



Hace muchos años hubo una agria disputa entre el florentino Giovanni Papini y el chileno Vicente Huidobro sobre los méritos de América como generadora de cultura. La piedra fue lanzada por Papini y era mordiente como todo requerimiento venido del Mediterráneo y, especialmente, de Florencia: ¿Qué ha dado América desde la llegada de Colón? Naturalmente, la pregunta era solo una mirada de Europa sobre sí misma; Huidobro, sin comprenderlo, respondió airadamente, no advirtiendo que su desplante conllevaba la inferioridad que todo americano de raíces europeas experimenta frente a la cultura madre. Por eso no fue aclaratorio. En rigor, hubiera sido más sensato calar en la observación papiniana y reformularla correctamente hallando una respuesta que con seguridad habría confundido al florentino. Dicha reformulación podría expresarse de la siguiente manera: ¿Ha dado la América europeizada una respuesta universal al misterio de la existencia? ¿En qué medida sus hombres sobresalientes han hecho de su respuesta un modo universal, como sí lo hicieron los hombres destacados del Oriente Lejano y Medio, de África, de Europa o de la América aborigen? Responder a este interrogante supone una toma de posición ajena a cualquier oportunismo en el pensar.
La pregunta sobre el destino de las Américas no es un interrogante nuevo para los nativos de cualquier rincón de dicho continente. Las Américas sienten hoy algo de lo que Alejandría y Roma debieron sentir frente a la Atenas peninsular: el omnipresente peso del centro. Como se sabe, toca a la historiografía dar con el sentido diferente de las respuestas que examina. En el caso de las Américas, sus respuestas, a pesar de la variedad, no pueden ocultar un movimiento circular, ése que logra homogeneizar su recepción de las distintas propuestas lanzadas por la cultura madre a fin de confirmar lo natural de ciertas conductas y de ciertos presuntos hallazgos. Dicho in nuce: la mentalidad de los americanos padece un severo conflicto que se traduce en una amplia gama de gestos inadvertidos. Como bien se señaló alguna vez, nótese que en las Américas la rosa de los vientos está desencaminada: indicando al este, se dice occidente; indicando al oeste, se dice oriente. Así como por herencia se confunden a diario los puntos cardinales para hablar del mapa universal en la América construida por los europeos; así también, por el acatamiento de algunas ideologías de la modernidad, hay una fuerte confusión en la labor creativa americana. Frases como en nuestro medio o presión ideológica son los síntomas lingüísticos por donde asoma una fantasmagoría originada por sobre el Atlántico; hay, si se sabe ver, un temor visceral en América toda, cuyo nombre social es universalismo2.
Como Borges bien intuyó, en las Américas, Europa es uno de las unidades fundantes de la imaginería americana, es una entidad que solo los descendientes de europeos pueden percibir desde el nuevo continente. Ahora bien, lo sepan estos o no, Europa es en realidad el límite que la libertad creadora adquiere en las Américas, es en alguna medida el fabuloso Eldorado que las enciclopedias se han encargado de poblar con listas de seres fantásticos. Nada de sorpresivo hay en esta afirmación; después de todo, no hay comunidad en el globo que no viva de una cierta geografía del prestigio3. Sea de ello lo que fuere y no importando ahora los modos propios de dicha invención, cabe preguntarse si ésta no ha minado la capacidad de la América europeizada para dar una respuesta universal que sustente una cultura no meramente folklórica. No está de más recordar que solo una tradición sapiencial (y toda sabiduría es respuesta universal) es el basamento del complejo edificio de una civilización.
En términos de individuo, puede postularse que una sabiduría es rigurosamente siempre el resultado de una renuncia al yo mismo en favor de la Libertad, de la Conciencia. Una tradición sapiencial es ese conocimiento que, por ser producto de una búsqueda sin elementos ajenos a la razón, termina por valer para todos los hombres más allá de sus circunstancias. Como es una renuncia en favor del yo eterno que modela a cada hombre, dicha tradición tiene su manifestación natural en una cierta lucha con el lenguaje: lucha entre significación y silencio. Dicho en solo una frase, una sabiduría responde básicamente a lo que Thomas Merton apuntó para el conocimiento siguiendo una conocida advertencia evangélica: aprende a morir a fin de vivir. Por esto, como se ha repetido tantas veces en sede sabia, el conocimiento, para ser libre, debe ser ab-soluto; vale decir, no debe de-pender de nada. Es desde esta independencia sin deserciones que no sorprende que la verdad sea considerada como inmutable y eterna pues, como bien se sabe, la Conciencia y la Libertad tampoco dependen de nada. Desde la incondicionada magnitud de toda sabiduría, tampoco puede asombrar que el lenguaje sea visto como divino pues saber hablar siempre depende de un despojarse de ciertos niveles de alma.
En cambio, puede definirse al universalismo como esa exposición de un indefinido número de puntos de vista cuyo centro depende de la autoridad otorgada a una enciclopedia. Psicológicamente hablando, es siempre un refugio en argumentos no locales, en argumentos fuera del alcance de la mano, en argumentos que extrañan al contrincante a fin de que la discusión se vea suspendida en favor del más astutamente informado: es la gran lección que el Voltaire pedagogo inculcó a la modernidad del oeste europeo. Es un gesto fácil de reconocer: en las sociedades herederas de los conflictos surgidos en la baja Edad Media europea, enciclopedia y polémica están estrechamente ligadas. En estos grupos humanos, toda discusión parece condenada al desacuerdo; quizá porque las confesadas ideologías de cada uno de ellos no sean más que un conjunto de disputas irresueltas y cristalizadas desde hace varios siglos en el punto más alto de su tensión, como lo señalara alguna vez aquel monstruo franco-inglés al que se denominó Chester-Belloc. A pesar de la contundente masa de hallazgos de las distintas corrientes antropológicas, de la fenomenología de las religiones y de ciertas ramas de la filosofía de la ciencia y del arte, en esos grupos humanos, la opinión (por más elaborada que ésta sea) y el aspecto denotativo del lenguaje parecen ser los únicos modos de conocimiento valorables. No puede sorprender, pues, que en este medio se haya desarrollado el universalismo: yuxtaposición de noticias enunciadas en un registro informativo, fascinada por el formalismo semántico de la tercera persona del verbo copulativo por antonomasia. No puede sorprender tampoco que en este mismo medio se postergue con datos la pregunta por el misterio (lo que Fatone llamó la meontología4 de la filosofía oriental) y la realización interior del mismo.
Ha habido muchos hombres universalistas en América (los hombres magistrales de Henríquez Ureña) debido tal vez al prestigio que ella toda consintió a las revoluciones modernas acaecidas en Francia o Inglaterra (en la América Latina especialmente debido al terco afán por estar en contra de una postulada inmovilidad española). Pero, siendo esto cierto, cabría también preguntarse si alguno de ellos ha transformado esa tendencia nativa en escalón para el alcance de una posible sabiduría. Hay, al menos, dos casos destacables5. En la América del Norte, la meditación de Thomas Merton debe ser considerada como un arduo camino de vuelta hacia la expresión de la sabiduría inaugurada por la Patrística. En la América del Sur, Vicente Fatone representa el nítido sendero de un solitario que concibió el universalismo al que aquí se ha hecho mención como un trampolín hacia una tradición sapiencial. Su callada labor, sustentada en la investigación de las tradiciones oriental y occidental, debe encararse como un aporte americano hacia lo que es válido para todos los hombres desde una perspectiva eterna.
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