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Vinculaciones románticas de la lectura unamuniana del Quijote - La Novela Sometida a un Proceso de Sacralización

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CopyLeft Monografía de Llanos Navarro García - 28 de Agosto de 2006
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8. La Novela Sometida a un Proceso de Sacralización

La madre del Libro, la noche sagrada,
su Libro a cada pueblo dio;
serenas noches de la Mancha estrellada,
en el Camino de Santiago,
padrino Frestón el mago,
Don Quijote nació.

Nació en el divino sendero
el andante Caballero,
su cuna entre lirios estrellas
se meció,
y en sus ojos las huellas
de santa sinrazón;
la Madre del Libro
dio el suyo a cada nación.

La Madre del Libro es incunable,
cállate cuando ella te hable,
de la Madre del Libro viene la revelación.

La Madre del Libro dio a España el Quijote,
glorioso mote de Quijano el Bueno;
el Libro está lleno de locura
de pura pasión,
de pasión pura.

La Madre del Libro, la noche sagrada,
la Mancha estrellada,
la luna la cuna
de eterna ilusión.
(52)

La relación establecida entre don Miguel de Unamuno y la máxima novela de Cervantes se complicará a medida que transcurre la vida de aquél, tal y como constatamos al observar las múltiples aproximaciones a la obra dejadas por el rector a lo largo de toda su obra. Las alusiones al Quijote presentes, por ejemplo, en su En torno al casticismo, no dejan de enmarcarse, a pesar de la originalidad que caracterizará siempre al autor, dentro de la línea propia de la época de identificación del héroe cervantino con ciertas facetas del carácter hispano, perteneciendo esta lectura de la obra a las que procuraban hallar en ella ciertas claves definitorias de la casta española.

Cuando llegue la celebración del centenario de la publicación del Quijote, Unamuno ya se habrá desvinculado en gran medida de este tipo de actitudes ante la novela, hallándose precisamente en el momento de su vida en el que con mayor intensidad abordará su quijotismo, planteado ya plenamente maduro. El rector, partiendo de una actitud semejante a la de Ganivet, aunque quizá manifieste ya en sus ensayos de 1895 un mayor interés por el héroe manchego que el escritor granadino, irá descubriendo paulatinamente en la novela un universo de posibilidades expresivas que considerará extremadamente valiosas para la configuración poética de lo que se está consolidando como su pensamiento filosófico. Teniendo en cuenta que éste halla su mayor punto de apoyo en el particular existencialismo religioso unamuniano, no resulta difícil de comprender que la novela cervantina sea transformada por medio de la pluma de nuestro autor en la respuesta a las tres o cuatro cuestiones capitales que constituyen el núcleo de su filosofía, con lo cual, dada la naturaleza metafísica de tales planteamientos, el libro trasciende en mucho su condición de "mera" obra de arte literaria para convertirse en una especie de libro sagrado en el que Unamuno está convencido de haber encontrado la luz que ilumine su propio agonismo.

Así pues, a partir de los primeros años de siglo ya encontraremos ciertas alusiones a la condición sagrada del Quijote, tal como vemos en su artículo, fechado en 1903, denominado "La causa del quijotismo", en el que se sostiene que la novela cervantina es nuestra Biblia nacional (53). Será, sin embargo, a partir de la publicación de la Vida de don Quijote y Sancho, en la que podemos encontrar toda una elaboración de un proceso de identificación de don Quijote con el propio Cristo (54), cuando Unamuno se refiera siempre a la novela desde la convicción de hallarse ante un libro sagrado, al modo de la Biblia o el Corán (55). Así, cuando en 1916 escriba contra los cervantistas que, con el pretexto del año en el que viven, se dediquen a lo que él considera no es sino diseccionar el libro que le sirve de guía, dirá: Y es que hasta entonces y por entonces (1898), y aún hoy, esa nuestra Biblia nacional y no de masoretas, atareados en disecarla para convertirla en pieza de museo, mojada en alcohol. (...)Y la peregrina historia del Hidalgo, que supo decir a relleno sentido: "¡yo sé quién soy!" tiene que enseñarnos a cada uno de los españoles quién somos. El que no aprenda en ella, en el espejo del Caballero de la Locura, quién es él, el que la lee, ¿qué va a aprender? ¿A tomar párrafos a la manera cervantina? ¡Menguada labor! (56)

Desde luego no hay para Unamuno demasiado interés en los aspectos estrictamente formales de la novela cervantina. Lo que él busca en la historia del caballero manchego es, tal y como manifiesta en el párrafo arriba transcrito, nada menos que la clave de su propia identidad, o dicho de otro modo, un sentido para su propia existencia. Y esto es precisamente lo que se busca también en la lectura de los libros sagrados, aquellos que sustentan las grandes religiones del planeta. Unamuno se enfrentará a la novela como si de una revelación divina se tratara, revelación indicadora de un muy peculiar camino de salvación.

