Hablando en términos enciclopédicos, Fatone debe ser ubicado entre las personalidades que, luego de la Primera Guerra Mundial, según señaló Leo Spitzer, rehabilitaron la consideración por lo sagrado contra los habituales reduccionismos sobre lo religioso de la ideología iluminista. Cabe destacar que, aunque rodeado de un ambiente entre pacato y esnobista, con sólo veintiseis años, desde una cátedra universitaria, Fatone tuvo el responsable coraje de afirmar la identificación de sujeto y objeto como única respuesta coherente al problema del conocimiento, tal como lo sostiene la teoría de la mística17. Y hay que subrayar, asimismo, que dicha afirmación, canalizada en obras como Misticismo épico (1928), Sacrificio y gracia y "Arquitectura y danza"(ambos de 1931), conmovió las seguridades renovadoras de hombres como Anton Giulio Bragaglia, Adriano Tilgher o Pietro Mignosi en Italia; sorprendió a algunos orientalistas de la escuela francesa (La Vallée Poussin le ofreció a Fatone incluir su Sacrificio y gracia en la Bibliographie Bouddhique de 1932), pasó inadvertida en América y le costó su primera cátedra en la Argentina.
Asimismo, cabría destacar otro rasgo significativo del trabajo de Fatone. El simple hecho de que, en sus escritos sobre estética, haya sostenido la caracterización tradicional del concepto de infinito, coloca a su labor en un lugar inusitado dentro del campo de la reflexión en Occidente. A modo de ejemplo, en un artículo de 1928, en La danza, expresión mística, Fatone insistía en la especial conjunción de infinito y silencio representada por toda catedral:
"En alguna parte he dicho que una catedral debe ser considerada como conjunción de infinito y de silencio. Infinito, que no es espacio ilimitado ni todo el espacio (recordemos la imagen einsteniana de la superficie esférica, limitada pero finita) sino superación del mismo espacio, a-espacio, así como la eternidad correlativa al infinito no es un tiempo ilimitado, todo el tiempo, sino a-tiempo. Infinito y eternidad: a-espacio y a-tiempo esenciales a lo divino".18
No está demás señalar que el ritmo interno y subyacente de este prosa concuerda con la de la obra de estudiosos como Marius Schneider o Ananda Coomaraswamy. De más está decirlo, dicha concordancia tampoco es casual; en 1929, a instancias de Alejandro Korn, un callado estudioso de la religiosidad en la Argentina postpositivista, Fatone se sumergió en la obra del maestro Eckart y, como resultado de ello, publicaría su ensayo sobre el místico alemán en 193319.
Entre los jóvenes vanguardistas argentinos de fines de la década del '20, Fatone, que pertenece a la generación del '25 y que formó parte del grupo que editaba la revista Inicial, no tenía cabida aunque ocupara un lugar20. Frente a los manifiestos y proclamas contra todo, Fatone propugnaba por una vuelta a la disciplina y la contracción. En "El misticismo italiano contemporáneo" (luego transformado en el prólogo de Misticismo épico), Fatone, con un estilo juvenilmente afectado, desaprobaba las extravagancias alentadas por sus contemporáneos; se inclinaba gustoso al esfuerzo del método escolástico para cimentar la cultura personal; y rechazaba, por ingenua, la entrega a los distintos ismos. Era la propuesta que un meditar sin dobleces le había impuesto. En otro orden de cosas, fue en ese mismo artículo donde lanzó el aventurado propósito de revisar todos los siglos del pasado para que el siglo XX pudiera llevar el nombre de Il rischiaramento. Por supuesto, el propósito no podía ser seguido por otros: siendo un producto de la renuncia a sí mismo, la claridad no puede armonizarse con la autogratificación de pertenecer a la intelligentsia. De todas maneras, hoy que la modernidad es vista como cosa del pasado, pueden notarse mejor las implicaturas filosóficas que llevaron al joven Fatone a tamaña propuesta; empero, carecería de sentido afirmar una supuesta condición de precursor en este caso: solo basta leer esos ensayos juveniles sin anteojeras para comprender que todo el derrotero posterior de Fatone sigue fielmente esta línea inicial. Quien, al leer Misticismo épico, lee todas las variables del texto comprenderá que lo que hizo que Fatone uniera temas tan dispares como la obra y personalidad de Papini con la religiosidad franciscana y la moral japonesa fue la seguridad de que el conocimiento no puede ser otra cosa que reconocimiento, según dijo Platón.
