Visiones de la Patagonia en escritores de lengua inglesa - Viajeros del siglo XX: Chatwin, Theroux

4 - Viajeros del siglo XX: Chatwin, Theroux


Monografía creado por David Lagmanovich . Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/patagon.html
21 Octubre 2006
""

Los escritos de viajes que describen la Patagonia en el siglo XX son sustancialmente distintos de los anteriores. Sus autores no son hombres de ciencia, y lo que producen responde a otras tipologías. Eso es comprensible, porque todo en ellos está indicando otra visión de esta realidad.


Bruce Chatwin y Paul Theroux son los escritores que ahora nos interesan. Chatwin (1942-1989) fue un inglés -de Sheffield, en el norte de su país- que hizo vida de nómada como fotógrafo y escritor. Theroux (nacido en 1941), oriundo de Massachussets, de ascendencia francesa e italiana, vivió en Uganda, en Singapur y en muchos otros lugares, antes de que primero Boston y luego Londres se convirtieran en residencias más o menos permanentes. Ambos han cultivado, además de la crónica, la literatura de ficción, y eso se nota en los escritos que aquí consideramos, que alcanzan particular encanto cuando describen aspectos, ocupaciones y conductas de los habitantes de la región.


Un libro de cada uno ha llegado a considerarse clásico en la literatura sobre esta parte del continente, la región que algunos llaman “el fin del mundo”. Son ellos In Patagonia, “En la Patagonia”, de Bruce Chatwin (1977) [11], y The Old Patagonian Express, “El viejo expreso de la Patagonia” (1979), de Paul Theroux [12]. Como se puede apreciar por las fechas, hay cierto paralelismo en las vidas de estos escritores, en sus modalidades de escritura e inclusive en el momento de la aparición de sus libros sobre este tema. [13]


Quizá In Patagonia, el libro de Chatwin, sea el modelo que, desde hace unos 30 años, se impone para la mayor parte de los escritos sobre esta región. En el tiempo transcurrido -unos 80 años, en números redondos- después de la aparición de Idle Days... de Hudson, la Patagonia ha cambiado: no en ciertos aspectos de su paisaje y condiciones naturales que sólo Dios podría cambiar, pero sí en muchos sentidos relacionados con los seres humanos y su peripecia vital. Se han afianzado las colonias extranjeras establecidas en la zona; se han abierto caminos; las comunicaciones han mejorado de forma sustancial; comercio, industria, bancos e instituciones públicas han avanzado sobre la soledad del desierto. (En años aun más recientes, hasta se ha convertido la Patagonia en proveedora de políticos destinados a ocupar cargos en la Capital Federal.) Todo eso determina que la obra de Chatwin se desplace no por los desiertos de antaño sino por las ciudades, pueblos y campos cultivados de hoy. La geografía física puede ser la misma, pero la geografía humana es totalmente distinta.


Pero la historia está siempre allí, y Bruce Chatwin evidentemente la conoce. Sabe qué es lo que va a buscar, que lonjas del pasado se pueden exhumar. Procura hablar con protagonistas o testigos de hechos pretéritos, o al menos con sus herederos, o en último caso con quienes los conocieron o encontraron en sus familias recuerdos de ellos. De esa manera van apareciendo en sus páginas, entretejidos con las visiones de lugares visitados, de largas caminatas y de solitarias reflexiones, casi todos los episodios de un imaginario patagónico que arranca en el siglo XIX y se extiende durante más de cien años. Se relatan entonces historias como la de los bandoleros norteamericanos Butch Cassidy, Sundance Kid y la bella Etta Place, que luego reaparecen con los nombres de Bob Evans y Willie Wilson, luego de que la mujer del trío regresa a Utah; como la del imaginario “reino” de Araucania y Patagonia; como las historias de luchadores anarquistas, por lo general extranjeros; como una extensa biografía de Simón Radowitzky, el asesino del jefe de policía Ramón Falcón en la época yrigoyenista, y muchas otras estampas de personajes curiosos, picarescos o trágicos. Los datos no están ordenados, porque como he dicho siguen el zigzag del itinerario de los viajes, pero están todos allí.


Una historia no del pasado, sino que reproduce un momento de los viajes de Chatwin en los años en que compila todas estas informaciones, es la que me permitiré leer a continuación. Suprimo unas pocas líneas para hacerla más compacta.


No lejos de Cholila [lugar donde vivieron los bandoleros norteamericanos] había un ferrocarril de trocha angosta que llevaba a Esquel. La estación parecía de juguete. [...] La locomotora, fabricada en Alemania, tendría unos ochenta años, con una alta chimenea y ruedas pintadas de rojo. En primera clase, la comida había penetrado en la tapicería y llenaba el vagón con el olor del picnic del día anterior. La segunda clase era limpia e iluminada, con asientos de listones de madera pintados de verde y una estufa a leña en el centro del vagón.


Un hombre hervía agua en su pava, esmaltada en azul. Una anciana hablaba con su geranio favorito, y dos andinistas de Buenos Aires estaban sentados sobre una pila de equipos. Eran inteligentes, intolerantes, ganaban sueldos miserables y pensaban todo lo malo imaginable de los Estados Unidos. Los demás pasajeros eran indios mapuches.


Ahora viene una escena que quedó grabada en la memoria de Chatwin, atento siempre a las relaciones entre los distintos grupos humanos:


El tren arrancó con dos toques de silbato y un sacudón. Algunos ñandúes huyeron de las vías a medida que pasábamos, con sus plumas ondeando como el humo. Las montañas eran grises y parecían parpadear en la atmósfera calurosa. A ratos, un camión manchaba el horizonte con una nube de polvo.