Carlos Latorre Marín, en su ensayo Dos Prólogos, Cervantes y Unamuno (57), subraya un detalle en el que pocos críticos han reparado y que, sin embargo, parece notablemente significativo. Se trata del extenso título que don Miguel elige para su comentario a la novela cervantina: Vida de don Quijote y Sancho según Miguel de Cervantes Saavedra explicada y comentada por Miguel de Unamuno. En las preposiciones subrayadas por nosotros encuentra Durán una de las claves de la actitud unamuniana ante el Quijote: Lógicamente y aunque pueda parecer una simple cuestión gramatical, parece que Unamuno debería haber escrito por Miguel de Cervantes, que es propiamente el autor del Quijote, el padre auténtico del célebre caballero de la triste figura; debería quizá figurar en segundo término la preposición según, que encierra un sentido más personal (58). Alude Durán a la connotación del término según, que implica cierta relatividad, utilizándose para la expresión de opiniones personales, mientras el término por es, en el seno de la oración, el que se usa para señalar el agente.

Ciertamente no parece que sea ésta una cuestión carente de trascendencia, pese a la sutileza que quizá sustente tal distinción. Es opinión de Unamuno, expresada en más de una ocasión, que Cervantes actúa ante El Quijote, como un mero cronista que cuenta, no como creador sino como investigador, la historia que ha tenido el privilegio de averiguar. Así, el poeta consigue restarle importancia a la figura del novelista alcalaíno, pasando a ocupar él mismo el lugar de auténtico recreador de la historia de este hidalgo manchego que él ha transmutado en una nueva especie de héroe de la fe. La preposición según es utilizada entonces como indicadora de cierta aseveración unamuniana, esto es, que Cervantes no comprendió toda la profundidad de la historia de don Quijote. De ahí que sus opiniones y comentarios puedan ser discutidos y enmendados por el comentador. Lo que Unamuno está haciendo es intentar distanciar al personaje de su creador, de independizarlo incluso de la concepción que aquél poseyó de él, para poder referirse a él con plena libertad, sin tener que someterse a los criterios de autoridad cervantinos. "Según Cervantes -parece decirnos el rector- don Quijote era un loco bondadoso, pero eso es tan sólo una opinión".

Unamuno necesita apropiarse de los personajes cervantinos como individuos portadores de una personalidad propia, ajena a la que les ha sido conferida por Cervantes. Éste se convierte ahora tan sólo en el amanuense que escribe al dictado de una inspiración que le permite relatar los acontecimientos que forjaron la historia del hidalgo y de su escudero, pero permaneciendo al margen del profundo sentido que ésta posee, cuyo secreto ha sido dado a desvelar al propio Unamuno. De ahí que éste reitere una vez más en el último capítulo de su comentario que la razón de que El Quijote esté muy por encima del resto de las obras del escritor alcalaíno se debe a que esa historia se la dictó a Cervantes otro que llevaba dentro de sí, y al que ni antes ni después de haberla escrito, trató una vez más: un espíritu que en las profundidades de su alma habitaba. Espíritu que no es otro que el del propio don Quijote, según nos aclara el autor: el mismo don Quijote, envolviéndose en Cide Hamete Benengeli, se la dictó a Cervantes (59). Don Quijote, que a estas alturas del comentario unamuniano ya ha asumido plenamente la condición de su propia sacralización, actúa como un espíritu inspirador que revela milagrosamente a Cervantes, a través de los manuscritos de Cide Hamete, su historia.

Esta afirmación unamuniana, que pudiera en principio parecer una simple extravagancia no muy impropia del autor, posee sin embargo una rigurosa razón de ser en el contexto del comentario de Unamuno al Quijote. Sabemos que la lectura unamuniana de la obra posee más características de una obra de creación que de un ensayo crítico. Unamuno está, efectivamente, creando su propio mundo ficcional a partir del que le ofrece Cervantes. Así, el héroe cervantino, divinizado, se encarga de buscar quien ponga por escrito, al dictado, su propia historia, al modo como los Evangelios fueron redactados para la oportuna enseñanza de los cristianos, e inspirados por la divinidad. En estas palabras del autor encontramos, pues, una nueva elevación de la naturaleza de la novela por encima de su condición de obra de arte literaria, vinculándola de nuevo al mundo de lo sobrenatural sagrado. Don Quijote necesita un Libro en el cual los quijotistas puedan aprender a vivir conforme a una especie de regla de fe marcada por el hidalgo.

