Afortunadamente, conociéndose a fondo o no, muchos directivos parecen ejemplares, o, más concretamente, parecen íntegros, eficaces y conscientes de la realidad; pero, ¿quién le dice al narcisista que hace el ridículo? ¿Quién le dice al cínico que ya nadie le cree? ¿Quién le dice al corrupto que su cara lo va diciendo? Estas conductas pueden parecer extremas, de modo que bajemos el listón: ¿quién le dice al jefe que su idea no es la mejor? ¿Quién le dice al que incurre en complacencia que se limite al savoring? ¿Quién le dice al arrogante que se limite a la mera confianza en sí mismo? ¿Quién le dice al neurótico que todo funciona mejor cuando no está? ¿Quién le dice al visionario que la intuición es otra cosa más seria? Más vale prevenir.
Sigamos bajando el listón. ¿Quién le dice al pesimista que no dé por fracasado el proyecto? ¿Quién le dice al estresado que puede y debe trabajar en su zona de equilibrio, y aun experimentar flujo? ¿Quién le dice al jefe infalible que, a pesar de lo grande de su despacho, sus conocimientos técnicos son ya inferiores a los de sus subordinados? ¿Quién le dice al jactancioso que el mérito no es suyo? ¿Quién le dice al pusilánime que es un ser humano incompleto? No hace falta seguir: todos, todos nosotros —directivos o no—, debemos ser conscientes de lo que somos, de lo que sabemos, de lo que pensamos, de los que sentimos y de cómo actuamos; y, en principio, deberíamos serlo sin grandes ayudas, tras mirarnos bien al espejo, cuestionar nuestras percepciones y lentificar nuestras inferencias.
Se dice que debemos darnos cuenta. Que debemos escuchar nuestra voz interior. Que debemos conocer nuestras fortalezas y debilidades, y tener un definido propósito —purpose— en la vida personal y profesional. Que hemos de ser conscientes de nuestras inquietudes y sentimientos, de nuestros miedos, de nuestro grado de compromiso, de nuestro grado de satisfacción profesional... Que hemos de saber lo que queremos, lo que perseguimos, e ir por ello con convicción. El self-management, la maestría personal o el autodominio de que nos hablaban expertos como Senge, resulta inexcusable en la función de dirección dentro de la empresa y, según los expertos, presenta varias dimensiones; en ellas podemos identificar también rasgos de la inteligencia intrapersonal de que nos hablaban los psicólogos: Aquí les apunto algunas de estas dimensiones del autodominio:
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Autoconocimiento
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Autoconciencia
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Autocomprensión
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Integridad
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Autocuestionamiento
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Autodisciplina
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Autoconfianza
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Propósito
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Afán de logro
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Optimismo
Podríamos extender la lista, pero, por nuestra parte, sólo añadiríamos aquí un compromiso con la calidad de vida propia y la del área de influencia. No podemos configurar el deseable dominio personal del directivo sin el doble objetivo de la eficacia y la calidad de vida en el trabajo; de modo que haríamos la “lectura” de todas estas dimensiones, sin perder de vista la consecución de resultados y la satisfacción propias, y también las del área de influencia o responsabilidad del directivo. Sin este pensamiento, el alcance del autodominio podría divergir, y nos parece más conveniente hacerlo converger en los objetivos formulados. Así como la motivación resulta peligrosa sin la integridad (como dice Hock) y la inteligencia perversa es abominable (lo decía mi abuela), el autodominio puede resultar irrelevante, o algo peor, si no apunta a un fin estimulante y saludable.