Venezuela inicia en este período su inclusión al mercado internacional, con la cual comienzan a llegar al país capitales extranjeros que, en menos de una década, logran modificar inusitadamente la vida doméstica y la actividad económica. Se inauguran carreteras, cementerios, redes ferroviarias, acueductos. Se erigen algunos de los edificios más emblemáticos del poder urbano, tales como el Capitolio de Caracas, el Teatro Municipal. Se promulgan cuatro códigos: el comercial, el penal , el militar y el de hacienda. Se establece el matrimonio civil y la educación primaria gratuita y obligatoria. Por otra parte la rutina en las ciudades, sobre todo en Caracas, se agilizan y éstas mismas crecen y se transforman; aparecen teatros, clubes, plazas, las costumbres y la cultura del pasado comienzan a transformarse. Las ideas se discuten libremente, surgen nuevos valores, nuevos modales, nuevos tipos ciudadanos. Muchos de estos adelantos se quedaron solo en la fachada y no llegaron a representar un verdadero desarrollo para el país. Sin embargo, ellos significaban un hecho ineludible: el inicio de un proceso de cancelación del pasado tradicional. Proceso que, por supuesto, provoca sus reacciones en los sectores más apegados a la tradición:
" Estos proyectos debieron enfrentar la realidad de otro proceso histórico, tan de peso como las acciones políticas y militares desplegadas por la elite de la capital para hacer sentir su presencia en la nueva República de Venezuela. Espacialmente el territorio no estaba integrado; coexistían -desde el punto de vista funcional- espacios articulados por economías agroexportadoras, cada uno de ellos con sus sectores económicos relacionados más con el exterior que entre sí o con Caracas; gobiernos provinciales relativamente autónomos que desde el principio se pronunciaron por el establecimiento de un sistema federal: en una palabra, "REGIONES HISTORICAS" dispuestas a hacer respetar su propio proceso, y aun capaces de reasumirlo y de llegar a la amenaza separatista. (Urdaneta 1992:13).
En medio de este contexto, la novela ZARATE puede interpretarse en términos de un contradiscurso de esa modernización urbana de fines del siglo XIX. Ella constituye un esfuerzo ideológico que pugna por promover para el imaginario social, desde los sectores conservadores, un sistema de orden público y privado, estructurado desde el campo como modelo de civilización y cuyas imágenes de la nacionalidad se asimilan a la de nación, fundamentalmente, sobre la figura de la sociedad dominante. En ZARATE, la perpectiva sobre la cual se construye la nación y la identidad nacional está íntimamente asociada a la nostalgia y recuperación del pasado tradicional. En ella la imagen de la nación imaginada se concentra en los signos y simbolos heredados de la cultura y las formas de vida adquiridas durante la colonia.
En ZARATE se tocan dos períodos de la historia venezolana: el período paecista y el período guzmancista, quizás por ese mecanismo que se empleó durante esa época para decir ocultando.
"Al igual que Bustillón y Zaráte, el narrador se disfraza. En su intento de restablecer el orden de las palabras y las cosas incorpora a la escritura el rasgo que define al otro: la capacidad de ocultamiento, el empleo del disfraz" (Silva 1994:417).
Cabe destacar aquí que en este juego ficcional del escritor, en esta dualidad que edifica para el imaginario social, hay una pretendida unidad nacional que el texto quiere imponer. Desde su óptica narrativa, de la modernización guzmancista, podríamos pensar en este mismo orden de ideas, le estuviese diciendo al lector que la nación lo incluye a él tambien y que no es una ficción sino la realidad. "El dominio de Guzmán Blanco representa la conciliación de los intereses antes contrapuestos y la finalización de las luchas civiles que ensangrentaron a Venezuela a lo largo de un extenso período histórico. El llamado Autócrata Civilizador introduce un profundo corte con el pasado, ya que la influencia de los viejos caudillos rurales se ha apagado" (Banko 1990 pág. 197).
Como mecanismo de representación de la nacionalidad, permite al mismo tiempo delimitar los territorios de la identidad que se le asocian, frente a aquellos de los que pretende distinguirse:
En este sentido le correspondió a Antonio Guzman jugar un papel decisivo: debía centralizar el poder del gobierno capitalino, fortalecer a los grupos de la región norcentral a través de ventajosos negocios, controlar a los caudillos regionales y debilitar a las elites regionales en cuanto a su autonomía económica y administrativa. Una vez alcanzadas estas metas, se podría llevar adelante lo que con propiedad se debería denominar el proyecto caraqueño... casi medio siglo que tardó en hacerse efectiva la integración política del territorio nacional constituye un indicador de los complicados vericuetos por los cuales discurría el proceso histórico venezolano en el siglo XIX..." (Urdaneta 1992 : 15 ).