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Tener un mundo, hacer un mundo... - Significado y Verdad en la Semantica Cognitiva

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Creative Commons Tutorial de Carlos Muñoz Gutiérrez - 31 de Mayo de 2006
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3. Significado y Verdad en la Semantica Cognitiva

Resumamos entonces la tesis fuerte que he querido rescatar del pensamiento nietszscheano: El hombre para comprender su mundo tiene necesidad de crear conceptos en los que asentar el propio mundo. Esto es lo que Nietzsche denomina el impulso hacia la construcción de metáforas, estas metáforas quedan recogidas en el lenguaje y en este proceso quedan asumidas, gastadas, como la verdadera realidad bajo el supuesto de que el significado de nuestras expresiones, y de la ciencia, como edificio de palabras, denota literalmente una realidad independiente de nosotros.

Éste es el pasaje:

"Ese impulso hacia la construcción de metáforas, ese impulso fundamental del hombre del que no se puede prescindir ni un solo instante, pues si así se hiciese se prescindiría del hombre mismo, no queda en verdad sujeto y apenas si domado por el hecho de que con sus evanescentes productos, los conceptos, resulta construido un nuevo mundo regular y rígido que le sirve de fortaleza." (pág.34).

Lo que Nietzsche no se atreve a declarar, si es que no queda patente, es que no cabe hablar de significado literal, pues no hay entonces un mundo que lo verifique objetivamente, como Frege o Tarski propusieran. Pero si es así, no cabe tampoco hablar de muerte de la metáfora. Las metáforas lo son una vez emitidas y producen la red del lenguaje que nos permite hablar del mundo que hemos comprendido en función de ellas.

Lo que subyace al pensamiento de Nietzsche lo expresan perfectamente Lakoff y Johnson en el conjunto de su obra (22), a saber:

1. La metáfora es primariamente una cuestión de pensamiento y acción y sólo derivadamente de lenguaje.

2. Las metáforas se pueden basar en semejanzas, aunque más frecuentemente estas semejanzas se basan a su vez en metáforas convencionales, mejor que gastadas o muertas o lexicalizadas, que no están fundamentadas en ninguna semejanza. Sin embargo, estas semejanzas se aceptan socialmente como reales, pues efectivamente, las metáforas convencionales definen parcialmente lo que consideramos real.

3. Es aceptable que ciertas semejanzas reales construyen metáforas, lo que ha provocado el desplazamiento de la metáfora al campo exclusivo del lenguaje, y la distinción entre significado literal y metafórico, pero la importancia de estas metáforas para el proceso cognitivo de comprensión de la realidad que nos rodea es en gran medida marginal.

4. La función primordial de la metáfora es proporcionar una comprensión parcial de un tipo de experiencia en términos de otro tipo de experiencia, que normalmente por su cercanía con el cuerpo y por la interacción de éste con los objetos, comprendemos mejor.

Veamos algunos ejemplos antes de continuar nuestra indagación de cómo construimos el mundo. La concepción tradicional de la metáfora como una comparación encubierta o una igualación funciona efectivamente. Decir de alguien que es un león es decir que A es B respecto de la propiedad X que encontramos en B semejante a como la encontramos en A. Pero decir, por ejemplo, que 'más es arriba' es crear una semejanza, que no existía, pero, que a partir de la consolidación de esta metáfora convencional, creemos encontrarla ya en el mundo. Sin duda, la convencionalidad de la metáfora reside en su carácter encarnado, (in-corporado), es decir, en nuestra experiencia al tratar con objetos. Cuando amontonamos objetos en una pila, la pila crece; podemos agrupar los objetos que nos rodean creando grupos que se harán mayores conforme incorporemos más elementos. Igualmente, sentimos que los acontecimientos o situaciones poseen cualitativamente grados de intensidad. A partir de esta semejanza, creada en la producción metafórica a la que concedemos realidad, proyectamos esa situación a otras peor comprendidas para asegurar nuestra comprensión. Así producimos toda una serie de nuevas metáforas como 'Feliz es arriba', 'lo consciente es arriba', 'salud es arriba', 'tener control o fuerza es arriba', en general 'lo bueno es arriba'.

