Vicente Fatone: un letrado cumplido en América - Trayectoria de un desconocido

2 - Trayectoria de un desconocido

Monografía creado por Ricardo R. Laudato. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero9/letrado.html
23 de Agosto de 2006
Fatone (1903-1962) fue tal vez el primer latinoamericano, nacido en Argentina, dedicado honradamente al encuentro de Oriente y Occidente: de allí la preferencia en su obra de los tópicos universales de lo religioso y la mística. Profesor de filosofía en 1926 por la Universidad de Buenos Aires, su interés por el hinduismo y el budismo lo llevó, en 1936, a ganar una beca de la Comisión Nacional de Cultura para realizar un viaje de estudios por la India y el Tibet durante un año. En Buenos Aires había sido discípulo de Alejandro Korn. En Calcuta estudió con Surendranath Dasgupta y, presumiblemente también, con Visvabandhu Bhattacharya y Satischandra C. Chatterjee. Claro que para esa fecha hacía ya diecisiete años que Fatone se interesaba por temas orientales y conocía, llevado por su honradez, una cuota de japonés coloquial y de sánscrito.

Si algo hay que destacar de su labor, ese algo es el quieto impulso de su inteligencia. Puede sorprender que el conocido principio taoísta del wu-wei, no hay nada que el no hacer no haga, fuera el oriente de su conducta, y puede asombrar también que, sabiendo conformar su actividad de acuerdo con esa intuición metafísica, nunca haya desdeñado la fuerza sentiente de un misticismo como el católico: un bustito de san Buenaventura presidía, solitario en toda su biblioteca, la labor diaria de estudioso. Quizá por esa amplitud, que no era más que ingenuidad, integridad, Fatone haya podido escribir tratados sobre filosofía oriental o el universo de la mística junto a catorce cuentos para niños. Tal vez por eso también pudo escribir tanto una lógica que aún hoy es texto de escuelas secundarias en México como el primer aviso radiofónico de laxantes en la Argentina. Tradujo, asimismo, cuatro volúmenes de la versión española del Estudio de la historia de Arnold Toynbee y El diablo de Giovanni Papini. Escribió sobre el existencialismo, la relación entre filosofía y poesía, sobre la esencia del teatro y la definición de la danza (tópico casi inexistente en filosofía, a no ser por ciertas páginas de Platón y Nietszche, de Coomaraswamy o Zolla, y, alargando los términos, por el Eupalinos de Valéry). Dio más de ochenta conferencias sobre los más variados temas (incluidas las pronunciadas en la India) y colaboró en periódicos y revistas de gran tirada en Buenos Aires con más de cuatrocientos artículos y cincuenta textos de ficción. Dirigió la versión castellana del Diccionario Enciclopédico Quillet y el semanario Qué. Contra el consejo de los sabihondos, publicó un libro de entretenimientos para niños. Según él mismo afirmó, Cómo divertir a chicos y grandes era, de entre sus escritos, al que más cariño le tenía. He aquí los términos exactos de su elección (cuando se le preguntó si sentía especial cariño a alguno de sus libros):

"Sí, a uno que no es filosófico por cierto. Un libro de entretenimientos: Cómo divertir a chicos y grandes. A muchos pudo extrañar que yo escribiese un libro de entretenimientos; pero cuento con el antecedente del filósofo Heráclito que alguna vez se entretuvo jugando a la payana con los niños. Y cuando algunos hombres importantes se detuvieron, escandalizados, al mirarlo jugar, Heráclito les contestó: "¿Qué miran...? (y agregó una palabra fuerte). No les parece preferible esto a que me ponga a administrar la república con ustedes?"6

De padres campanos llegados a Buenos Aires a fines del siglo pasado, siendo el séptimo hijo de hombres sin escolaridad, Fatone irradiaba la exquisitez de las maneras, la severidad virtuosa y la hondura sabia que le había transmitido un ambiente crudo en sus pasiones y abotargado de nostalgias. Hoy, luego de que la institución escolar ha arrasado con todas las enseñanzas tradicionales en favor de una forma mentis iluminista, resulta casi imposible valorar la importancia de una pequeña sabiduría en el alma de un joven que apenas iba dejando el ambiente del ochocientos. Lamentablemente, la investigación sobre la infancia y la juventud de Fatone fue iniciada muy tarde, cuando ni él ni otras personas podían ya dar testimonio sobre el particular. Con todo, puede intentarse la reconstrucción de ciertos trazos tenidos en poca consideración por el frisson posmoderno.

