



Los relatos de viajes son una forma de ponerse en contacto con el mundo, y aun de apropiarse de él. Los incidentes del camino se transforman en esa sucesión de hormigas de tinta que llamamos letras; la impresión de un poblado, o la descripción de una costumbre local, pueden ocupar el espacio de un párrafo; un paraje es una página o poco más; un capítulo da cuenta de toda una comarca, y el libro íntegro avanza hasta ocupar la totalidad del territorio. Quizá ese texto comience en un país lejano; quizá el viajero vuelva a su país al final de su viaje, rescatado para la civilización como Robinson Crusoe o engrillado como Álvar Núñez Cabeza de Vaca; tal vez en sus viajes haya adquirido riquezas, pero también es posible que regrese en la más absoluta miseria. En todos los casos, algo que antes no tenía nombre ahora lo tiene; unos seres humanos cuya existencia apenas se sospechaba muestran su perfil a la luz del día o en medio de las sombras del atardecer; un territorio comienza a ocupar en los mapas lo que antes era espacio en blanco. El relato de viajes -especialmente el de los viajes de exploración, pero todos lo son en alguna medida- ha tomado posesión de una porción de nuestro universo. La letra, flor de la civilización, ha triunfado sobre la naturaleza primigenia y salvaje, la que parece haberse mantenido fiel a los primeros días de la Creación.
Ese triunfo de la letra se sigue verificando en la mayor parte de los viajes, por habituales que éstos parezcan. Quien va a Praga o a Bogotá sin haber leído sobre esas ciudades cree estar descubriéndolo todo, pero inevitablemente habrá aspectos de esas realidades que le estarán vedados. En cambio, el que antes de visitar Praga o Bogotá ha conocido los relatos de viajeros que le han precedido, ve en esas ciudades lo aparente y también otras cosas; es decir, no sólo ve esos lugares sino que además los interpreta.
Así pasa con la Patagonia. Hoy sabemos o creemos saber lo que es, incluso quienes no vivimos en esta zona. Ingenuamente podríamos preguntarnos: ¿acaso hay algún misterio? La Patagonia es un área de alrededor de medio millón de kilómetros cuadrados situada en el sur de la Argentina (aunque también hay una Patagonia chilena, que la completa). Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego son sus divisiones políticas. Sabemos que en 1520 Hernando de Magallanes navegó a lo largo de sus costas y pasó del Océano Atlántico al que él llamó Pacífico, por el estrecho que hoy lleva el nombre del navegante. No ignoramos que, básicamente, la Patagonia está constituida por tierras llanas, semiáridas, salvo en donde existe abundante irrigación creada por la mano del hombre; tierras que van subiendo en forma de grandes terrazas o mesetas, desde la costa atlántica hasta el pie de los Andes. Sabemos de sus lagos, de las colonias galesas, de “la trochita”, de sus explotaciones y cultivos, y admiramos sus manzanas y más sus vinos. Nadie desconoce el nombre de sus ciudades principales: Neuquén, Viedma, Trelew, Puerto Madryn, Comodoro Rivadavia, Río Gallegos, Río Grande, Ushuaia, y ese Bariloche que para muchos es sinónimo de vacaciones de fin de curso o de luna de miel, de truchas deliciosas o de los primeros tropiezos de un improbable esquiador.
Pero la Patagonia fue también, durante bastante tiempo, un territorio misterioso, necesitado de exploración, de descripción, en suma de escritura. La soberanía de los sucesivos gobiernos de Buenos Aires, más al sur de Carmen de Patagones, fue más teórica que real. Poco a poco, la labor de exploradores, de misioneros, de capitanes, de mercaderes, de científicos, fue llevando al conocimiento que hoy poseemos, y proporcionó los datos necesarios para que aquellas soledades inenarrables se convirtieran en tierras aptas para la civilización.
En ese proceso, los textos en lengua inglesa estuvieron presentes al menos desde el siglo XVIII en adelante. Por eso quisiera echar un vistazo a un manojo de esos libros [1], lo que me llevará a evocar los nombres y las visiones de Thomas Falkner en aquel siglo, de Charles Darwin y William Henry Hudson en el XIX, y de dos escritores del siglo XX, a saber Bruce Chatwin y Paul Theroux. Sólo el último es estadounidense, y todos ellos escribieron en inglés. La nómina es, por cierto, limitada y acaso insuficiente: pero sólo pretende trazar los primeros rasgos de un itinerario. Además, es evidente que cada uno de estos escritos merece un estudio más detenido que el que podemos ofrecer en este momento.
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