Tenemos ya la clave para ver cómo generamos conceptos, conceptos que posiblemente reúnan proyecciones desde diversos ámbitos, los cuales no tienen por qué se compatibles u homogéneos. De ahí que nosotros mismos no seamos consistentes pues nuestros conceptos tampoco lo son; de ahí que no seamos racionales como la lógica deductiva exige, pues nuestros conceptos portan una lógica interna que incluso determina nuestra lógica formal, deductiva y exteriorizada del concepto. Así por ejemplo, podemos comprender el amor en términos de guerra o de fuerza física y obrar, a menudo, agresivamente en nuestras relaciones más queridas, lo que evidentemente parece inconsistente. En realidad, lo que debemos asumir en nuestra idea de racionalidad es su compleja producción, en la que creaciones exteriorizadas y formalizadas se mezclan con los conceptos de nuestras emociones y de nuestros valores, de los que normalmente no somos conscientes, y mucho menos de su proceso de construcción; pertenecen, como muchas de nuestras tareas cognitivas, a lo que Lakoff denomina, la inconciencia cognitiva. A menudo, lo que denominamos irracionalidad no es más que la oposición de diversos ámbitos distintos y opuestos desde los que proyectamos metáforas conjuntamente para comprender ciertas situaciones a las que nos enfrentamos. Pero es más bien que nuestra noción de razón (una metáfora más) es reduccionista, no hemos integrado la complejidad con la que nos comportamos en nuestras vidas, quizá porque no hemos comprendido hasta ahora nuestro propio proceso cognitivo de comprensión, de posesión de un mundo.

Creo que ésta es la gran enseñanza de Nietzsche que no sólo se muestra en Verdad y Mentira... , sino en toda su obra y es lo que le confiere un carácter revolucionario o transgresor. Porque lo que resulta obvio es que para transformar hay que conocer qué transformación hay que hacer. Si nuestro mundo depende en gran medida de la comprensión que tenemos de él, transformar el mundo debe iniciarse en la transformación de nuestros conceptos y en la creación de mejores metáforas, mejores en el sentido que nos aporten lógicas y conductas que nos lleven hacia la dirección deseada. Transvalorar los valores, la voluntad de poder o el propio superhombre, creo, deben interpretarse en este tipo de discurso. En el discurso que ha comprendido que, en gran medida, lo que tiene que ver con el hombre es producto suyo, y en consecuencia puede cambiarse con mucha más naturalidad y facilidad de lo que pensamos o nos han hecho pensar.

Lo importante aquí es darse cuenta de que 'comprender' no es sólo una cuestión de reflexión, del uso de proposiciones finitas que expresen experiencias preexitentes y ya determinadas precisamente mediante estas proposiciones. Al contrario, y en esto radica la novedad nietzscheana, la comprensión es el modo en que "tenemos un mundo" (23). Este es el punto de partida del programa de la semántica cognitiva que encabezan Mark Johnson y George Lakoff. La comprensión es el modo en que experimentamos nuestro mundo como una realidad comprensible. Esta comprensión incluye la totalidad de nuestro ser. A la hora de hacer comprensible y por tanto real, con sentido, cualquiera de nuestras experiencias, ponemos en funcionamiento nuestras aptitudes y actitudes, nuestros estados de ánimo, nuestro modo de sentir el cuerpo, nuestros valores y tradición cultural, la manera en la que pertenecemos a una comunidad lingüística, nuestro gusto estético... Nuestra comprensión no sólo nos aporta el mundo, sino también nuestro modo de "estar en él". Tener experiencias, vivir, es comprender esas mismas experiencias, lo que nos pasa. De esta manera, el mundo se presenta ante nosotros como una fusión de nuestra experiencia corporal, nuestra cultura, lengua, historia, etc. Nuestra comprensión es el acontecimiento.

La hipótesis que se propone, entonces, siguiendo a diversos autores que integran lo que se ha denominado semántica cognitiva, G. Lakoff, M. Johnson, G. Fauconnier, etc., consiste en que nos representamos, construimos o tenemos un mundo mediante modelos cognitivos (Lakoff), esquemas cognitivos (Johnson) o espacios mentales (Fauconnier).

Efectivamente, un concepto es algo mucho más rico que la palabra que lo nombra, pero más pobre que la imagen que puede generar. Sin duda resulta confuso, un concepto no es la palabra, tampoco la imagen que frecuentemente provoca y que extrañamente es previa. Como vemos, un concepto o modelo cognitivo reúne una gran cantidad de elementos dispersos. Pensemos, por ejemplo, en una taza de café; su aroma, sabor o color, los movimientos que realizamos con ella o las sensaciones que hemos asociado a tomar una taza de café se incluyen en nuestro concepto.

