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Vinculaciones románticas de la lectura unamuniana del Quijote - Subjetivismo Irracionalista

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CopyLeft Monografía de Llanos Navarro García - 28 de Agosto de 2006
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2. Subjetivismo Irracionalista

La ruptura con la concepción del mundo como realidad independiente del hombre, poseedora de su propia esencia, a cuya comprensión se tiende mediante el descubrimiento y aplicación de una serie de leyes objetivas se revela como uno de los puntos de partida esenciales para la conceptualización filosófico-creadora del Quijote, llevada a cabo por Unamuno. Don Miguel partirá de la convicción de que la realidad no puede ser aprehendida a través de su racionalización, sino que esto se logra tan sólo a través de la experiencia íntima y de su configuración imaginativa, tesis que quedará reflejada en su más célebre interpretación de la novela cervantina. Para nuestro autor nada posee existencia en sí mismo, sino que ésta dependerá exclusivamente de los otros, es decir, una realidad lo es siempre en cuanto hay alguien para quien ésta es, alguien que posee un concepto, una noción de la misma. En esta idea reside, como sabemos, gran parte del pensamiento filosófico unamuniano. Niebla es quizá la expresión más directa y conocida de este concepto mantenido por el novelista en muchos lugares de su obra, sin embargo, su quijotismo entraña también una compleja y profunda recreación literaturizada del mismo.

La esencia de la realidad, nos dice de diversos modos Unamuno, no le es intrínseca, sino que depende de una existencia ajena. Augusto Pérez no posee más identidad que la que quiera conferirle Unamuno y éste depende a su vez de la voluntad divina. La historia es el pensamiento de Dios, ha escrito repetidas veces Unamuno (6), esto es, Dios es el único que tiene existencia, el único que es, toda realidad distinta de Dios depende de su pensamiento para poder existir (7). Esta concepción relativista de la realidad humana recuerda, tal como señala Abellán, al Espíritu Absoluto de Hegel, manifestando cierto parentesco de Unamuno con el idealismo hegeliano, lo cual explica el profundo egocentrismo propio de nuestro autor: la realidad sólo puede ser percibida por el propio yo y dentro del mismo (8). Este punto es esencial para la pertinente comprensión de su quijotismo, pues sólo teniendo en cuenta la ilimitada autoridad del yo como configurador de la realidad se estará en situación de entender la adhesión unamuniana al quijotismo entendido como realización del universo creado por la imaginación de don Quijote.

Esta idea de la existencia es la responsable de la transformación a la que el autor someterá los conceptos de ficción y realidad, identificándolos en muchos casos e incluso reivindicando para el primero una mayor esencialidad que para el segundo, como veremos más abajo. Así mismo, en esta misma idea, en la concepción de la esencia de la realidad en virtud de su existencia en la conciencia del otro basará Unamuno tanto su anhelo de celebridad como su fe agónica, puntos ambos tan nucleares en su pensamiento como en su quijotismo(9). Don Miguel justifica siempre la búsqueda desesperada de la fama con el argumento de que mientras exista para el público, mientras logre sobrevivir en la mente de los demás, no habrá muerto del todo. Es la segunda vía de inmortalización en la que busca consuelo del terror a la muerte que le atormenta.(10)

