La cultura americana, la de las Américas ligadas a Europa, es universalista pero no resulta universal. Por las razones que se quiera, ella aún no ha dejado de ser un aspecto, un aspecto naturalmente diferente, de las propuestas lanzadas por la óptica construida en ciertos países europeos de la modernidad. Todas las respuestas americanas, aun las más americanistas, están moldeadas en el círculo mental que los países del oeste europeo vienen construyendo implacablemente desde el siglo XVIII (aun el posmodernismo). He ahí el porqué son incomprensibles los Old Amish o las culturas aborígenes en Norteamérica; he ahí el porqué son incomprensibles las culturas precolombinas en la América hispana.
Siendo esto cierto, no deja de tener su excepción. Una excepción que paradójicamente ha crecido en las antípodas geográficas. Como ya se ha señalado, ha habido una respuesta universal dada en Norteamérica: Thomas Merton fue su portavoz. Los hombres educados de otras culturas (no necesariamente los que fueron a la escuela) han podido compartir sin polémica su visión monacal de las cosas. Su encuentro con el Lejano Oriente ha dado buena prueba de ello42. Fue el actual Dalai Lama quien reconoció en Merton a uno de los suyos, y fue el mismo Merton quien expresó el entusiasmo despertado en él por la posibilidad de compartir la vida de ejercicios a la que los monjes budistas del Tibet lo invitaban.
Ha habido también una respuesta universal dada en la Argentina: Vicente Fatone fue su portavoz. Como no se hizo vocero de confesión alguna, su obra y su personalidad siguen siendo desconocidas; tal como van los tiempos, es señal de que iba por la senda correcta. De todos modos, dado el aspecto crudamente asocial de su dialogante independencia de letrado, Fatone es un figura que no puede ser olvidada si es que queda algo de divino entre los hombres. Basta mirar con honradez el modo cómo se trata de Dios en América toda para comprender la sobria verdad del modo íntegro de Fatone. Felizmente, se tendrá el hoy casi imposible privilegio de escuchar algo sobre Dios fuera de los cánones de la santurronería y las formas anquilosadas de adoración. Aplicándole la recordada admonición evangélica, los frutos de su labor son de por sí elocuentes con respecto a las metas de Fatone.
En primer lugar, no encerró a Dios en un sermón moralizante, ni abusó de la realidad del dolor para justificar el oportunismo en el pensar y, aún más, evitó el proselitismo que generan las fantasías de culpa sin haberse disimulado la realidad del pecado. Siendo hombre de este tiempo, no vio en el ateísmo ni una conquista ni una blasfemia; por el contrario, comprendió con hondura que, para el alma naturaliter christiana, Dios es una batalla a librar y no se disimuló que dicha alma no siempre juega limpio cuando pelea. Siendo hombre de espiritualidad, reconoció el anquilosamiento de las formas corrientes de adoración; empero, apreció con limpieza e inteligencia el valor de las formas devocionales. No hizo de nadie el maestro ni de ningún libro la doctrina: en caso de que haya tenido alguno de los dos, ése fue el mayor secreto entre él y su corazón. Nada de retórica hay en estas afirmaciones. En 1955, luego de la autodenominada "Revolución Libertadora" en la Argentina, el general Eugenio Aramburu y el almirante Isaac Rojas, ambos responsables del derrocamiento de aquel coronel que había inventado el peronismo, le propusieron a Fatone la cartera nacional de educación y, para convencerlo, lo mantuvieron en retiro durante unos cuantos días. No hubo manera de persuadir a Fatone para que aceptara: él no iba a asistir a misa los domingos para tener contenta al ala conservadora de la política de su país.