Además hay diversos tipos de conceptos y se producen también diversas formas de agruparlos. Por ejemplo, el café puede integrarse en la categoría de bebidas, para la que puede establecerse una estructura de atributos (color, sabor, tipo, efectos, etc...) con los que, según varíen los valores que damos a esos atributos, obtendríamos los distintos miembros de la categoría. Pero pensemos en otros conceptos como el del amor o el tiempo: ¿qué podemos decir de ellos? Prácticamente todo lo que puede decirse para definir estos conceptos serán metáforas que nos permiten comprenderlos en función de la comprensión previa de otras experiencias. Lakoff y Johnson reúnen nuestros esfuerzos por comprender la realidad que nos rodea en lo que denominan modelo cognitivo y lo define así: "Un modelo cognitivo es un patrón recurrente, una forma y una regularidad en o de las actividades de ordenamiento de las experiencias. Estos patrones surgen como estructuras significativas principalmente a partir de nuestros movimientos corporales en el espacio, nuestras manipulaciones de objetos y nuestras interacciones perceptivas". (24)

Su proceso de construcción, como vemos, procede de una estructura preconceptual que está eminentemente encarnada (in-corporada), en el sentido de que parte del cuerpo y es éste el que determina nuestros productos. Esta estructura preconceptual es de dos tipos:

1. Estructuras de nivel básico: que son categorías definidas por la convergencia de nuestra percepción gestáltica, nuestra capacidad para el movimiento corporal y nuestra capacidad para formar ricas imágenes.

2. Estructuras esquemáticas de imágenes cinestésicas: esquemas de imágenes que constantemente aparecen en nuestra experiencia corporal cotidiana: continentes y relaciones, arriba-abajo, parte-todo, centro-periferia, etc.

El resto de nuestro sistema conceptual y categorial, eso que Aristóteles denominó abstracción, se forma mediante proyecciones metafóricas que toman como dominio de origen alguna de estas imágenes esquemáticas o categorías básicas, un dominio físico, para conformar un dominio destino, que es lo que quiere conceptualizarse, un dominio de lo abstracto. También mediante proyecciones metonímicas desde categorías de nivel básico a otras subordinadas o superordinadas.

¿No es esto lo que quiso decir Nietzsche en esta obra? ¿No combatió con fuerza las pretensiones racionalistas y realista del ser humano, porque ocultaban una forma de dominación? Observemos el siguiente pasaje:

"En este instante el hombre pone sus actos como ser racional bajo el dominio de las abstracciones; ya no tolera más el ser arrastrado por las impresiones repentinas, por las intuiciones; generaliza en primer lugar todas esas impresiones en conceptos más descoloridos, más fríos, para uncirlos al carro de su vida y de su acción." (pág. 26)

Pero, y aquí la fuerza de su palabra nos puede confundir, no hay nada de malo en esto si comprendemos su proceso, porque, y continúa Nietzsche:

"Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto. En el ámbito de esos esquemas es posible algo que jamás podría conseguirse bajo las primitivas impresiones intuitivas: construir un orden piramidal por castas y grados; instituir un mundo nuevo de leyes, privilegios, subordinaciones y delimitaciones, que ahora se contrapone al otro mundo de las primitivas impresiones intuitivas como lo más firme, lo más general, lo mejor conocido y lo más humano y, por tanto, como una instancia reguladora e imperativa."

Éste es el mecanismo de nuestra posesión de un mundo y éste es su riesgo. Nuestros valores y normas, nuestras instituciones y leyes, nuestra ciencia y sus principios, nuestras creencias y conductas proceden de nuestro esfuerzo por comprender lo que nos rodea y por comprendernos a nosotros mismos. Pensar que hay algo independiente de este proceso por el cual "tenemos un mundo", que lo fundamente y lo valide, tiene como consecuencia preservar privilegios y ubicaciones, generar órdenes y reglas inamovibles, en general, pensar un mundo estático y dado de una vez para siempre. Pero si debemos aprender es porque el mundo no está etiquetado ni dado de una vez por todas, o, si se prefiere, porque el mundo se nos presenta de esta manera debemos aprender, es decir, usar nuestra inteligencia para adaptarnos a la novedad y al cambio, para producir nuevas conductas, para revisar nuestro propio proceso de comprensión, es decir, para dudar.

¿Acaso toda transformación científica o política, económica o educativa, social o personal, no se ha iniciado en una recategorización de las cosas? ¿Acaso cuando nos vemos sometidos no decimos: 'yo no soy de esos', o 'nosotros no somos así', o tal vez 'ellos son como nosotros'? Por eso Nietzsche se identifica con el niño que tiene que iniciar su proceso de tener un mundo, de crear valores y normas, aun a costa de derribar lo existente.

