4 - Fatone y lo sagrado

Monografía creado por Ricardo R. Laudato. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero9/letrado.html
23 de Agosto de 2006

Es necesario explicar con detalle qué hace de la obra fatoniana un camino a lo universal. Las palabras del profesor Raimundo Panikkar, en el prólogo al segundo volumen de una frustrada edición de obras completas de Fatone, ofrecen una caracterización suficiente:

"Usted, querido amigo, hace a mi modo de ver la única mística comparada posible, esto es, usted no compara misticismos sino que estudia, por participación, la intuición mística, que usted cree encontrar en una determinada concepción del mundo, y al expresarla y aclararla echa usted mano de formulaciones de otras tradiciones filosóficas o religiosas que le parecen servir para profundizar y esclarecer la cuestión. Dicho con otras palabras, (...): mística comparada no consiste en comparar misticismos ni en comparar fenómenos místicos, sino en servirse, como vehículos de expresión para formular su propia intuición mística, de todas aquellas doctrinas y nociones que puedan ayudar a esclarecer la inteligibilidad del problema personal que se trae entre manos. Empresa absurda y condenada al fracaso si consistiera en intentar explicar lo inexplicable por acumulación de inexplicables. Faena fascinante y llamada a contribuir poderosamente al entendimiento entre los hombres, participando en el fondo mismo de la vida humana, en la fuente misma de la existencia; tarea importante y urgente si consigue despertar un eco y una participación creadora en el lector haciendo vibrar en él palabras dormidas o poniendo en marcha potencialidades latentes."29

En rigor, y hay que señalarlo con determinación, la rehabilitación de lo sagrado en el discurso erudito realizada por Fatone no entra en ninguna de las divisiones propuestas por Mircea Eliade en un conocido artículo30. En una manera muy cercana a la de Rudolf Otto, Fatone se dedicó a la Religionswissenschaft de un modo inusitado. No es éste el lugar adecuado para pormenorizar las líneas directrices de una labor tal; sin embargo, no está demás aclarar que Fatone no quiso ser ni fenomenólogo31 ni historiador de las religiones así, como tampoco se interesó por ser ni filósofo existencialista32, ni profesor33. Por eso es pertinente la extensa cita de Panikkar, pues no sólo testimonia la existencia de un camino a lo universal en la inusitada labor creativa de un hombre latinoamericano, sino que también provee de una razón posible para el desconocimiento de su obra en el mundo de habla hispana.

La obra de Fatone, por su propósito intrínseco, es obra de claridad trabajosa. En rigor, su labor escrita cumple con las normas de toda construcción sabia: de exposición justa y clarísima, de lectura difícil por la hondura. Principalmente, es el lector profesional quien se siente confundido pues mira a la obra fatoniana como si ésta fuera labor ensayística. Zucchi, en el artículo precitado, no deja lugar a dudas:

"El camino del investigador en ciencias humanas y de esa "ciencia" llamada filoso-fía tan pronto se aproxima al corpus de los trabajos de Fatone, se topa con obstáculos difíciles de salvar. La investigación no sabe a qué atenerse, adónde dirigir sus pasos. La marcha pareciera deambular por un laberinto. De modo que se deben descartar los caminos tradicionales de investigación. Lo cierto es que Fatone no se consideraba un profesor. En rigor, nunca lo fue. A pesar de su gran vuelo pedagógico desdeñaba identificarse con nosotros los profesores. Y otro tanto pasa con sus escritos. No tienen el carácter de "trabajos" de investigación, ni de "aportes", ni de "contribuciones", ni siquiera de "artículos". Fatone está permanentemente en otra cosa. Y exige de nosotros una actitud especial hacia él. Debemos, pues, renunciar a enfocarlo como hacemos con los pensadores corrientes".34