En primer lugar, la visión del trabajo intelectual como saber operativo pudo llegarle a Fatone mediante lecturas diversas de gran actualidad por entonces (Croce, Russell, Manacorda, Blondel etc.), y sin duda la misma le fue reafirmada al profundizar los estudios orientales, muy especialmente los dedicados a Nagârjuna. A pesar de la razonabilidad de este argumento, es perfectamente posible postular que ninguna de esas lecturas hubiera podido calar tan hondo en Fatone de no haber sido por el hecho de que, en su primera juventud, había sido sumergido en el mundo de la literatura rusa (especialmente en los clásicos del anarquismo y el socialismo) y de la filosofía alemana postidealista por los trabajadores del Mercado del Abasto de Buenos Aires, donde sus padres tenían un puesto de verduras. Quizá convenga aclarar lo que se entiende por "saber operativo". Las palabras de Ciocchini son concisas: "Fatone creía que de nada sirve un conocimiento si éste no transforma la totalidad de nuestra persona; que, en realidad, no hay conocimiento si no hay proceso de transformación"7. Una carta de Fatone a Juan Adolfo Vázquez8, a su vez, provee la correspondiente ilustración; en ella definía su línea de trabajo como "nihilismo metódico"; es decir, como "despojamiento metódico", similar al camino del análisis de las proposiciones con vistas a la liberación total de los condicionamentos, característico de la escuela Mâdhyamaka. En un período que, desde el respecto creativo, incluyó modelos teoréticos que fueron desde el idealismo y el pragmatismo a la filosofía analítica, al existencialismo y al último disecamiento de sólidos modelos teológicos, la elección de Fatone supera por demás cualquier tipo de expectativas.

Lo afirmado en el parágrafo precedente solo intenta aclarar un aspecto de la personalidad aquí estudiada: su introducción al ejercicio de las artes liberales no dependió de fantasías de grandeza o de la inevitable desocupación de una familia acomodada. Muy por el contrario, una extraña combinación de la idea del ocio, tal como la concibió la antigüedad grecorromana, con la experiencia del trabajo embrutecedor y alienante, en la que le tocó crecer, fueron dos vectores sentientes en los que se fundó una decisión tomada en la temprana juventud de Fatone. Tanto es así que, en el mensaje de apertura de los primeros cursos de la Universidad Nacional del Sur, en la ciudad de Bahía Blanca, en 1956, desde su condición de Interventor, Fatone enumeraba en voz alta las responsabilidades de los estudiantes; entre ellas, ésta:

"Los estudiantes tienen el deber de ser absolutamente lúcidos en otro aspecto, más grave, del problema de la Universidad: el de las responsabilidades que asumen ante el país por el solo hecho de estudiar. Este año el país entregará más de veinte millones de pesos para que un millar de jóvenes puedan cursar, en Bahía Blanca, estudios universitarios. Ese dinero tiene un solo origen: el trabajo de otros ciudadanos. Esto significa que el episodio aparentemente sin trascendencia de un trabajo práctico o de un examen no aprobado, esteriliza el esfuerzo que durante meses cumple de sol a sol un campesino. De esto es preciso que los jóvenes estudiantes tengan conciencia clara: la Universidad no es posible sino por el sacrificio de quienes trabajan. No basta, pues, inscribirse en la universidad para ser estudiante universitario: la Universidad hay que merecerla todos los días.
Por eso disiento con quienes afirman que Bahía Blanca ya tenía su Universidad y que solo se necesitaba un decreto que la reconociese legalmente".9