El voluntarismo unamuniano que don Miguel encarnará en su don Quijote ha de ser enfocado a la luz de esta premisa. La realidad existe en cuanto posee vida en la conciencia de alguien, de ahí que la realidad de don Quijote, su peculiar modo de percibir el mundo sea tan válido como cualquier otro. Téngase en cuenta que para Unamuno las principales vías de relación con el mundo no son las corrientemente asumidas, tal como lo explica el propio autor cuando intenta responder a la cuestión de su propio misticismo: ...los que creemos que hay más medios de relacionarse con la realidad que los señalados en los corrientes manuales de lógica, y que el conocimiento sensitivo ni el racional pueden agotar el campo de lo trascendente, entonces, sí, místico. ¡Mas si con ello quieres decir algo sobrehumano o extrahumano, entonces, no!!(11). Será precisamente esta convicción la que provoque el cuestionamiento de la validez de su filosofía entendida como sistema, tal como señala Marías, que habla de la tendencia irracionalista del autor que le conduce a huir de los conceptos, separando la filosofía de la ciencia para vincularla a otras actividades humanas, tales como la poesía (12). Pero la poesía, en su más amplio sentido, será concebida a su vez por nuestro autor vinculada a dos conceptos que gobernarán siempre sus creaciones, esto es, la pasión y el subjetivismo (13), de modo que tanto la poesía como la filosofía tendrán en el sentimiento su legítimo progenitor (14), hasta tal punto que se ha llegado a decir del autor que la lírica consiste para él en sentir el pensamiento (15).

Esta concepción del arte determinará en gran parte su actitud ante su propio pensamiento, realidades que, por otro lado, son difícilmente escindibles en nuestro autor. téngase en cuenta que para el poeta el arte será la más válida vía de conocimiento, vía que será explotada al máximo por él, que no dudará en servirse de su condición de creador para intentar conquistarlo, como señala París (16). Es por este motivo que puede hablar Marías de la novela unamuniana entendida desde una "doble exigencia": La doble exigencia de "creación" y "conocimiento", que aparecía como la esencia misma de su ensayo, había de encontrar satisfacción más plena en ambas dimensiones de la novela (17). Pero ambas exigencias no se producen tan sólo en el Unamuno creador, sino también en el Unamuno receptor. El poeta tenderá siempre a interpretar la obra de arte literaria en virtud de la consideración de la misma como la más válida vía de conocimiento. En el caso de su relación con la novela cervantina, este hecho se produce por una doble vertiente, ya que don Miguel actuará respecto a la obra como lector y como creador simultáneamente.

Tanto en uno como en otro sentido, el conocimiento del arte mismo y de la realidad a través de él será definido en virtud de la búsqueda de una verdad moral que primará siempre sobre la verdad lógica, tal como señala Curtius (18). Dicha verdad moral no podrá ser encontrada por los cauces normalmente usados por la ciencia, útiles para una aproximación a la verdad lógica y objetiva. Así, el consuelo, por ser consuelo, ha de ser verdad(19), independientemente de las razones lógicas que lo acompañen. Unamuno reconocerá siempre que detrás de esta actitud se oculta el hombre que huye de los rigores del intelectualismo, para sumergirse en los dominios de la pasión(20), pasión que le deparará las simpatías de su público y que nace de la incapacidad del autor para desprenderse de sí mismo para la elaboración de sus trabajos(21). Y es que en Unamuno será alrededor del sujeto como se constituya todo universo, ficcional y real. La realidad lo será en virtud de la esencialidad que le sea concedida por el yo que la concibe.

Será dentro de este contexto como entenderemos el hecho de que, para el escritor bilbaíno, don Quijote posee simplemente otro modo de relacionarse con el la realidad, no ajustándose a las reglas comúnmente aceptadas por el mundo que lo circunda, sino en virtud de su propio código, de su propia conceptualización de la misma, tan válida como cualquier otra. De ahí que lo que en principio fue concebido por Cervantes simplemente como una característica de su héroe que le permitiese hacer de él la encarnación de un ideal caduco, con los fines que conocemos, esto es, su locura, haya sido sublimado por don Miguel tres siglos después hasta el punto de constituir, según su propia lectura, una de las posiciones vitales más laudables, la cual da lugar, a su vez, a una valiosísima configuración de la realidad que, lejos de ser tan sólo la fatua alucinación de un enajenado, poseerá una existencia real conferida por la imaginación voluntarista del hidalgo manchego.