Ante todo, pues, Fatone no escribe ensayos o, al menos, escribe un tipo de ensayo doctrinal que aún hay que definir. La solución parece pasar por una especie de prosa con una fuerte carga doctrinal, pero que no representa ninguna doctrina específica. Sin lugar a dudas, esto no es el ensayo literario al que nos tienen acostumbrados los escritores de habla hispana moderna y contemporánea; en primer lugar porque el ensayo es una especie literaria indispensable para la sensibilidad moderna por su carencia de un ordenamiento discursivo probado35 que permita juzgar acerca de la verdad de sus afirmaciones. Este rasgo suyo, derivado de la desinteligencia de lo espiritual que, de alguna manera, concluyó en la República de las Letras, hace que el ensayista se empantane en una cierta liricidad. Es decir; habiendo esclarecido su intuición sobre una cosa, el ensayista abunda en ella y en lo que para él esa cosa trae de rebote: ese plus adyacente a la intuición original es lo que hace literario el ensayo y lo que lo emparienta con la novela y el poema sentimental. Todo esto se afirma, claro está, haciendo abstracción tanto del ensayo especulativo como del doctrinal36.

La claridad trabajosa del corpus fatoniano, en cambio, no es compatible con la liricidad ensayística. Toda ella está equilibrada por un sostenido afán de pulimiento, tanto en la expresión como en el contenido, que permita la difusión de la belleza buena de la sabiduría. Conviene repetir: nada de ensayismo hay en Fatone; por cierto, hubo en él un artesano de infrecuente minuciosidad para con la expresión de sus escritos; empero, estos, en su natural instancia, no pertenecen ni a la literatura de arte ni a la filosófica. Se comprende así por qué los literatos no han prestado atención a su obra, pues lo que ella tiene de literario está más allá de las maneras literarias. Asimismo se comprende por qué los filósofos tampoco se han abocado a estudiarla, pues lo que hay de filosófico en la obra fatoniana está para superar las suposiciones fundantes de una mente solo filosófica. De hecho, Fatone nunca se propuso escribir ningún tipo de literatura, ni la artística ni la filosófica. Basta hacer coincidir el análisis sobre la filosofía como soberbia de José Gaos (y qué filósofo más filósofo que Gaos) con el juicio sobre la vanidad del artista de Ananda K. Coomaraswamy (y qué conocedor de arte más filósofo que Coomaraswamy) para saber lo que Fatone sabía: en qué punto las artes bellas y el pensamiento desinteresado son dos facetas de una sola cosa, son dos productos de un torpe vértigo de las potencias, de un impedimento para el actuar contemplativo de un ánimo sin fantasías. Pero, si la obra fatoniana resulta de difícil lectura, es más difícil todavía caracterizar su labor oral; pues hubo en Fatone un trabajo oral más ambicioso que el manifestado en sus escritos. Pocos son hoy los vestigios de un callado propósito que empero aflora aún en los testimonios de los que por entonces lo trataron. La sátira que, por ejemplo, Abel Posse hace de Fatone en La reina del Plata, más allá de la finalidad de la trama novelística, es una prueba contundente de que este último trabajaba en soledad con ideas jamás mencionadas en su obra. La soledad y generosidad que envolvían el accionar de Fatone aseguran la existencia de un propósito llevado a cabo en silencio, sin espectadores ni publicidad. Había en él, según testimonios concordantes, una mirada que se miraba a sí misma, como lo expresó Ciocchini; y lo que dichos testimonios dejan sospechar es que esa mirada era de aquellas que van a las profundidades del ser individuado para retornar siendo un secreto a voces: el de la presencia de esa cosa (el ça de Levinas, la res de Descartes, según Fatone mismo), de esa cosa que ha comprometido radicalmente un alma, de esa cosa que busca mantener a la conciencia en silencio y soledad.

