



Estos viajeros del siglo XX representan un tipo distinto, o quizá dos tipos distintos, de relatos de viaje. Conviene que tratemos de mirarlos en perspectiva. El ahora desdibujado Thomas Falkner escribió un informe dentro de los esquemas descriptivos, en rigor taxonómicos, que podemos esperar en un intelectual del Siglo de las Luces. En cambio Charles Darwin, el gran naturalista, se apega al modelo del diario, hasta el punto de titular con esta palabra -Journal- sus escritos, y en ellos se ve que estamos frente a un hombre de ciencia lleno de lecturas literarias, especialmente románticas. Por su parte, William Henry Hudson, también naturalista, amante de la soledad y del silencio, y simultáneamente del canto de los pájaros, no presenta en su libro ni un informe ni un diario, sino que asume plenamente las diversas etapas de su vida, el tiempo transcurrido, y entonces su modelo pasa a ser la memoria, el género en el cual se escogen unos elementos y se olvidan otros: la recreación artística de un período de su existencia que tiene las características de un deslumbramiento.
En Chatwin y en Theroux encontramos, como digo, otros modelos. Estos son escritores que tienen por detrás vastas bibliotecas, que han leído profusamente sobre la Patagonia, y en quienes el objeto de la escritura es el viaje mismo, privilegiado por sobre aquello que en el viaje puede descubrirse. Chatwin, sobre todo, crea una suerte de centón o compilación de episodios y figuras a cuyo encuentro va y que, como dijimos antes, recupera de la polvorienta historia, siempre con apoyo en alguna incidencia del camino. Si a algo se parece su libro es a lo que en el mundo anglosajón y germánico se llama un almanaque (como en los “Cuentos de almanaque”, Kalender Geschichten, de Bertolt Brecht), pues In Patagonia es una recopilación no particularmente estructurada de materiales diversos, casi siempre interesantes y a veces apasionantes.
En cuanto a Theroux, gran amante de los ferrocarriles, quien ya había publicado en 1975 The Great Railway Bazaar, subtitulado “En tren por Asia”, es evidente en este segundo libro dedicado a los trenes la influencia del periodismo especializado de su país, y se podría decir -sin mala intención- que su género materno es el travelogue norteamericano, de lozana existencia en revistas, suplementos dominicales y películas.
Informe, diario, memoria, almanaque, travelogue: géneros diversos, en un desarrollo que abarca casi tres siglos, para intentar una aproximación a esta realidad que fascinó a tantos, lo mismo de cerca como de lejos, y tanto en el caso de hombres y mujeres de cultura como en el de exiliados, desesperados y fugitivos. Algo hay en esta realidad, geográfica y humana, que marca profundamente a quienes se ponen en contacto con ella.
Para concluir, quisiera leer, del libro de Bruce Chatwin, un breve relato -de hecho, un microrrelato- de carácter histórico, recogido en el lejano sur chileno, en Punta Arenas, y que es el penúltimo fragmento, el número 96, de su libro. Dice así:
Hay un hombre en Punta Arenas que sueña con bosques de pinos, tararea Lieder, se despierta cada mañana y mira las negras aguas del estrecho. En su auto se dirige a una fábrica que huele a mar. Allí está rodeado de cangrejos color escarlata, que primero se arrastran y luego son cocinados al vapor. Escucha el pequeño estallido de los caparazones y la ruptura de las mandíbulas, y vigila que la dulce carne blanca esté firmemente empacada en recipientes de metal. Es un hombre eficiente, con alguna experiencia previa en la cadena de producción. ¿Recuerda acaso ese otro olor, el olor a quemado? ¿Y ese otro sonido, el de las voces cantando en voz baja? ¿Y los montones de pelo que quedaban a un lado como ahora las mandíbulas de los cangrejos?
A Walter Rauff le corresponde haber inventado y administrado la cámara de gas sobre ruedas. (198)
No transcribo este texto para impresionar la sensibilidad del lector con el recuerdo de hechos monstruosos, sino para recordarnos que eso puede ser también la Patagonia: refugio de criminales de diversa índole, desde asaltantes de bancos hasta genocidas. A medida que más se escriba y publique sobre ella [14], más estaremos en contacto no sólo con la pequeña historia cotidiana de nuestra región, sino también con problemas centrales de nuestros países y de la humanidad. Porque en definitiva la Patagonia es el mundo: las vastas extensiones que impresionaron a todos sus viajeros son el “valle de lágrimas” que aparece en la oración del creyente; y la florcita que encontró Paul Theroux en un lugar desolado parece significar el principio de una regeneración capaz de llevarnos a niveles más altos de humanidad.
|