Un indio se puso a mirar a los andinistas y se acercó con ganas de iniciar una pelea. Estaba muy borracho. Me senté a presenciar la historia de Sudamérica en miniatura. El muchacho de Buenos Aires soportó los insultos durante media hora, luego se puso de pie, explotó y con un gesto le indicó al indio que volviera a su asiento.


El indio agachó la cabeza y dijo: “Sí, señor. Sí, señor”.


Los establecimientos indígenas se encadenaban a lo largo de la línea férrea como para facilitar a los borrachos el regreso a sus casas. El indio llegó a su estación y tropezó al bajar del tren, mientras aferraba lo que le quedaba de ginebra. Alrededor de las casuchas, brillaban botellas rotas bajo el sol aguachento. Un muchacho vestido con una campera amarilla bajó también del tren y le ayudó al borracho. Un perro, que había estado descansando en el vano de una puerta, vino corriendo y le pasó la lengua por toda la cara.


Estas descripciones son típicas de Chatwin: los lugares y los objetos aparecen como subordinados a los gestos y actitudes de los seres humanos.


Y este es un buen punto, en nuestra exploración, para referirnos al otro libro, porque el tren de trocha angosta de que habla Chatwin, “la trochita” que va de Ingeniero Jacobacci a Esquel, es el mismo “expreso de la Patagonia” como cariñosamente lo llama Paul Theroux. Porque este otro escritor concluye allí un proyecto tal vez disparatado: el recorrer en tren la totalidad del continente americano, desde la costa atlántica de Estados Unidos hasta el extremo sur.


Theroux ha venido viajando en tren desde el comienzo del viaje, cuando sale de su casa en Boston y como primera medida toma el subterráneo bostoniano, el “T”. En Buenos Aires, después de muchos días de conversación con Jorge Luis Borges, reanuda el trayecto al tomar el tren “Lagos del Sur”. Es el segundo trayecto muy largo que hace en la Argentina: en el primero viaja de La Quiaca a Buenos Aires, y en el segundo, de Buenos Aires a Ingeniero Jacobacci, para tomar allí el trencito a vapor que lo llevará a Esquel, punto final de su viaje. A diferencia de los relatos de Chatwin, el hecho mismo de viajar está en el centro de la escena: el viaje, y los sentimientos del viajero, antes que las figuras humanas que van apareciendo. En el pasaje que sigue, Theroux está, en plena madrugada, en el andén de la estación de Ingeniero Jacobacci, pues el tren a Esquel no partirá sino varias horas más tarde:


El tren se había ido en una dirección, los pasajeros que descendieron en Jacobacci en otra. Sólo quedaba yo, como Ismael: “Y sólo yo he escapado para hablar contigo”. Hacía frío en este lamentable lugar, pero no tenía más remedio que esperar cuatro horas el trencito a vapor para Esquel. Pero también pensé: Es perfecto. Si uno de los objetos del viaje era darte a ti mismo la sensación de estar solo, de que después de quince o veinte mil millas te habías adelantado a todos y estabas embarcado en una misión de descubrimiento en un lugar remoto, entonces yo había cumplido el sueño del viajero. El tren atraviesa mil millas desde Buenos Aires, se detiene en medio del desierto, y tú sales. Miras a tu alrededor: estás solo. Es como llegar. [...] Solo, solo: era algo así como la prueba de mi éxito. Había tenido que viajar una gran distancia para llegar a esta solitaria condición. (391)


El sentimiento de la soledad, transmitido a la vez por las condiciones del paisaje y por las circunstancias del viaje, es muy fuerte en el relato de Paul Theroux. Por otra parte, en los párrafos finales del libro, llega a una síntesis de sensaciones -lo vasto y lo muy pequeño- que puede ser una de las claves para comprender la Patagonia. Una flor silvestre le lleva a estas conclusiones. Ya en Esquel, caminando por las afueras de la población, prácticamente en el desierto, nos comunica una impresión que parece definitiva:


[...] una ladera rocosa, algunas ovejas, y el resto eran arbustos y maleza. Si se miraba bien, se podían ver sobre estos arbustos unas florcitas rosadas y amarillas. El viento las agitaba. Me aproximé. Se sacudían. Pero eran bonitas. Detrás de mí había un gran desierto.


Esta era la paradoja de la Patagonia: para estar aquí, convenía ser o bien un miniaturista, o bien alguien interesado en los enormes espacios abiertos. No había ninguna zona intermedia que pudiera estudiarse. O la enormidad del espacio desierto, o la visión de una flor diminuta. Había que escoger entre lo diminuto y lo inmenso. (403)


Y entonces, las palabras finales en el libro de este viajero por la Patagonia que registra sus impresiones -como otros antes que él- para ser leídas por quienes se aproximen a él a través de la lengua inglesa:


Aquí no había voces. Había esto, lo que yo vi; y aunque más allá hubiera montañas y glaciares y albatros e indios, aquí no había nada de que hablar, nada que pudiera detenerme más. Sólo la paradoja patagónica: el vasto espacio, y los muy diminutos capullos de la flor emparentada con el sagebrush, nuestra artemisia. La nada misma, que para algún intrépido viajero podía ser un comienzo, era un final para mí. Había llegado a la Patagonia, y me reí cuando recordé que había llegado aquí desde Boston, donde tomé el subterráneo que llevaba a la gente a su trabajo. (404)

""

Autor y licencia de 'Visiones de la Patagonia en escritores de lengua inglesa'


Monografía de David Lagmanovich . Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/patagon.html CopyLeft
Este contenido ha sido recopilado por el equipo de Wikilearning. Todo el contenido recopilado se ha obtenido respetando y comunicando en nuestro site la licencia de cada fuente.
Wikilearning tiene permiso expreso por escrito de los autores para publicar los contenidos que ha extraído de otras webs, incluyendo su uso comercial.