Así como el Fatone escritor nunca cita a los autores que le son queridos, del mismo modo, el hombre Fatone nunca hablaba de lo que era el centro de su interés37. La sencillez de su diálogo se conformaba de acuerdo con dos pautas: no cargar al interlocutor con la pedante resaca de la instrucción y saber ponderar lo esencial en la verborragia de los otros. Fatone sabía muy bien lo que era conversar, sabía cómo Amor (el intelecto de amor de los trovadores provenzales, de Dante, de los poetas árabes) se devela en el lenguaje para encaminar la mente al diálogo sin palabras. Él mismo lo expresó al agradecer el doctorado honoris causa que le concedió la Universidad Nacional del Sur en 1962, poco antes de su muerte:

"Nada de lo que yo he hecho en la vida universitaria alcanza a justificar esta decisión de la Universidad Nacional del Sur. Mi saber y mis actos poco o nada significan en sí mismos. Lo único que sí puede importar es cómo quise saber y cómo quise actuar. Y en el examen de conciencia a que necesariamente tuve que someterme en estos últimos días, antes de concurrir a recibir este diploma, mi conclusión coincidió con el para mí hermosísimo verso del poeta español: "Perdona lo que soy, por lo que amo". Es el amor que puse en mis cosas lo que desvanece mis escrúpulos y me lleva a aceptar este honor que de otra manera hubiera sido una gratia gratis data".

Lo cierto es que Fatone imantaba conversando; su decir llevaba a la concentración mediante el solo calor envolvente del que se purifica a sí mismo mientras habla. Lo cierto es que, como el de todo ser, el paso de Fatone por el mundo sublunar respondía a un designio; y podría ser también cierto que la operatividad de su búsqueda interior esté latente aún. Es la propia singularidad de su trazo la que obliga a preguntarse qué clase de hombre espiritual fue Fatone38.

La clasificación, en este caso, dependerá lógicamente de las variedades posibles de la vida espiritual. Las lenguas modernas europeas no abundan en distinciones semánticas de este tipo y el castellano, a pesar de ser una lengua teológica, según la acertada óptica del R. P. Ibáñez Langlois, no parece contar con un vocabulario libre de anfibologías. En todo caso, la división tradicional china entre hombre superior y hombre inferior; es decir, la conocida jerarquía confuciano-taoísta, puede ser útil para el propósito. Hasta el momento, no hay indicios para pensar que Fatone haya sido un místico o un hombre en relación con grupos iniciáticos de ningún tipo39. Empero, lo que se infiere de su actuación parecería incluirlo en el tercer grado de la precitada jerarquía; esto es, en el lugar del hombre con palabra de autoridad, en el puesto del letrado cumplido (posición inmediatamente inferior a la del Sabio u hombre perfecto la que, a su vez, es la inmediatamente inferior a la del Santo)40. Ya la sola posibilidad de que la figura trasuntada por la obra de Fatone permita pensar en una clasificación tal es indicio firme de que su labor está francamente alejada de las tendencias más reconocibles del pensamiento expresado sea en su forma latinoamericana, sea en la forma del oeste europeo. Es decisivamente un hecho el que lleva a pensar en Fatone como un hombre superior (en el sentido chino clásico): conocía una doctrina conducente a la Trascendencia, sabía que debe intentarse el escape a las insidias del yo empírico cuando se está comprometido con la realización del saber, y no su mera recitación o su utilización como valor de cambio. Este solo hecho, ejercitado tal como Fatone lo hizo, es lo que distingue su actividad de toda las actividades habituales entre los miembros de la intelligentsia de cualquier comunidad contemporánea que se precie de tenerlos, y es esto también lo que hace de él un letrado; es decir, un hombre que ve el ejercicio de las artes liberales como una serie de epifenómenos escalonados en el sendero hacia la conciencia, entendida ésta en el sentido metafísico natural en los textos antiguos y medievales. Por esta razón, esas mismas artes no resultan una adquisición mental, sino un camino de autopurificación, de autoaquietamiento a fin de que el Yo eterno, el Sí mismo, la imagen de cada criatura que Dios contiene en sí, aflore de acuerdo con su divino designio. Sería necesario describir en profundidad el modo en que Fatone pudo haber ejercido la intelectualidad y describir cómo ese camino pudo haber resultado una vía a la eternidad. No puede hacerse por ahora; hay todavía mucho que trabajar41. Pero valga este cierre como indicio de lo que aquí se pospone por mor de la brevedad. Conviene retomar algunas consideraciones hechas al principio.

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