



Actualmente mucho se habla de valores, se ensalzan o se habla de la carencia de los mismos. Parece que olvidamos que ellos son inherentes al hombre y que están instalados
en él desde que este existe. Mucho se polemiza sobre el tema pero, de pronto no deberíamos hablar tanto. Los valores no se dicen, no se hablan, se hacen, se accionan.
Se dice que estamos frente a una cultura de los anti-valores, por que muchos de nosotros sentimos que aquellos valores considerados primarios: justicia, respeto, solidaridad, han caído en desuso y se intentan sustituir; al dolernos esa especie de ausencia nos sentimos incapaces de trasmitirlos.
Nuestro sistema educativo muchas veces trasmite valores que no compartimos: el individualismo y la competencia como medios para alcanzar el éxito. Frente a esta contradicción nos paralizamos, generándose un “hueco vital” que sí lo trasmitimos, y el joven se queda solo, carente de modelos cercanos que propongan metas diferentes a las fomentadas por los grandes medios que manejan nuestra cultura.
No perdimos nuestros valores, ellos están en nosotros, pero la vorágine de estos nuevos tiempos nos ha hecho perderlos de vista. Nuestra tarea es reencontrarnos con ellos y no seguir llorando posibles perdidas.
Los valores no se dialogan, primero se respiran, después se viven y a partir de ahí se comunican; y en nuestra asignatura se redescubren en cada texto.
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