Visiones de la Patagonia en escritores de lengua inglesa - Naturalistas del siglo XIX: Darwin, Hudson
3 - Naturalistas del siglo XIX: Darwin, Hudson
No buscaremos bellezas estilísticas en los textos de Thomas Falkner. Pero los de Charles Darwin (quien vivió entre 1809 y 1882) son otra cosa. Para empezar, su famoso Viaje del Beagle es el relato de las observaciones realizadas a lo largo de un viaje, es decir, de uno solo (el que ocurrió entre el 27 de diciembre de 1831 y el 2 de octubre de 1836), y no una recopilación de datos tomados de diversas fuentes, tanto personales como documentales. Y sus escritos están rigurosamente estructurados, como lo estuvo el viaje mismo.
De hecho, el libro combina el propósito fundamental de un viaje científico, centrado en las ciencias biológicas y en la geología, con el tipo textual del diario. Su método de elaboración es sugestivo: Darwin mantenía un llamado Commonplace Journal, o diario común (o básico), y de ahí provienen los elementos iniciales de cada asiento de ese otro diario que habría de alcanzar la fama, el que siempre incluye en el título la expresión Journal of Researches, “Diario de investigaciones”.
La edición inglesa que manejo, publicada en 2003, destaca el título que mejor puede ser reconocido por el público general: The Voyage of H.M.S. Beagle, o sea, “El viaje del Beagle, barco de Su Majestad”. Es un bello volumen de considerable formato, bien ilustrado, que supera las 500 páginas y lleva una apropiada introducción de Richard Keynes, quizá el mayor especialista de hoy en la vida y obra de Darwin [3]. La edición original apareció en 1839, con una segunda edición en 1845 y una tercera (idéntica a la anterior) en 1860. A propósito de la primera reedición escribió Darwin: “El éxito de este mi primer hijo literario halaga mi vanidad más que el de cualquiera de mis otros libros” [4]. Nótese el uso del adjetivo “literario” como elemento diferenciador con respecto a los escritos científicos en sentido estricto que nuestro autor ya había comenzado a publicar.
El viaje del Beagle está ordenado en la forma más ortodoxa imaginable: los capítulos siguen estrictamente las etapas del viaje, y dentro de cada capítulo la mención del día establece el punto exacto en la cronología. En total hay 21 capítulos, que reflejan los momentos de un viaje que no se limita a Sudamérica, sino que después del paso por nuestros territorios se convierte en un viaje de circunvalación. Los capítulos que nos interesan más son el VIII (la Banda Oriental y la Patagonia), IX (Santa Cruz, Patagonia y las islas Malvinas) y X (Tierra del Fuego).
Se ha notado que es grande el interés humano de estas páginas, y en general de todo el libro. Es que, evidentemente, Darwin fue un hombre de considerable encanto personal, lo que mucho le ayudó para relacionarse con las diversas gentes que conoció en sus viajes: los indios de Tierra del Fuego, de casi inexistente organización social; los gauchos de las pampas argentinas, con quienes cabalgó incansablemente; los guasos chilenos, buenos compañeros para andar por la Cordillera; los españoles, siempre hospitalarios aunque sus luces no fueran excesivas; y hasta el temible general Rosas, con quien llega a simpatizar (“Es un hombre de extraordinario carácter, y tiene influencia predominante en el país, que probablemente llevará a la prosperidad y el progreso”, p. 73, dice después de una entrevista en agosto de 1833) [5]. Esta actitud de empatía con lo que encuentra bueno en distintos seres humanos continúa en otras etapas del largo viaje: en Chile y Perú, en Tahití, en Nueva Zelanda, en Australia, en las islas Mauricio. Es difícil que Darwin no encuentre algo que elogiar en cada lugar en donde se detiene. Pero cuando, el 2 de octubre de 1836, el barco comandado por el capitán Fitz Roy echa anclas en el puerto de Falmouth, Charles Darwin se dirige en diligencia a su casa familiar, en Shrewsbury, y -en los 46 años que median entre ese momento y su muerte- nunca más vuelve a salir de Inglaterra.