Esta sacralización de la novela es precisamente una de las causas esenciales que llevan a don Miguel a desterrar de ella la risa. Se persigue ahora la seriedad propia de lo perfecto, de lo vinculado a la divinidad. Por eso Unamuno no tiene más remedio que descalificar a Cervantes como genuino padre de don Quijote, porque Cervantes nunca entendió a sus personajes desde esa seriedad. Su fina y tolerante ironía destruye el universo cerrado e inamovible que Unamuno ha creado para ellos. Así pues, Unamuno no sólo procede a la recreación de los personajes cervantinos, sino que ha de someter a un proceso de reelaboración al propio Cervantes, creando un personaje más, al cual vilipendiará por su frivolidad, por su falta de sensibilidad, manifiesta en el modo en el que trata a los santos héroes que caminan por las páginas de su obra.

Que Unamuno admiraba profundamente el genio cervantino queda constatado si se procede a la lectura aquella parte de la obra del autor bilbaíno en la que no se ocupa de la exposición de su filosofía quijotesca. En ella no es infrecuente encontrar alusiones al novelista impregnadas de respeto y reconocimiento (60). Y es que la actitud unamuniana hacia su homónimo, observable en todas las aproximaciones del autor a la novela, responde exclusivamente a la necesidad del autor de llevar a cabo una configuración filosófica de la misma para la cual resulta imprescindible la modelación de gran parte de los elementos que en principio constituían aquella obra que se la inspiró. Se ha transformado a don Quijote, a Sancho, al bachiller Sansón Carrasco, a Cide Hamete y, tal como si de un ente más de ficción se tratara, al propio Cervantes. Unamuno mismo reconocerá en alguna ocasión este hecho: En mi Vida de Don Quijote y Sancho, según Miguel de Cervantes Saavedra, explicada y comentada, exageré acaso por vía de paradoja y para mejor revelar el idealismo que la informa, mi culto a Don Quijote a expensas de Cervantes. Era mi objeto mostrar que lo real, lo duradero, es la obra de uno (61). Repárese, sobre todo, en la frase por nosotros subrayada; en ella Unamuno revela explícitamente que en su obra se produce la descripción de lo que será una actitud cúltica, esto es, de reverencia religiosa hacia don Quijote, a costa de cierto perjuicio sufrido por Cervantes, el genuino padre, pese a todo, del auténtico don Quijote.

Todo esto guarda relación con las últimas palabras que Unamuno pondrá en su Vida de don Quijote y Sancho: Y yo digo que para que Cervantes contara su vida y yo la explicara y comentara nacieron Don Quijote y Sancho, Cervantes nació para contarla y yo para explicarla y comentarla (62). El autor del Quijote ha quedado así relegado a un segundo plano, limitándose sus derechos sobre la novela a los que poseería el más corriente cronista sobre los acontecimientos históricos (63) que relata, de modo que queda libre el lugar que correspondería al intérprete de los mismos, lugar que don Miguel ha reservado para sí. A partir de ahí, lo que hará nuestro autor será desempeñar una función parecida a la que ejercieron en su momento los cronistas de las vidas de los Santos, los cuales, no limitándose a elaborar un aséptico relato de las mismas, intervienen con sus opiniones para explicar el sentido de sus acciones y decisiones con el objeto de propiciar una mayor eficacia en la comprensión y edificación espiritual de los lectores. El propio autor establece tal paralelismo en el Prólogo a la tercera edición de su comentario, comparándose a este respecto a los místicos, los cuales han comentado en pareja forma las Sagradas Escrituras cristianas (64).

Así pues, partiendo de una creación literaria del carácter abierto y pleno de humorismo como es El Quijote, Unamuno elabora una obra de pretensiones místicas en la que el personaje cervantino ha sido elevado a la categoría de semidiós, constituyéndose en individuo de modélico comportamiento cuyo sentido sólo puede ser plenamente admitido si se asume lo sublime de su naturaleza. La obra en la que se desvela tal condición no puede ser de otro carácter, sino que ha de poseer los rasgos propios de la literatura sagrada (65).

Autor y licencia de 'Vinculaciones románticas de la lectura unamuniana del Quijote - La Novela Sometida a un Proceso de Sacralización'
Llanos Navarro García Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero12/llanosna.html CopyLeft
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