a la casa y oír sobre la locura de don Quijote, el labrador acepta el papel que antes le ofreciera y, sin cambio de vestiduras, representa no uno sino dos personajes al mismo tiempo:
abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor Marqués de Mantua, que viene mal ferido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo al valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera. (p. 239).
Esto es lo que Augustin Redondo ha denominado “la aventura de la palabra”, lo cual permite la posibilidad de sobrepasar la parodia para mostrar la invención cervantina.(10)