Para los tiempos que corren, el acierto de Fatone fue el ser un hombre discretamente alejado de cualquier patronazgo de Dios sin confundirse en lo tocante a la realidad del misterio que se encarna a diario en las actividades más cotidianas. Consecuentemente, su conversación nunca hacía referencia al tema religioso; en vez, sus palabras permitían que lo numinoso se hiciera perceptible por sí mismo, tanto en privado como desde la cátedra. Todo aquel que visitó su casa da testimonio, deliberadamente o no, de haber encontrado en su morador una profundidad humana incomparable; todo aquel que asistió a alguna de sus clases o conferencias (sin que importe el tema de que tratara) sintió un poder persuasivo inesperado. Un reconocido pensador de la izquierda argentina ha comparado dicha experiencia, con las clases de un arte contemplativo aprendido años después con un maestro chino. Otra vez, cuando fue rector normalizador de la Universidad Nacional del Sur, se invitó a Fatone a dar una conferencia a la Base Naval que era orgullo de la zona. Según testigos presenciales, Fatone habló durante casi dos horas sobre el anarquismo; los mismos testigos presenciales aun hoy insisten en que los concurrentes salieron del salón de conferencias casi convencidos de que el anarquismo era la mejor forma de gobierno. Tal vez se piense, y con cierta razón, que Fatone tenía un poder persuasivo un poco especial sobre los auditorios argentinos; los testimonios, en cambio, parecen indicar que ni el lugar ni la lengua influían sobre los resultados. Prueba de ello, es la historia que el mismo refirió, desde la India, por carta, a uno de sus sobrinos acerca del efecto producido por una inesperada conferencia:
"Sin vanidad, pues ya estoy, como decía Nietzsche, demasiado viejo para mis victorias: un profesor de Benarés me dijo --con sinceridad, por lo que después me siguió diciendo: ‘Es la mejor conferencia que hemos escuchado en Benarés por muchos años, y tenga la seguridad de que también por muchos años nos vamos a acordar de ella’".43
Antes de concluir, es preciso aclarar que la imagen de Fatone que se ha presentado hasta aquí es, lamentablemente, incompleta, y hay dos razones para ello. En primer lugar, porque dicha imagen es solo el resultado de una reconstrucción, no del trato directo con Fatone: por simples razones cronológicas, el autor de estas páginas no pudo conocer personalmente al protagonista de esta presentación en sociedad. En segundo término, porque éste no es más que el primer resultado de la precitada reconstrucción. En efecto, se han dejado fuera de ella vectores de la personalidad fatoniana que requerirían muchas páginas de explicaciones y comentarios. Solo piénsese que Fatone fue a estudiar a la India y al Tibet cinco años después de que Mircea Eliade hubiera vivido una experiencia similar en esos lugares. Solo pondérese el hecho de que la obra de Fatone intenta comunicar en el lenguaje menos llamativo posible los hallazgos de una búsqueda cuyo hilo conductor era el íntimo entramado de la mística y la lógica: máscara sólida y prieta que ocultaba lo vívido y dúctil de una experiencia. Piénsese, por último, en el ademán señoril de un hombre que pasaba por un buen burgués, por un señor de chaqueta y corbata rigurosos, en el variopinto mundo de personajes que se agolpa alrededor de la lectura de libros. De entre las figuras prominentes de esa época, pocos advirtieron la enorme flexibilidad de la mentada experiencia de un hombre que calaba hondo.
Por eso, debe quedar claro que, cualquiera sea el sabor que estas páginas dejen en el paladar del posible lector, la personalidad descripta en ellas no es más que una de las tantas máscaras que el mismo Fatone se entretenía en usar en su travesía por el escenario de la existencia. En realidad, Fatone vivía hondamente lo que muchos no alcanzan: Dios en Dios se derrama cuando el hombre se mueve por el mundo. Por eso pasó su vida poniendo en práctica lo que dice un verso inglés: "There is one thing needful -everything-/ The rest is vanity of vanities". Vicente Fatone fue un hombre que vivió en un país sudamericano, accesible como todos, quizás más accesible que otros muchos. Quién sabe por qué los que lo vieron en tres continentes prefirieron ignorarlo. Sea de ello lo que fuere, éstas son algunas razones que justificarían el conocimiento de su vida y obra. Tal vez el silencio que rodea a ambas no sea inmotivado, y hasta podría postularse que la causa de este estado de cosas puede provenir de dos fuentes diversas. La primera radica en el orden de los talentos ya que a Fatone puede aplicársele sin rodeos aquello que se dijo de Rabelais: jugaba con los hombres y con los númenes de modo tal que ni los hombres ni los dioses se ofendían por ello. La segunda surge del orbe de las decisiones personales. Si Fatone resulta poco notorio para el trabajo intelectual reconocido, es porque quizá, como lo aclaran ciertos libros de sabiduría, había encontrado la fórmula para hacerse invisible.