En contraste con la movilidad de la escena humana, aun en esos tiempos y en estas regiones más que remotas para una mente europea, Darwin no pierde ocasión de señalar la fundamental uniformidad del paisaje patagónico, que considera muy poco interesante. Así, anota el 22 de abril de 1834, a orillas del río Santa Cruz:
El paisaje siguió siendo el mismo: poco interesante en grado sumo. La completa similitud de los productos a través de toda la Patagonia es una de sus características más sorprendentes. En las aplanadas llanuras de árido ripio se apoyan las mismas plantas frustradas y enanas; y en los valles crecen los mismos matorrales espinosos. Por todas partes vemos los mismos pájaros e insectos. Incluso las márgenes del río y de los claros arroyos que en él desembocan carecen de la vivacidad mayor que les hubiera dado un matiz más brillante de verdor. La tierra ha recibido la maldición de la esterilidad, y el agua que discurre sobre un lecho pedregoso comparte esa misma maldición. De ahí que el número de aves acuáticas sea tan escaso, pues nada hay que pueda sostener la vida en la corriente de este estéril río. (178)
Sin embargo, hay muchos momentos en los que, en medio de las fatigas de un viaje que a veces se torna extremadamente duro, el viajero se detiene a admirar el paisaje, o bien a contemplar una escena como si él mismo no perteneciera a ella. Así en Tierra del Fuego, después de tocar en varios puntos de la costa y mantener distintos tipos de interacción con los indígenas, el 19 de enero de 1833, explorando la costa en cuatro botes, el capitán dispone acampar en tierra firme, a la vera de una pequeña bahía. Relata Darwin:
Por la tarde ingresamos en la boca oriental del canal, y poco después encontramos una abrigada y pequeña bahía que ocultaban algunos islotes vecinos. Aquí armamos nuestras tiendas y encendimos nuestras fogatas. Nada podía dar una imagen más confortable que esta escena. El agua cristalina de la pequeña bahía, con las ramas de los árboles colgando sobre la rocosa playa, los botes anclados, las tiendas apoyadas en los remos cruzados, y el humo enroscándose en las alturas del rocoso valle, creaban un cuadro de silencioso retiro. Al día siguiente (el 20) avanzamos deslizándonos suavemente con nuestra flotilla, y llegamos a un lugar más habitado. Pocos de los nativos, o quizá ninguno, podían haber visto antes a un hombre blanco; por cierto que nada podía haber más fuerte que su sorpresa al producirse la aparición de los cuatro botes. Por todos lados se encendieron fuegos (de ahí el nombre de Tierra del Fuego), tanto para atraer nuestra atención como para difundir la noticia. Algunos indios corrieron durante millas a lo largo de la costa. Nunca olvidaré la apariencia rústica y salvaje de un grupo: de pronto cuatro o cinco hombres llegaron al borde de un acantilado; estaban absolutamente desnudos, y sus largos cabellos caían a lo largo de sus caras; tenían en las manos rugosas estacas, y, elevándose en sus saltos desde el suelo, gesticulaban con los brazos sobre las cabezas y exhalaban los más espantosos alaridos. (217)
Ahora que hemos leído La tierra del fuego, de Sylvia Iparraguirre, encontramos un interés especial en este relato de viaje: los extensos pasajes en los que se relata el regreso a su tierra de los indios fueguinos que el capitán Fitz Roy, en su viaje anterior, había llevado a Inglaterra, es decir, Minster York, Jemmy Button, y Fuegia. Los afectos personales desarrollados en la larga convivencia contrastan con la visión británica de una cultura que está apenas un poco por encima del comportamiento de los brutos. Dice Darwin: “Nos causó bastante melancolía el dejar a los tres fueguinos con sus salvajes connacionales; pero mucho nos reconfortó el ver que no abrigaban temores. York, que era un hombre poderoso y resuelto, estaba bastante seguro de que le iría bien, junto con su mujer, Fuegia. El pobre Jemmy parecía bastante desconsolado, y poca duda me cabe de que le hubiera gustado regresar con nosotros”. Poco más adelante: “El día 11, el capitán Fitz Roy les hizo una visita, él solo, a los fueguinos, y vio que les iba bien, y que habían perdido muy pocas cosas más” (225).