Para Unamuno, el caballero de los leones procede desde la concepción de un mundo que no halla correspondencia con el habitado por sus semejantes y percibido por él mismo para, a través del inagotable poder de su imaginación, ir confiriéndole realidad, hasta el punto de que llegue a poseerla gracias a la voluntad quijotesca de que así sea. Es en este contexto en el que se debe comprender la aparente desintegración de la agonía unamuniana de la realidad, de la cual es expresión su don Quijote, desintegración que sólo lo es si con el término real nos referimos al universo inmutable y objetivo, aprehendido a través de la lógica. Unamuno lo que hace es crearse su propia realidad en virtud del profundo subjetivismo que lo domina, la cual está metafóricamente expresada en la figura de don Quijote. Don Miguel se halla dominado por una razón que no logra someter, la cual no se rinde impidiéndole poseer una fe apacible, propia del auténtico creyente, de ahí que haya de hacer de esta lucha su vida, esgrimiendo su voluntad como única arma a su alcance para la aceptación de la existencia de una divinidad que necesita pero que le es negada por la razón. Es lo mismo que le ocurre al transformado héroe cervantino, según don Miguel. Así, sostiene nuestro autor, Don Quijote percibe los molinos, pero su voluntad quiere ver gigantes(22).

Este voluntarismo que sustenta la vida toda de Alonso Quijano como don Quijote acabará por configurar una realidad cuya consistencia le será dada por el empeño infatigable del hidalgo, que ha creado un mundo a su medida, el cual, por ineficaz, no deja de ser modélico. Así, el universo imaginario creado por el caballero será valorado no en virtud de su correspondencia con la realidad sensible, sino como una configuración absoluta cuya consistencia es independiente de ésta. De ahí que Unamuno eleve la vida de don Quijote a la categoría de modelo portador de un código ético-moral cuya justificación consiste en su coherencia interna y en el hecho de abrigar una serie de valores espirituales a los que el héroe se inmola, independientemente de las consecuencias prácticas de tal sacrificio.

Y es que el subjetivismo de Unamuno, marcadamente emparentado con el de Kierkegaard, posee también indudables tintes del pragmatismo de James, observables en la idea tan típicamente unamuniana de que es verdad aquella creencia que hace vivir (23). Don Quijote es verdad en tanto hace vivir a Alonso Quijano una realidad superior, transformadora, para convertirle en un hombre de naturaleza superior. Un relativismo así tampoco permanece al margen de cierto inmanentismo que recuerda en algunos aspectos algunas de las premisas propias del modernismo religioso con el que, según Sánchez Barbudo, Unamuno compartía cierta actitud vital (24).

El universo ficcional del Quijote, tal y como lo reelabora Unamuno, será la expresión de un sistema filosófico sustentado sobre su propia base, al margen del mundo exterior. La realidad, tal y como la entendemos, será expulsada del Quijote unamuniano el cual no será nunca considerado en relación con la misma. La negación de la perspectiva realista resulta indispensable en este contexto para la adecuada consecución de la coherencia de esta interpretación de la historia del hidalgo manchego. De ahí que la introducción de este punto de vista en la obra del rector se lleve a cabo a través de la transformación de algunos de los personajes cervantinos, en principio portadores de diferentes posibilidades interpretativas, en heraldos de una visión de la realidad sujeta a las pautas comúnmente reconocidas y asumidas por quienes conciben la realidad como poseedora de una identidad independiente, objetiva. Estos personajes son introducidos como portadores de un código cognitivo erróneo, es decir, son incapaces de percibir la esencia quijotesca en su dimensión real y ello les impide comprender la trascendencia del propósito de don Quijote, carentes como están de los sentidos necesarios para captar el ser de toda realidad imaginativa (25). Frente a ellos, Sancho Panza se alza como representante de una tercera vía de conocimiento, que podría considerarse intermedia. El escudero no se halla en una situación moral suficientemente elevada que le capacite para la pertinente comprensión de toda la trascendencia y veracidad de la que ya no es locura quijotesca. Sancho se reprochará frecuentemente la confianza que, no obstante, continuará depositando en su amo. Sin embargo, hay algo en él, una especie de voz inconsciente, que muchos han explicado a través de la codicia del buen criado, que le insta a respetar e incluso asumir la verdad creada por don Quijote. Así Sancho irá sumiéndose progresivamente en el universo de su estimado señor, hasta crear entre amo y escudero un vínculo que pasa por la inserción de ambos en un mismo mundo ficcional-real. Sancho comprende la naturaleza del sueño quijotesco y se torna cómplice del hidalgo, renunciando a contrastar el mundo en el que éste le ha sumergido con el que antaño percibían sus sentidos.

