Un corazón valiente siempre superará todas las dificultades. Anónimo
La realidad no se equipara con nuestros sueños y, en consecuencia, nos desesperamos. Entonces, para hacer frente a nuestra depresión, comenzamos a pensar y actuar destructivamente. Como resultado, nuestra vida cae en espiral, hasta que parece no haber manera de que logremos levantarnos de nuevo. Hay una tremenda tentación de sufrir en silencio. Nuestro orgullo no nos deja admitir la verdad. No queremos que la gente sepa que fracasamos. En el Oriente, por ejemplo, no perder cara lo es todo. Los británicos dicen: Mantén firme el labio superior. Es un mito machista mexicano eso de que los hombres no lloran. Yo no conozco a nadie a quien le agrade verse en conflictos.
Es más fácil, cuando menos al principio, pretender que todo está muy bien. Nuestra desgracia se convierte en un terrible secreto. Construimos murallas a nuestro alrededor y nos alejamos de aquellos que pudieran simpatizar con nosotros o incluso ayudarnos. Como un animal enfermo, nos escurrimos por ahí y esperamos sanar.
¿Eres tu así? Cuando tus sueños están amenazados y andas perdido en una niebla de desesperación, ¿te vuelves silencioso y te apartas de todos? ¿Te quedas rondando por ahí, sonriendo valientemente, pretendiendo que nada está mal cuando en realidad el mundo entero se está colapsando sobre tu cabeza? ¿Qué pasa cuando tus sueños se mueren y la depresión se adueña de ti? Algunas personas responden al ciclo de fracaso y depresión en formas francamente predecibles. Al principio, están tentadas a negar lo ocurrido o ignorarlo. Entonces tratan de echarle la culpa o de culpar a otros. Invariablemente intentan eludirlo. Algunas se quedan inmovilizadas por la depresión. Otras hacen cosas desesperadas y destructivas para ponerle fin. Otras más siguen viviendo por siempre en la desesperación. Finalmente, otras simplemente se sientan y se mueren, pero no tienen que hacerlo.
¿Te suena familiar todo esto? No podemos ayudarnos a nosotros mismos mientras simulamos estar bien. Y nadie puede ayudarnos cuando no admitimos que tenemos esa necesidad. Es particularmente triste que en nuestra sociedad (donde el amor debería prevalecer), tanta gente ponga una cara celestial, cuando en realidad vive en un infierno. La depresión no puede ser tratada mientras la neguemos o ignoremos. El principio del fin de esa lucha es admitir que se está luchando, primero para uno mismo y, luego, poco a poco, por aquellas personas a las que se les tenga confianza para que caminen con uno por el camino de la recuperación.
Yo sé que nuestras vidas pasan por momentos de grandes tragedias y de terrible sufrimiento. No creo en eso de poner buena cara, cuando es tiempo de luto. Negar nuestra depresión, enmascararla o tratar de escapar de ella para siempre, lleva a la desgracia. Existen ciertos sueños que, si mueren, no pueden volverse a soñar. Cuando mueren, lo único que podemos hacer es llorar y esperar a que se acaben las lágrimas; hasta que de alguna forma, Dios nos dé el valor de volver a soñar otra vez.
Pero no debemos entregarnos a la pena o dejar que nuestros fracasos y decepciones nos conviertan en víctimas. El pesimismo es una enfermedad peligrosa que puede sofocar o matar nuestro potencial humano. Debemos transmitir esperanzas, nunca desesperación. Compartamos nuestras alegrías, no nuestras tristezas. Yo creo que es bueno contar una y otra vez las obras de Dios en hombres y mujeres que conozco, que se levantaron de una profunda depresión, para amar y soñar nuevamente. Si nuestros sueños no se realizan, si la depresión obstruye nuestros pasos, debemos recordar que siempre hay esperanza.
Qué desperdicio es emborracharnos hasta matarnos durante la negra noche de la depresión, cuando la salida del sol puede estar a punto de ocurrir. Espero que mis próximas palabras no suenen a un optimismo demasiado exagerado, porque en el curso de mi vida he aprendido que efectivamente hay una lucecita al final de casi todos los túneles, como insinúa en uno de sus poemas Carlos Pellicer. Los arco iris, en realidad, salen después de casi todas las tormentas. Las lágrimas probablemente se conviertan en risa. El luto algún día sucumbirá ante la alegría. Hasta ahora, a mis cuarenta y seis años de vivir en este planeta, después de una noche larga y negra, he visto salir el sol para calentar de nuevo mi vida.
Después de la crucifixión, viene la resurrección. Después de la muerte, viene la vida. Después de la desesperanza, viene la esperanza. La depresión nos engaña cuando pensamos que nunca se terminará. En realidad, el final de su depresión bien puede estar a la vuelta de la esquina. De ningún modo estoy minimizando la depresión y el terror que ésta conlleva. Tengo gran simpatía por la gente que sufre desesperanza y privaciones a través de sus pesadillas privadas. Los familiares o amigos preocupados pueden ser como enviados de Dios durante el camino. Pero si sucumbimos a la depresión, si nos suicidamos o nos conformamos con una miserable muerte en vida, perderemos la oportunidad que la depresión nos brinda.
En nuestros tiempos de sufrimiento, Dios nos prepara para ayudar a otros que encontraremos por el camino. Cuando nuestros sueños mueren, Dios nos da la fuerza para estar ahí ayudando a nuestros hermanos y hermanas cuando ellos pierdan sus sueños. Estos tiempos son duros. Nuestros sueños se hallan amenazados por fuerzas que están más allá de nuestro control. A veces perdemos la batalla, pero juntos ganaremos la guerra, con ayuda de los demás aprenderemos a soñar de nuevo, y entonces, algún día, cuando menos lo esperemos, nos sorprenderá ver esos sueños hechos realidad.