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Alfonso Reyes - Alfonso Reyes

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Creative Commons Tutorial de Mononeurona - 24 de Octubre de 2005
Temas Relacionados: Historia de la literatura
1. Alfonso Reyes
Alfonso Reyes

Alguna vez yo proyecté una Historia universal de la omisión, sus páginas estarían pobladas por omisones célebres, ante todo artísticas, pues como es sabido, la historia es más propensa a la negligencia cuando de arte se trata. Ese libro, menos construido por mi voluntad que por la casualidad, contendría entre otras cosas, tres sonatas de Clementti, el octavo verso de la segunda Eneida de Virgilio, la Vita Nova de Aligeri, la tercera suite inglesa de Bach, la Eternitatis Floribus de Oriano, cuatro lieders de Schubert, un lienzo de Vermeer (no diré cual), la autobiografía de Schrödinger y una treintena de libros de Alfonso Reyes.

El caso de Reyes es singular, en el resto de los casos las omisiones son una segregación parcial, y se reduce a la desconsideración hacia algunas partituras, notas, o, caso más extremo, un libro. Pero con Reyes el olvido es casi para toda su obra, una obra de medio siglo escrita y de cuya elaboración fueron testigos las estrellas de siete paises en dos continentes. Ahí está, su cuento La cena, a escrito en 1912, anterior a Kafka y a lo que ahora las editoriales tristemente bautizaron como realismo mágico. Ahí está Ifigenia Cruel, obra densa y profunda en la substancia y amable en la forma como un allegreto juvenil de Beethoven. Ahí esta Los tres tesoros, novela inspirada en cierto sueño de Stevenson y que es, dios me perdone, superior al modelo. Ahí está El Deslinde, libro en donde la literatura se deshenebra como la luz al pasar por un prisma y alcanza su punto más cercano a ciencia, tal como Reyes la entendía.

La enumeración podría ser vasta, pero como muestra, basta. Es dificil de creer, pero en una obra que abarca ventisesis gruesos volúmenes apenas hay una página perdida, un artículo flojo. Con solo uno de eso títulos al amparo de su nombre cualquiera sería hoy renombrado, entrevistado, premiado, acosado. Caprichosa, misteriosamente, no así con Reyes, obscuro destino para alguien a quien Borges llamó "...el mejor prosista castellano, de todos los tiempos, de ambos lados del atlántico". Incomprensiblemente, los mexicanos rinden mayor culto a Octavio Paz, un escritor interesante, pero infinitamente inferior a Reyes. (También Telemann fue alabado como superior a Bach por sus contemporáneos inmediatos).

Alfonso Reyes nació en Monterrey, en el pujante estado de Nuevo León, en el año de 1889, hijo del general Bernardo Reyes, a esa hora gobernador del estado, su madre fue una mujer eficiente, cariñosa y pueblerina sin ningún mérito o inclinación intelectual, Reyes nunca escribió algo importante sobre ella al grado que actualmente ignoro su nombre; fue eclipsada casi totalmente por la enorme memoria del padre.

Como sus hermanos mayores y como sus contemporáneos, Reyes recibió una educación importada de Francia. Parafraseando al paupérrimo Jonson, el principesco niño Reyes muy bien pudo haber dicho; "Fui rico, y nunca me dí cuenta". Al llegar a la pubertad lo envían a la Ciudad de México, donde encontró "los tesoros del conocimento que tanto había anhelado". En San Ildefonso cursa el bachillerato y como el mismo nos dice, al graduarse de allí, "crucé la calle como muchos otros y me inscribí en la universidad". Con otros estudiantes y comandado por Pedro Enríquez Hureña, se forma el "Ateneo de la juventud" club de discusión y lectura donde estudiaría junto a José Vasconcelos, Atonio Caso, y el "cuentagotas", Julio Torri con el que practicaba yuyitsu, una especie de karate de la época, por los pasillos y salones que contaban con petates en lugar de alfombras para amortiguar el molesto ruido de los pasos sobrela duela.

Salió de la universidad como abogado, y cuando el futuro pintaba inmejorable, --después de todo, su padre era el segundo hombre más poderoso de México-- llegó la revolución, y pegada a ella, la decena trágica en la que tomó parte su padre. El general Reyes murió en el primer día de combate de una forma que algún biógrafo calificó de "espléndida para un militar": parado en los estribos de su caballo, una metralla le atravesó el pecho a las puertas de Palacio Nacional, portaba su uniforme de gala y mantenía en alto su sable. Era el nueve de febrero de 1911, Reyes escribiría uno de su mejores poemas a la memoria de esa tarde. Toda su vida Reyes trató de reinvindicar su padre, que a la fecha actual, es considerado como traidor a Madero y cómplice del funesto regimen huertista. A la toma de la presidencia por parte del Chacal Huerta, uno de los hermanos de Reyes acepta un puesto en el gabinete, que acarrearía desdichadas consecuencias: tras el triunfo de Carranza el clan Reyes debe abandonar la República pues su vida misma peligraba. Reyes, recordando no sin dolor esos días, nos cuenta como, mientras leía a Esquilo constantemente echaba un ojo a la carabina Winchester que tenía recargada en una esquina de su habitación, preguntándose si tendría que utilizarlo.

La familia piensa primero refugiarse en Cuba, pero Reyes, a la sazón casado y con un hijo, parte para España y se radica en Madrid, donde permanecería durante más de diez años viviendo de los artículos que escribía. En España sus amigos le aconsejna que se nacionalize español para conseguir más fácilmente un puesto en algún ministerio, pero Reyes se niega.

Con el paso de lo años el país se va tranquilizando, México pasa de la era revolucionaria, a la así llamada "era institucional". Sin cargos directos y ya con cierta fama de escritor, Reyes entra en contacto con el gobierno, el cual le ofrece un puesto en la embajada de Madrid, su vida como diplomático comienza en 1922. De allí pasará a la embajada mexicana en Francia, luego a la de Brasil y por último en Buenos Aires, allí se introduce en la vida literaria argentina, entabla amistad con Lugones, Martínez Estrada, Bioy Casares y Borges. Después de varios años de servicio vuelve a México. Los "años diplomáticos" están caracterizados por las obras breves, de corto vuelo, seguramente debidas al absorbente horario del embajador.

De vuelta en México se radica en la colonia Condesa, comienzan sus obras grandes, sobre todo El Deslinde. Viaja a la univeridad de California en Berkeley para recibir el doctor honoris causa de la universidad de California. Muere en 1959, rodeado del aprecio de sus amigos.

Alfonsos Reyes es un caso singular de la literatura, en él no se encuentra ningún síntoma del "malestar en la cultura" típico de los escritores del Siglo XX, en cambio su obra es equilibrada, jovial, fresca a la vez que profunda y erudita, es como él deseaba, una vuelta a su querida Grecia.

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