En segundo término, el interés por la estética y todas las manifestaciones artísticas también le fue inculcado a Fatone por los habitantes de aquel barrio bajo de Buenos Aires. Aún muchos años después, Fatone, en conversación con una estudiante del Conservatorio Nacional de Arte Escénico y Declamación, adonde había sido convocado por el catalán Antonio Cunill Cabanellas para dictar varias cátedras, no podía ignorar la impronta de aquel viejo telonero italiano que le había enseñado tantas cosas sobre el gran teatro del mundo. Asimismo, cabe señalar el influjo de varios maestros de escuela primaria, entre ellos, José Astolfi, un conocido representante de la escuela normal argentina, quien hace casi veinte años, declaraba esto sobre el alumno Fatone: "Pido perdón por la vanidosa debilidad de recordar que fue mi alumno de sexto grado, y colocarme entre los primeros en adivinar, a través de la claridad celeste de sus ojos de doce años, la hondura infinita de una ulterior proyección mental"10. Lo cierto es que la primera aparición pública de Fatone, una lectura de sus poemas en el Ateneo Hispanoamericano de Buenos Aires, en 1919, señalaba las esperanzas que los otros depositaban en un joven poeta. Es evidente que el derrotero del hombre Fatone desistió del verso como canal de expresión a pesar de que había comprendido, como Hesíodo, como Dante o como Eliot, que el poema solo tiene valor cuando está cimentado en la acción, vale decir, cuando es un mándala. Es éste otro interrogante que debe ser respondido desde el presente sobre la formación de Fatone. A modo de ejemplificación, valga intentar solo un trazo posible de la respuesta total. Si se postula que el joven Fatone fue descubriendo gradualmente la necesidad de encontrar un camino para lograr el propósito de la poesía en acción, se comprenderá mejor la pertinencia de su elección posterior, aquella del nihilismo metódico, la que, a su vez, está estrechamente ligada al último término de este breve esquema.

En efecto, por último, queda destacar el interés conjunto por las matemáticas y la metafísica que Fatone ejercitó durante toda su vida. Una vez terminados sus estudios secundarios, el joven Fatone decide inscribirse en la Facultad de Ciencias Exactas para estudiar ingeniería, llevado exclusivamente por su interés en las matemáticas. Al comprobar la dirección absolutamente práctica de la carrera, decide inscribirse en la Facultad de Filosofía. Una vez iniciada la segunda, elegirá seguir la escondida senda de Alejandro Korn quien, en la cátedra, jamás hizo público su interés por la filosofía indostánica, el maestro Eckart o la vida trapense (lo cual es perfectamente notorio para quien esté familiarizado con la imagen oficial de Korn creada en la Argentina)11. Estas dos elecciones no solo demuestran cabalmente la independencia extrema del joven Fatone en cuanto al trabajo intelectual sino que también permiten entender la identificación entre lógica y mística que ocupará buena parte de su obra posterior y de la que no puede tratarse aquí con la profundidad que merece. Este breve cuadro de las elecciones juveniles de Fatone muestra suficientemente por qué su obra y su nombre no pueden ser abarcados por ningún "ismo" ni por ninguna ideología (ni siquiera por esa emotiva distinción entre apocalípticos e integrados). Lo cierto es que, además de ser instruido, Fatone fue un hombre educado como lo fueron aquellos hombres del Mercado de Abasto que lo llevaron a la filosofía y al teatro. Cierta rigidez, cierta compostura en las maneras, que se le achacan aún hoy como defectos, eran el indicio irrefutable de su reconocimiento del dónde, del cuándo, del cómo y del porqué de cada cosa que se hace; eran indicio de la justesse d'expression de la que habló en cierta oportunidad Elémire Zolla. Fatone supo, sin duda, cuál era el valor de los libros, qué significaba la contemplación; por eso rechazó ser llamado intelectual. Quizá, también por eso, no rechazó ser verdulero, vendedor de cigarrillos o de corbatas; ni rechazó ser inspector de autobuses, locutor de radio, cómico de la legua o actor de radioteatro. Con una biblioteca de cerca de 10.000 volúmenes, financiada con todo tipo de ocupaciones, nunca se mostró como un mero hombre de libros.

