El genio no basta: la ciencia y la tecnología a través de la aspirina - El genio no basta
El agrónomo inglés caminó por el borde de la vereda y se acercó hacia el grupo de arboles recién transplantados que estaban al fondo del campo, rodeados por una alta cerca. Estaba nervioso, había esperado durante varios días con la esperanza que la nueva técnica diera resultado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca se puso en cuclillas junto a una de las plantas y con una pequeña navaja raspo una delgada rama. Luego pasó a otro de los árboles e hizo lo mismo, la operación se repitió con casi todos los árboles con idéntico resultado. Una maldición escapó de su labios y se perdió en el Punjab; los árboles estaban muriendo. Era el año de 1854 y desde tiempo atrás Inglaterra había invertido mucho dinero y esfuerzos en el intento de aclimatar al suelo de la India el terco Cinchona calisaya. El árbol provenía del Perú, y de él se obtenía la quinina, la única defensa conocida contra la malaria, los ingleses la necesitaban cada vez en cantidades mayores para tratar a los numerosos enfermos de su posesiones. De tanto en tanto la corona británica no tenía más remedio que pagar una fortuna a los silvicultores holandeses, quienes habían conseguido hacer crecer al árbol en sus posesiones de Java.
Un año antes, en 1853, un joven llamado Henry Perkin había comenzado sus estudio en el Royal College of Chemistry a la temprana edad de quince años. El director del colegio, un alemán llamado Wilhelm Hofmann tomó cariño al muchacho y viendo en él el potencial de un talentoso químico lo motivo en la búsqueda de la síntesis de la valiosa quinina. Armado con muchos libros de química Perkin se encerró en el cobertizo de su casa donde había improvisado un rústico laboratorio y se entrego con pasión a sus mecheros y matraces.
Perkin no consiguió sintetizar la quinina, pues su investigación tomó un rumbo inesperado; Al realizar uno de sus experimentos logró obtener un precipitado de nafta, el negro de anilina, que poco tiempo después lo llevaría al azul de anilina, el añil. En aquellos tiempos la tintura de los tejidos se obtenía de materias vegetales a través de un largo y costoso proceso que incluía la transportación de la materia prima desde Asia y América. Un vestido verde o índigo podía valer más por su color que por la tela con el que estaba fabricado. Alguien había inventado un verde, pero a luz de las lámparas de gas de la época se tornaba en un verde azuloso, para decepción de la orgullosa (y adinerada) dueña.
Perkin se dio cuenta de lo que significaba su descubrimiento, patentó el método de obtención y convenció a su padre y a su hermano en invertir su dinero en una fábrica de elaboración de tinturas. A los veintiún años William Henry Perkin se paseaba por Trafalgar Square como nuevo millonario.
La era de los colorantes sintéticos baratos y de buena calidad a base de carbón de hulla había comenzado. En poco tiempo se obtuvieron los rojos, púrpuras, naranjas, amarillos y el preciado verde que causó sensación, las gentes se agrupaban bajo las lámparas para comprobar que el verde no se tornaba azul. Paralela a los colorantes, la industria químico-farmacéutica europea inicio una era dorada de descubrimientos que llevarían a la aspirina, los barbitúricos, la novocaína, los analgésicos, materiales fotográficos, fertilizantes y más tarde los plásticos.
En 1870 Inglaterra era líder en la elaboración de tinturas y tenía todo para continuar siéndolo: una industria química pesada, productores a gran escala de álcalis, ácidos y sales, experiencia en la extracción, transportación barata. El Reino Unido era el mayor productor de alquitrán de hulla, la materia prima de los colorantes. Además, el mercado más grande de tejidos del mundo se ubicaba, y por mucho, en las ciudades industriales inglesas.
Pero algo salió mal: para 1881 Alemania producía la mitad de los colorantes y para 1899 el 90% de las tinturas eran alemanas, ¿porqué Inglaterra perdió esta batalla cuando todo estaba de su parte?, ¿porqué las leyes de la economía no se cumplieron? En realidad, si se cumplieron, Alemania tenía algo que Inglaterra no tenía: recursos humanos. Salvo Perkin y algunos otros nombres, Inglaterra no contaba con el número de químicos formalmente preparados que necesitaba para mantener la exigente dinámica de mejoras e invenciones. Alemania, en cambio, los tenía y muchos.
Algunos culpan a los obsoletos planes académicos ingleses, que enseñaban demasiado griego y latín y muy pocas matemáticas. Sea como sea, lo cierto es que Bayer, Agfa, Hoechst (hoy Aventis) y Basf (Badisch Anilin u. Soda Fabrik) crecieron gracias al trabajo de sus excelentes químicos, los cuales trabajaban en laboratorios bien equipados. La fructífera y lucrativa relación Gobierno-Universidades-Empresas había producido, una vez más, riqueza para el país que la fomentará.
Basf y Hoechst encontraron la manera de producir el índigo sin derivados tóxicos (la maldición de la industria química). Esto significo un duro golpe para las arcas inglesas. Basf producía sin esfuerzo tanto índigo como 100,000 hectáreas cultivadas de la India. La producción inglesa pasó de 187,000 toneladas a 11,000 en sólo quince años.
Tiempo después, Felix Hoüümann, un joven químico que trabajaba en la fábrica Bayer, muy preocupado por los fuertes dolores artríticos que sufría su padre, se puso a investigar cómo obtener una presentación del ácido salicílico que era mejor tolerada por el organismo. Con la ayuda de Heinrich Dreser, director del laboratorio farmacológico de la empresa, logró sintetizar ácido acetil-salicílico con un método que permitía utilizarlo en escala industrial. En 1899, Hoüümann y Dreser dieron por finalizados los estudios clínicos al comprobar que la nueva sustancia conservaba sus cualidades analgésicas y antifebrífugas pero que, en dosis controladas, no afectaba el estómago de los pacientes.

Cada año la spirina reporta a Bayer ganancias por 2.000 millones de dólares en aspirina... sólo E.U. consume 16.000 toneladas de aspirinas cada año.
El 10 de marzo de 1899, la oficina de patentes de Berlín aceptaba la inscripción de la marca "Aspirin", palabra compuesta por la letra "a" como indicador del proceso de acetilación y la sílaba "spir" en alusión al género vegetal Spiraea. El término "Euspirin" figuró entre los otros "nombres de fantasía" sugeridos para el fármaco, pero finalmente el directorio de Bayer optó por inscribir el nombre "Aspirin”.
Para 1914 Alemania había dejado muy atrás a cualquier competencia farmacéutica. Tristemente, la excelencia de los ingenieros químicos alemanes se vería reflejada en los campos de batalla de la primera guerra mundial, donde el gas mostaza haría estragos entre las filas aliadas. Tras el fin de la guerra los Estados Unidos se lanzaron sobre las patentes y fórmulas alemanas como botín de guerra. Pero de nada les sirvieron, los americanos no conocían los novedoso métodos alemanes y no supieron cómo aprovechar el material. En los años 20's fue necesario contratar a químicos alemanes para que fueran a Pennsylvania y Nueva York a enseñarles como hacer las mezclas.
Todo esto provoca a la reflexión cuando nos enteramos que alrededor del año 1700 la producción per capita de Estados Unidos era inferior a la de México, 450 dólares contra 460 de México. Hoy los Estados Unidos generan 30,000 dólares por cabeza contra 4,500 de México. Como se ve, sin infraestructura educativa que genere una base de expertos y científicos de calidad, ningún país puede aprovechar a sus genios.
Una economía desarrollada es una economía del conocimiento, basada en la ciencia y la tecnología.
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