Como todo estudioso, Fatone fue principalmente un lector sutil. Como pocos escritores contemporáneos, supo deshacer las hebras de la textualidad y rehilar los trazos en una insospechada versión de impecable rigor de pensamiento. Muchos textos dicen mucho más luego de que se conoce la lectura fatoniana de ellos. Cuando leyó a Papini, éste mismo reconoció el sincero acierto con que el veinteañero argentino había leído su obra21. Lo mismo sucedió con Gabriel Marcel y éste también se lo reconoció por escrito22. Habló del nazismo de Heidegger como de un aspecto orgánico del pensamiento del alemán. Comprendió que Isadora Duncan tenía el don de la danza, con todo lo que ello significaba en el orden de lo religioso, pero que era una cándida teórica. Advirtió que el mundo de la ceguera era un mundo apto para el acceso a Dios y que ciertas obritas de Hellen Keller eran más provechosas para la espiritualidad que el fárrago de la tecniquería académica. Como inteligentemente se lo reconoció Regis Jolivet, encuadró a Sartre en un marco que nadie había imaginado para leer la obra del existencialista ateo; he aquí sus palabras:
"(…) Après avoir lu beaucoup de livres sur l’existentialisme sartrien (et en avoir écrit moi-même!), il me semble que c’est dans le vôtre que je trouve l’appréciation la plus équilibrée et la critique la plus compréhensive. Certains chapitres m’ont particulierement enchanté, comme ceux que vous consacrez à "la conscience entre les murs" et "le néant des existentialistes et le néant des mystiques". Il est difficile de dire mieux sur ces questions difficiles et de mieux marquer les différences que certain expressions communes risqueraient de faire confondre (…)"23
Trabajó en lógica simbólica reconociendo sobradamente los prejuicios positivistas que la sustentan, ahondó la lógica griega con la claridad semántica brindada por la reacción antiaristotélica y expuso la lógica india con rigor y sin prejuicios, pues, al fin de cuentas, por más indio que fuera el origen, no dejaba de ser lógica24. En este asunto, ¿por qué no ceder la palabra al especialista? Gregorio Klimovsky, una de las figuras más reconocidas de la epistemología argentina, cierta vez señaló algunos rasgos sorpresivos en los intereses de Fatone:
"Una personalidad tan rica y sólida como la de Fatone tenía, por añadidura, imprevistas facetas; como, por ejemplo, su pasión por las matemáticas, a las que conocía hasta sus manifestaciones más modernas y a las que, en sus llamados ratos de ocio, se dedicaba con fervor de niño. Pasión que se explicaba por su mental necesidad de rigor. Pero esto deparaba una nueva sorpresa: el filósofo de las religiones, el gran estudioso de las religiones de Oriente, el hombre preocupado por el pensamiento de taoístas y budistas e inmerso en los fundamentales interrogantes de la mística era al mismo tiempo un profundo conocedor de la matemática y la lógica".25
Lo cierto es que para Fatone, como bien puede comprobarse en varias de sus obras, había una consonancia fundamental entre la intuición que aclara los números (no las cifras) al matemático y las palabras al poeta; entre la visión que le descubre las inferencias al lógico y la contemplación al asceta. He aquí las propias palabras de Fatone:
"El reino de la experiencia íntima, de la intuición incomunicable, no se contrapone pues al reino general del pensamiento, del discurso comunicable. El éxtasis y el silogismo podían, debían, coincidir en su resultado, si la realidad es, como las escuelas indias sostienen empeñosamente, una y no múltiple".26
Tal vez ésta sea una de las razones que lo llevaron a trabajar sobre el lenguaje con una economía impensable para la vanidad de un escritor. Filosofía y poesía (1954), un libro que apenas ha conocido una infortunada segunda edición cuarenta años después de su publicación (cfr. nota 15), es uno de los ejemplos de prosa probablemente nunca escrita en toda la literatura en castellano27. Leyó a Dante como nunca pudo leerlo el dantismo oficial. Asimiló lo dicho por Guénon, valoró el impacto de la enseñanza tradicional (lo que aún le granjea la enemiga de los orientalistas), pero no se aferró a la estela dejada por el sabio franco-árabe, pues, al igual que éste, Fatone sabía que lo único digno de ser seguido es la verdad28. Sugirió que la sabiduría de Teresita de Lisieux no era ajena a la de Lao-Tsé. Leyó a Kafka con los patrones dados por Teresa de Jesús, y tuvo la honradez de notar la influencia oriental en varias manifestaciones de Occidente (aquí entraban entre otros Bertrand Russell, Simone Weil y León Tolstoi). En la Facultad de Filosofía, explicó las diferentes cosmovisiones de Sófocles y Eurípides a través de los distintos estilos rítmicos que el griego adopta en ambos autores. En el Conservatorio Nacional, en la escuela de actores y músicos, en vez, explicó la esencia del teatro y de la danza ayudado por la lectura de filósofos y teólogos. En Nueva Delhi, sentó las bases para un fluido contacto entre escritores latinoamericanos y asiáticos; en Buenos Aires, trabajó por los derechos del lector. En sus últimos años escribía una Teoría de la mística que, lamentablemente, nunca tomó forma definitiva. Empero, los borradores dejan constancia de una prosa angélica, para usar una calificación de otros tiempos.