Este universo simbólico creado por don Miguel para la novela encierra todo un código ético-moral según el cual los personajes descritos como portadores del tan despreciado sentido común representan aquella perspectiva según la cual el universo imaginativo creado por don Quijote carece de sentido y de validez alguna, resultando su puesta en práctica absolutamente inviable. Esta actitud, poseída en España por la mayor parte de los filisteos, mayoritarios en el país, es responsable de la situación de decadencia moral que sufre la España contemporánea al autor. Así una de las utopías presentes en la interpretación unamuniana del Quijote se refiere precisamente a la necesidad de contagiar el espíritu quijotesco al pueblo español (26), para lo cual se ha de comenzar por asumir unas nuevas vías de aproximación a la realidad, rompiendo con las actitudes propias de cervantistas y eruditos.

Será precisamente este irracionalismo subjetivista, desde el que el autor emprenderá su reelaboración de la novela, el que le lleve a propugnar el quijotismo como única vía válida de recuperación de aquellos valores capaces de sacar al país del estado de postración en el que se encuentra. Será precisamente en este sentido en el que el Unamuno de la Vida de don Quijote y Sancho presente más similitudes con las alusiones ganivetianas al significado de la novela cervantina. Don Quijote se concebirá como el portador de determinada actitud vital, presente en la Península durante sus mejores momentos históricos, y cuya pérdida supuso la degradación de la raza española con su consecuente decadencia en todos los sentidos. Lo que Unamuno hará ahora no será, desde luego, elaborar una serie de decisiones prácticas que hayan de ser asumidas por el pueblo español para una óptima recuperación económica y militar. La ciencia seguirá siendo para él una cuestión de mediana trascendencia y el progreso nunca será concebido como un fin en sí mismo. El quijotismo unamuniano propugnado como ideal ético-moral tenderá a esculpir un código de naturaleza espiritual en la mente (don Miguel diría en el corazón) de cada español, de modo que sean transformadas todas sus inquietudes y prioridades, todos su anhelos, a favor de una más elevada concepción del mundo. De este modo se producirá en la casta hispana una especie de superación de la actual visión del mundo, sujeta a determinadas aspiraciones las cuales son descritas por Unamuno como terriblemente ruines y dependientes de mezquinas pretensiones de la más prosaica naturaleza material.

Los efectos de esta transformación del espíritu de la casta redundarán, como última consecuencia, en una notable superación de los concretos problemas que abruman a la España contemporánea de nuestro autor. Sin embargo, no será ésta la mayor motivación que le mueva a predicar el quijotismo como filosofía nacional, en todo caso, Unamuno hablará de ello como un aliciente más, un fruto que habría de ser cosechado a muy largo plazo. Lo realmente interesante, lo trascendente, es que el espíritu nacional supere su actual estado de filisteismo mediocre, de ramplonería agobiante. Se trata de alcanzar una condición espiritual superior, una calidad humana más valiosa, independientemente de las consecuencias de orden pragmático de dicha metamorfosis.

Y es que Unamuno se inserta en una determinada actitud romántica según la cual el proceso de autocreación primará sobre sus efectos, los motivos sobre las consecuencias, la sinceridad del propósito sobre lo adecuado del resultado. Sólo teniendo en cuenta este hecho podremos analizar sin extrañeza su obra; sólo así podremos aprehender el último sentido de su quijotismo de madurez.

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Llanos Navarro García Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero12/llanosna.html CopyLeft
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