Así, pues, son en este libro minuciosas, y siempre absolutamente comprensibles, las anotaciones de ciencias naturales; al paso que aquellas en que intervienen los seres humanos -españoles de América, europeos de otros orígenes, comerciantes británicos, gauchos, indios- tienen el sabor especial que procede del contacto de culturas, de los entendimientos y desentendimientos entre ellas, de la sorpresa y hasta cierto punto, de la fascinación ante lo incomprensible. Al terminar su descripción de Tierra del Fuego, anota Darwin: “Considero que, en esta extrema región de América del Sur, el ser humano existe en un estado más bajo de evolución que en cualquier otra parte del mundo” (228). Compara a estos indígenas con los que existen en otras regiones; establece que los nativos australianos, en la simplicidad de su vida, están en un nivel algo superior al de los habitantes de Tierra del Fuego; pero, asevera, “eso no quiere decir de ninguna manera que les sean superiores en capacidad mental” (229). Así, la descripción del extremo más austral de la Patagonia termina con una expresión de fe en las posibilidades de progreso de todos los seres humanos, cualquiera sea su raza. El naturalista es también un humanista.
El otro texto del siglo XIX al que quiero referirme pertenece a William Henry Hudson (1841-1922). Este curioso escritor, de padres estadounidenses, nació en las cercanías de Quilmes, provincia de Buenos Aires; ya adulto, se radicó en Londres (1874) y años más tarde, en 1900, adoptó la ciudadanía británica.
Hudson fue un naturalista precoz y un escritor tardío. No publica ningún libro hasta pasados los 40 años, y el primero de ellos que puede considerarse significativo, la primera versión de La tierra purpúrea, aparece en 1885, es decir a los 44 años de su edad. Empero, durante los 35 años siguientes aparecen numerosos libros suyos, tanto de temas científicos como de ficción. Ya en su vejez conoce la fama, sobre todo a partir de su novela Green Mansions, “Mansiones verdes” (1904), y puede por fin vivir de sus ingresos como escritor después de muchos años de estrecheces económicas.
Si Darwin, como él mismo sospechó, fue un escritor nato y un buen prosista, Hudson lo sobrepasa en ese sentido, pues su prosa es una de las más finas y elegantes en la lengua inglesa de su siglo. Entre los críticos que lo han estudiado, es frecuente encontrar la opinión de que el libro que mejor lo representa, aquel con el que alcanza el mayor refinamiento en la prosa descriptiva y ensayística, es el que aquí nos interesa: Idle Days in Patagonia, “Días de ocio en la Patagonia”, de 1893. Pero no se trata tan sólo de virtudes de estilo. Uno de esos críticos, Richard Haymaker, llega a decir que, con ese libro, Hudson logra “colocar para siempre la Patagonia en el mapa espiritual del mundo” [6]. Y es lógico pensar así, pues el libro es el resultado de un enamoramiento con las “vastas soledades” patagónicas. Dice Hudson en el primer capítulo de la obra: “En mi opinión no hay en la vida nada tan deleitable como esa sensación de alivio, evasión y libertad absoluta que uno experimenta en una vasta soledad, donde acaso el hombre no estuvo nunca o, en todo caso, no ha dejado huella alguna de su existencia” (7) [7].