En rigor de verdad, Fatone no se inquietó por ser escritor, ni académico; tampoco se ocupó en ser orientalista, filósofo o escritor. Como estudioso, pudo haber tenido muchos títulos o bien pudo haber sido muchas figuras. Prefirió el silencio y entretener a los pequeños que le era dado conocer (quizá en secreta concordancia con aquel Chesterton leído en su juventud). Como pensador latinoamericano, pudo haber ideado una ideología para defender a los desamparados o bien una hermenéutica sobre la desmitologización de varios tipos de supersticiones (fue el primero en la Argentina, alrededor de 1960, en dictar un curso universitario sobre las teologías protestantes de la posguerra europea). Prefirió fortificar las emociones en vez de evacuarlas con pedantería. Como hombre interesado en el pensamiento oriental, pudo haber escrito volúmenes sobre el zen, el taoísmo o el budismo12 (sin la ayuda del aparato universitario con el que cuentan europeos y norteamericanos). Como los maestros zen de los apólogos, como los monjes taoístas que pueblan las textos de concisas leyendas, no se sustrajo a ganarse el pan con el trabajo que fuera a fin de no develar lo íntimo y esencial de una vocación. Buen ejemplo de lo que aquí se afirma es éste cierre de una carta con la que Fatone respondía a una anterior de Martínez Estrada:

"Reciba un abrazo, y permítame conservar la esperanza de que siempre, en cualquier momento, podremos volver a hablar de quienes modelaron su vida en hueco y no en relieve, y de quienes meditaron sobre el centro inmóvil de la rueda".13

Nunca como en este caso se revela la consustanciación requerida por un ideal como el de la poesía en acción. De hecho, si la obra fatoniana es brillante, su brillo no es otra cosa que un armónico más del limpio esplendor de su conducta. No importa a qué puestos de prestigio accediera, Fatone nunca renegó de su cuna. Trató con hombres famosos como Gandhi, Marcel, Papini, Nehru, o la bailarina ítalo-rusa Ia Ruskaia. Trató con profesores renombrados como Tucci, Jolivet, De La Vallé Poussin, Abbagnano o Lamotte: nunca hizo mención de ello. Participó también en la vida pública argentina, pero no quiso sumergirse en ella. Más de una vez rechazó el ofrecimiento para ser ministro de educación de su país, así como varias más rechazó decanatos o rectorados universitarios. Empero, organizó y dejó en funcionamiento la Universidad Nacional del Sur (Bahía Blanca, Argentina), fue delegado argentino en el IX congreso de la Unesco en Nueva Delhi y, sorpresivamente, fue designado embajador de su país ante el gobierno indio de Jawaharlal Nehru. Un muy viejo testimonio de Víctor Massuh clarifica qué tipo de saber es el que Fatone podía compartir con hombres de otras latitudes: "Sabemos que no siempre la diplomacia puede contar entre las funciones por las cuales es dable admirar a un hombre. En muchos casos, la tarea de un embajador no consiste en otra cosa que en una ociosidad ritual más o menos bien rentada; Fatone convirtió ese rito perezoso en un empeñoso trabajo cotidiano. Cuando lo visité en la India en enero de 1959, pude comprobar en qué alta medida nuestro país aparecía dignificado ante ojos extraños: lo he visto llegar al estrado de las universidades hindúes, he visto cómo se consultaba a un argentino en cuestiones eruditas de la filosofía Vedânta, y el interés con que eran escuchadas sus consideraciones."14

Siendo un hombre de simpatía por el anarquismo, sufrió prisión por su contundente y no violenta posición antiperonista, y fue solapadamente discriminado en los medios académicos de la Argentina porque era un hombre superior. No hay figura del mundo cultural argentino, entre 1925 y 1960, que haya desconocido la calidad exquisita de Fatone: pocos hacen mención de él15 y hasta el presente no se le ha hecho justicia.

Murió en Buenos Aires a los 59 años. En esa ocasión, Indira Gandhi hizo llegar sus condolencias a la viuda de quien, para las enciclopedias, era solo un profesor sudamericano. En esa ocasión, asimismo, un cortejo de más de doscientos jóvenes dio el último adiós a un hombre que impresionaba como cincelado de eternidad16. Como era de esperarse en un mundo que solo posee la jactancia de la instrucción, a treinta años de su muerte, nadie sabe quién fue Fatone. Mucho menos en las Américas.

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