¿Significa esta posición un puro nihilismo, un quebrantamiento de la posibilidad de acceder a la verdad, o de distinguir lo verdadero de lo falso? ¿Es una consecuencia inevitable de esta postura la igualación de los discursos, el relativismo, el escepticismo radical?

Sin duda no, la filosofía nietzscheana o la posición experiencialista de la semántica cognitiva no termina en la medianoche cuando el hombre quiere perecer ante el vacío abierto en la aceptación de la 'muerte de Dios', o lo que es lo mismo, ante 'el impulso hacia la construcción de metáforas'. Al contrario, sólo desde el nihilismo puede salirse de él, transvalorar todos los valores. Tenemos que reconsiderar nuestros conceptos de razón, de verdad, de significado y ampliarlos para que puedan acoger la complejidad que contienen, los procesos que los elaboran y las relaciones entre hombre y mundo que encierran. Abandonar el realismo, el representacionalismo ingenuo y el objetivismo no conlleva necesariamente el relativismo radical. Solamente nos alerta de que nuestros conceptos exteriorizados para definir ciencia, verdad, significado o conocimiento deben sufrir una modificación para ajustarlos mejor a los propósitos que contienen y que no desaparecen en ningún caso.

Ésta es la estrategia experiencialista de la semántica cognitiva:

 El pensamiento significativo no es meramente la manipulación de símbolos abstractos que no tienen significados en ellos mismos y que los toman sólo en virtud de su correspondencia con las cosas del mundo.

  La razón no es abstracta y descarnada, una instancia de alguna racionalidad transcendental, sino que:

  La razón surge de la naturaleza de nuestro cerebro, del cuerpo y de la experiencia corporal. Los mismos mecanismos neurales y cognitivos que nos permiten percibir y movernos, también crean nuestro sistema conceptual y nuestros métodos racionales.

  La razón es evolutiva, en el sentido de que la razón abstracta se construye sobre y hace uso de las formas de la percepción y de la inferencia motora que están presentes también en los animales "inferiores". Así la razón no es una esencia que nos separa del resto de los seres vivos, sino que, al contrario, nos sitúa en un continuum con ellos.

  La razón no es universal en el sentido transcendente, no es parte de la estructura del universo. Es universal, a lo sumo, en tanto que es una capacidad que comparten todos los seres humanos, porque disponemos de cuerpos que se sitúan, perciben, se mueven y tratan de forma parecida el medio que habitan, y, en consecuencia, desarrollamos nuestras mentes encarnadas usando recursos comunes.

  La razón no es completamente consciente, sino principalmente inconsciente. El pensamiento es fundamentalmente inconsciente, no en el sentido freudiano, sino en el sentido de que opera detrás del nivel consciente, inaccesible a él y tan rápido que no podemos contemplarlo de un modo directo.

  La razón no es literal, sino metafórica e imaginativa.

  La razón no es desapasionada, sino enlazada emocionalmente.

  La mente no es simplemente un "espejo de la naturaleza", y los conceptos no son meramente "representaciones internas de la realidad externa". Como hemos visto, los conceptos reflejan la naturaleza corporal de la gente que los elabora, ya que dependen de la percepción gestáltica y de los movimientos motores y, en gran medida, son el resultado de un proceso de la imaginación humana que depende de nuestra capacidad de formar imágenes mentales, de organizar nuestro conocimiento en categorías de nivel básico y de comunicarnos.

  El significado no es una cosa, un algo, sino un resultado para nosotros. Nada tiene significado en sí mismo, sino que el significado se deriva de la experiencia del funcionamiento de un determinado ser en un medio determinado. Nuestros conceptos de nivel básico son significativos para nosotros porque son caracterizados en función de nuestro modo de percibir las cosas que nos rodean en términos de ciertos esquemas de imágenes y de cómo los objetos se relacionan e interactúan con nuestros cuerpos. Los esquemas de imágenes son significativos para nosotros porque estructuran nuestra percepción y nuestros movimientos corporales. Nuestros conceptos generados por proyecciones metafóricas y metonímicas son significativos para nosotros, porque se fundan bien en conceptos que son directamente significativos, o bien en correlaciones de nuestra experiencia en el mundo.

  El significado funda la comprensión. Una oración se comprende si los conceptos asociados con ella son directamente significativos. Igualmente los aspectos de una determinada situación son directamente experienciados (25) si desempeñan un papel causal en la experiencia. Por ejemplo, comprendo el papel que representa en mi experiencia el ordenador en el que escribo, pero para ello no necesito llegar hasta sus entresijos electrónicos, no los necesito para comprender el hecho de escribir este artículo, aunque pueda necesitar comprenderlos en otra situación. En general, un aspecto de una situación directamente experienciada se comprende directamente si está estructurada preconceptualmente.