El primero de los 14 capítulos del libro se llama “At Last, Patagonia!” (“¡Por fin, la Patagonia!”); el siguiente, “How I Became an Idler”, es decir, “Cómo llegué a ser un ocioso”. El ocio al que se refiere el título ha sido forzado por un accidente, ocurrido en el momento en que apenas si estaba comenzando el viaje propuesto por las inmensas extensiones de la Patagonia. Esto ocurría en 1871, todavía durante la residencia de Hudson en la Argentina. Pero poco hay de “días de ocio”, aun mientras se encuentra convaleciente, y mucho menos más adelante. Durante el año que dura su vida en la región hay episodios de aventuras, numerosas observaciones ornitológicas y de otro tipo, contacto con pobladores de los más diversos rangos de la vida en el sur de la Argentina, e historias recogidas de labios de sus interlocutores de diversas clases sociales.
Hudson ha anotado incansablemente todo el material obtenido en su año de vida patagónica. Sin embargo, no escribe de inmediato el libro: median más de veinte años entre la realización del viaje y la aparición del volumen. Si el libro de Darwin, a pesar de saltos cronológicos, puede considerarse afiliado al modelo del diario de viaje, el de Hudson responde a otro paradigma, que es el de la memoria.
El género de las memorias tiene que ver con esa facultad de la mente humana, la memoria, pero también, como diría Nicolás Rosa, con “el arte del olvido” [8]. Lo que se produce en la vida de Hudson es, ante, todo, un olvido de las circunstancias del mundo exterior a la Patagonia y una inmersión total en la vida de esta región. Él mismo lo cuenta con su acostumbrada lucidez a comienzos del capítulo VI, “La guerra con la Naturaleza”, que vale la pena recordar. Dice Hudson:
Durante mi permanencia junto al Río Negro, las cartas y periódicos me llegaban tan sólo con espaciados intervalos. En una ocasión pasé casi dos meses sin ver ningún periódico. Recuerdo que, cuando al final de ese período alguien me dejó uno, lo arrebaté con entusiasmo y comencé a revisar apresuradamente las columnas, o más bien los títulos de las mismas, en busca de informaciones sorprendentes sobre el exterior; recuerdo también que después de un par de minutos lo volví a dejar para escuchar a alguien que estaba hablando en la habitación donde me hallaba, y que por fin me fui del lugar sin leer en absoluto el periódico. [...] Al salir de la habitación donde había dejado de lado el periódico sin leer, me di cuenta que el antiguo interés en los asuntos del mundo me había abandonado en gran medida; y sin embargo ese pensamiento no me parecía degradante, ni me sorprendía la indiferencia que ahora descubría, aunque hasta ese momento me habían interesado profundamente las jugadas que se registraban en el gran ajedrez político del mundo. ¿Cómo habían transcurrido esos cincuenta o sesenta días, me pregunté, y de qué copa encantada había bebido el licor del olvido que tan grande cambio había producido en mí? La respuesta era que había bebido de la copa de la Naturaleza, y que mis días habían transcurrido en paz. (72-73)
De esta actitud de “vivir en paz” con la naturaleza, aun cuando ésta con frecuencia ofrezca ardua resistencia al colonizador, proceden las magníficas descripciones que van jalonando el libro. Dice Alicia Jurado, en un pasaje de su libro sobre Hudson [9]: “El libro sobre la Patagonia da pretexto para muchos temas: el canto de los pájaros, admirablemente descrito; la capacidad de visión de los indios en el desierto, los diversos colores de ojos en la humanidad y las reminiscencias proustianas que le despierta el perfume de la flor de la oración [‘evening primrose’]”. Y prosigue la escritora argentina:
Pero ningún capítulo sobrepasa el titulado “Las llanuras de la Patagonia” [el XIII, “The Plains of Patagonia”], en el que refiere sus sensaciones al explorar el erial y el efecto psicológico que éste le produce. Está viviendo en el valle del Río Negro, pero día tras día deja el verdor de la zona regada para penetrar en el desierto gris, entre la espinosa flora xerófita, donde sólo habitan el puma, el guanaco y la liebre patagónica, la perdiz grande y el ñandú. La vida era escasa y encontraba muy poco para cazar; sin embargo, aquella extraña fascinación, que también experimentó Darwin, lo obligaba a vagar el día entero al paso del caballo ya que la vegetación le impedía el galope, con viento helado y cielo cubierto, en pleno invierno, contemplando la soledad. A mediodía descansaba bajo unos árboles, volviendo siempre al mismo lugar como suelen hacerlo los animales; el silencio era casi total y él, según dice, lo escuchaba. Ha perdido la capacidad de reflexionar [...]. (64)
Pero esto último merece ser leído en las palabras del mismo Hudson [10]:
En el nuevo estado mental en que me encontraba, el pensamiento se había tornado imposible. En todos los demás lugares había sido siempre capaz de pensar con total libertad mientras cabalgaba; y en las pampas, aun en los sitios más desolados, mi mente se mantenía activa mientras marchaba en un gentil galope. Sin duda se debía esto al hábito; pero ahora, sobre un caballo, me había vuelto incapaz de reflexionar; mi mente se había transformado de pronto, de una máquina de pensar en una máquina para algún propósito desconocido. Pensar era como poner en movimiento en el cerebro un ruidoso mecanismo; y algo había allí que me ordenaba mantenerme quieto, y yo debía obedecer. Mi estado era de suspenso y vigilancia; y sin embargo no esperaba ninguna aventura, y me sentía tan libre de todo recelo como lo estoy ahora, sentado en una habitación en Londres”. (209-210)
El libro no se puede resumir: está repleto de observaciones agudas, de reflexiones interesantes, de conexiones literarias y de pasajes en los que resplandece una prosa tan amena como la de Stevenson. Así. Darwin a comienzos de la década de 1830, y Hudson más de medio siglo más tarde, crean una verdadera poética de la descripción patagónica, y nos entregan visiones de la región que se instalarán fuertemente en el imaginario colectivo. Entre ellas figuran episodios como los que acabamos de ver: visiones en las que el hombre culto se rinde ante una naturaleza misteriosa. Es como si la realidad de esta región necesitara, para su aprehensión, de categorías mentales ajenas a la cotidianidad civilizada, propias en cambio del hombre primitivo o, tal vez, de un estado cercano a la experiencia mística.
Por cierto que una entrega tan profunda a la naturaleza no existía ni en el texto de Falkner ni en el de Darwin. El primero es un racionalista del Siglo de las Luces; el segundo, aunque no puede ocultar su pertenencia al Romanticismo, mantiene todavía fuertes lazos -como su contemporáneo, nuestro Domingo Faustino Sarmiento- con el pensamiento del Iluminismo.
Sin embargo, los tres libros tienen en común otros rasgos que delatan su pertenencia a un sistema. En los tres existe un similar método de composición, ya que las observaciones y anotaciones de una época de la vida se transfieren al manuscrito de un libro años después. Los tres libros se escriben y se publican en Inglaterra. Falkner, en su Manchester natal, está muy lejos de su vida de misionero en Carmen de Patagones; de la misma manera Darwin, en Shrewsbury que es también el pueblo de su nacimiento, está lejos de la cubierta del Beagle y de las costas, los ríos y las planicies de la Patagonia; y de forma idéntica, Hudson está a miles de millas tanto de la estancia “Los veinticinco ombúes” como de sus exploraciones de los territorios más australes de América, que rememora en la casa de pensión que regenteaba su paciente mujer en Londres. Hay una constelación de alejamientos, tanto en el tiempo como en el espacio, que filtra las ideas y las emociones, provoca el olvido de muchas cosas y, en las que no se han olvidado gracias a los papeles y a la intensidad de la memoria, permite un trabajo que las integra en una obra perdurable.