  La verdad, entonces, es relativa a la comprensión directa y puede caracterizarse como una correspondencia entre la comprensión de la oración y la comprensión de la situación, según nuestros propósitos. Estrictamente nuestras oraciones, o los modelos cognitivos asociados que nos permiten comprenderlas, no se refieren directamente a algo, sino que son recursos que podemos usar para referirnos a lo real. En estos modelos cognitivos o espacios mentales existen elementos que no pueden tener una referencia directa en el mundo y tampoco la forma lingüística los especifica con claridad. De alguna manera el significado se negocia.

Nuestra teoría popular sobre la verdad contiene la idea de que la verdad es una y absoluta. En gran medida esto puede ser así mientras no surja ningún conflicto. Una oración como 'el florero está sobre la mesa' puede ser o verdadera o falsa, pero, ¿qué valor podemos dar a una afirmación como 'los empleados roban a las empresas cuando malgastan el tiempo tomando café'? Su verdad o falsedad parece fundarse en la posibilidad de que el tiempo pueda ser robado, pero esto es una metáfora y desde el punto de vista objetivista, una metáfora es o carente de valor de verdad o simplemente falsa. Pero, en la medida en que entendemos esta oración podemos concederle algún valor, luego para decidir sobre su valor veritativo necesitamos acudir a nuestro modo de comprensión de la oración.

 Tenemos un mundo. La postura objetivista y realista presenta un mundo independiente del sujeto, dado de una vez por todas y que posee una estructura que puede o no conocerse. Pero, por ejemplo, ¿en qué medida es parte de ese mundo objetivista un tiempo perdido o robado? Muchas de nuestras más profundas verdades, que conforman nuestros sistemas de creencias, que determinan nuestras conductas, que afectan al mundo, no son verdades físicas o sobre realidades físicas, sino verdades que resultan de la actuación de los seres humanos de acuerdo con un sistema conceptual del que no podemos decir que fije una realidad aparte de la experiencia humana. Lo real queda filtrado por la experiencia humana, que también es real. Así pues no es nihilista ni relativista decir que el mundo es nuestra posesión o que el mundo es nuestro estar en él.

  ¿Es el conocimiento posible? A Partir de lo visto hasta el momento, descubrimos que la verdad es un concepto metonímico que contiene efectos prototípicos. Si partimos de una idea objetivista de conocimiento debemos entender que conocer algo es saber que eso es verdadero. Efectivamente, tenemos conocimientos, aquéllos que se fundan en el nivel básico, en nuestra experiencia corporal inmediata, que son mejores ejemplos de conocimiento verdadero que aquéllos en los que las proyecciones metafóricas o metonímicas se incluyen inevitablemente.

No es extraño que nuestra tecnología haya consistido fundamentalmente en ampliar nuestra experiencia corporal inmediata. Telescopios, microscopios, etc. nos han acercado a nuestra percepción directa ámbitos de la realidad de los que inicialmente sólo podíamos tener experiencias derivadas. Dado que la ciencia se ha fundado en la tecnología para producir nuevos conocimientos verdaderos, hemos confiado en ella y hemos aceptado sus teorías y leyes como buenos representantes de conocimiento verdadero, pero tampoco podemos deducir de ello que "descubran" una estructura o realidad objetiva del mundo. A lo sumo, lo que podemos afirmar es que el conocimiento y el conocimiento verdadero es lo que resulta coherente con nuestra experiencia corporal inmediata, y es lo único que nos provee una comprensión socialmente aceptable de lo que sea el mundo y nosotros mismos.

El conocimiento es siempre conocimiento humano basado en nuestra manera de comprender lo que nos rodea.

¿Es todo esto desesperanzador? ¿Es esto puro nihilismo? ¿Es la posmodernidad que inaguró la filosofía de Nietzsche una renuncia a los valores de la Ilustración? No lo parece; al contrario, parece más una base firme en la que fundar una nueva relación con el mundo y con nosotros mismos. Una relación enriquecida merced a nuestra mejor comprensión de nuestro propio proceso de comprensión. Y es esto lo que me parece el mejor legado de Nietzsche. Su reivindicación de una gaya ciencia, de una vida en toda su complejidad, con todos sus peligros, pero también con su plena alegría.

Autor y licencia de 'Tener un mundo, hacer un mundo... - Significado y Verdad en la Semantica Cognitiva'
Carlos Muñoz Gutiérrez Extraído de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html

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